España - Castilla y León

La realidad

Samuel González Casado

martes, 14 de enero de 2020
Valladolid, sábado, 11 de enero de 2020. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Roberto Bodí, trompeta. Juan Manuel Urbán, corno inglés. Leonard Slatkin, director. Berlioz: El carnaval romano, op. 9; Copland: Quiet City; Hindemith: Metamorfosis sinfónicas sobre temas de Carl María von Weber; Elgar: Variaciones Enigma. Ocupación: 90 %
---

Si todos los que empezamos a leer crítica allá a finales de los 80 y parte de los 90 en España siguiéramos teniendo en cuenta las tonterías que desde los chiringuitos de turno se publicaban sobre algunos maestros, escuchar a Slatkin en directo nos hubiera causado lipotimias. Ya por entonces uno podía preguntarse cómo era posible que esos músicos que sistemáticamente solo tenían una estrella en la lista de las mejores versiones (lo que siempre partía de un calculado desprecio por todo aquello que podría amenazar zonas de confort), entre los que se encontraban grandes hoy poco discutibles como Dutoit, Donhányi, Masur, el propio Slatkin, grabaran discos a diestro y siniestro. ¿Es que las discográficas no se enteraban? ¿Cómo podían lanzar a 3000 pesetas un CD de un director tan malo?

La realidad conectaba con otro aspecto: la también calculada incapacidad para ir más allá de unos tópicos infinitamente deformados, tras generaciones de críticos patrios, sobre lo que significaba la calidad de una interpretación, grabada o no. Puede que algunos CD no hicieran justicia a los maestros, pero —con serias excepciones— muchas veces la unión entre la cerrazón, la ignorancia secular basada en mundos imaginarios y los intereses comerciales contribuían definitivamente a esa estulticia, registrada para siempre en papel para probable orgullo de sus autores.

Hoy, pese a lo que cada uno dé por escribir, sin prejuicios y desde el minuto uno cualquiera puede apreciar por qué el "superficial" Slatkin se ha paseado por los podios de Boston, Chicago, Filadelfia, Cleveland, San Francisco, Los Ángeles y Nueva York; y eso incluso si el minuto uno no fue lo mejor de la noche, porque a El carnaval romano le faltara tensión y contundencia al no haber querido combinarlas el director con su forma de organizar tímbricamente, campo en el que Slatkin es un verdadero maestro.

Su sistema hace que el sonido de las secciones sea impoluto. Aquí se va más allá de la transparencia, porque no es algo que simplemente muestra, sino que cuida a las obras, que las trata con admiración; y no solo a las obras, sino también a la orquesta: creo que no me equivoco cuando imagino encantados a los maestros de las distintas secciones de la OSCyL tocando de esta manera, tan definidos como arropados, tan equilibrados, tan libres en los sentidos menos convencionales del término. ¿Cuándo han sonado con esa presencia las violas? Todo era importante y respetuoso a la vez gracias al excepcional ensamblaje.

Entre Quiet City y las Metamorfosis sinfónicas de Hindemith hay un mundo, pero ese mundo lo gobierna la sabiduría de Slatkin. La afinidad estilística que pueda tener un norteamericano con la música de Estados Unidos es un lugar común que a veces poco tiene que ver con el concepto de lo auténtico, por lo demás absurdo; estas dos obras son americanas y sin embargo parten de distintas tradiciones, que un director debe saber desentrañar, al margen de su familiaridad con ellas. Todo fue maravilloso: desde esa emoción contenida, solitaria y nocturna de la obra de Copland, estupendamente interpretada por Juan Manuel Urbán y Roberto Bodí, y con una cuerda que se transformó en filigrana, hasta el festival de la exuberancia sonora (todo audible) y constructiva de Hindemith, 20 minutos para habitar la felicidad más desacomplejada. Excepcional la orquesta, que supo ver lo que significaba esta ocasión.

Pero, claro, fueron las Variaciones Enigma las que arrastraron al público; y lo normal sería destacar la extrema lentitud y a la vez extrema sabiduría articulatoria de Nimrod. Pero otra cosa me llamó aún más la atención: la capacidad de los grandes directores para el pequeño fraseo con amplitud de dinámicas, lo que convierte a cualquier momento en una corriente justificada, y abre las puertas del arte musical para que el espectador tenga todas las posibilidades de conocer más lo que escucha. Y es que es imposible encontrar un rincón aburrido en estas Variaciones Enigma, porque todo estaba enfocado hacia lo que cada minúscula porción de la obra puede llegar a ser.

Buenas intervenciones solistas (por ejemplo, Lorenzo Meseguer al violonchelo) y momentos inolvidables de expansiva emoción —gracias a una cuerda motivada hasta cotas casi desconocidas (Variación XIII)— contribuyeron a que al final el público se acalorara y dispensara una ovación a Slatkin y la OSCyL como ya hacía tiempo que no se experimentaba, con lo que puede decirse que este director ya es un clásico con una sola colaboración. Y por ello debería volver. Aunque a veces es mejor hacer poco caso a los críticos.

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.