Alemania

Beethoven Tripelkonzert

Juan Carlos Tellechea

miércoles, 15 de enero de 2020
Essente, jueves, 9 de enero de 2020. Gran sala auditorio Alfried Krupp de la Philharmonie Essen. Van Baerle Trio (Maria Milstein, violín; Gideon den Herder, violonchelo; Hannes Minnaar, piano). Orquesta Essener Philharmoniker. Director invitado Daniele Rustioni. Beethoven Tripelkonzert. Johannes Brahms, Tragische Ouvertüre en re menor opus 81. Ludwig van Beethoven, Concierto en do mayor para piano, violín, violonchelo y orquesta opus 56 Triple concierto. Robert Schumann. Sinfonía número 4 en re menor opus 120 (versión revisada de 1853). V Concierto sinfónico. 100% del aforo.
Van Baerle Trio © by EJ-Arts

Con el maravilloso concierto de la orquesta Essener Philharmoniker, dirigida por el italiano Daniele Rustioni, y el célebre Van Baerle Trio de Amsterdam comenzó con gran brillo el año de conmemoraciones por el 250º aniversario del nacimiento de Ludwig van Beethoven.

El concierto fue titulado Beethoven Tripelkonzert, pero su inicio fue reservado para Johannes Brahms con su Obertura trágica en re menor, una obra que destila grandiosidad y enorme energía. Compuesta en1880 al igual que su Obertura del festival académico en do menor, la Obertura trágica fue ejecutada por los Filarmónicos de Essen con gran precisión, equilibrio y armonía en sus tres secciones (1. Allegro ma non troppo; 2. Molto più moderato; 3. Tempo primo ma tranquillo) con pasajes reflexivos, angustiosos y por momentos enigmáticos. Rustioni (1983), nacido y formado en Milán primero y más tarde en Siena y en Londres, dió muestras aquí de una gran musicalidad.

Al cierre de esta primera parte fue ejecutado el Triple concierto de Ludwig van Beethoven. Escrito en 1804, publicado en 1807 y estrenado en 1808, el Tripelkonzert es contemporáneo de la Tercera y de la Quinta sinfonías, así como de la Sonata para piano número 23 Appassionata y de Fidelio, su única ópera. Este concierto aparece como un trabajo aparte de Beethoven ya que no hay otro ejemplo de este tipo en su carrera.

Ubicada en la encrucijada del concerto grosso y de la sinfonía concertante, la obra convoca a tres solistas que desempeñan por igual un papel de similar importancia. En el presente caso: la violinista Maria Milstein, el violonchelista Gideon den Herder y el pianista Hannes Minnaar, integrantes del Van Baerle Trio.

Dicho sea al margen, el trío toma su ilustre nombre de la calle Van Baerle, donde se encuentran el Conservatorio de Música y el Concertgebouw de Amsterdam, en el que el conjunto de cámara tiene también su domicilio. (Caspar van Baerle, más conocido bajo su nombre latinizado de Casparus Barlaeus, nacido en Amberes en 1584 y fallecido en Amsterdam en 1648, a la sazón Países Bajos españoles, fue un humanista, teólogo, historiador, escritor, poeta y polímata (flamenco) neerlandés, profesor de lógica de la Universidad de Leiden, quien, entre otras obras, tradujo la Descripción de las Indias Occidentales (1601) de Antonio de Herrera y Tordesillas (1549 - 1626).

La escritura del Triple concierto es muy peculiar y no siempre facil: el violonchelo que a menudo marca el tono, tiene una parte rica y densa, incluso peligrosa en los agudos; el violín que se ofrece como la porción más delicada, está a veces pegada entre los otros dos pilares; y el piano, cuyo papel sigue siendo un poco incómodo en comparación con el de sus compañeros. Beethoven previó estos pasajes para piano, no demasiado difíciles, pensando en el archiduque Rodolfo de Austria, aventajado alumno suyo.

El Van Baerle Trio, reunido en 2004 por iniciativa del pianista Hannes Minnaar, sabe respetar el término Sinfonía concertante con solistas obligados fijado por Beethoven; mientras buscaba favorecer un enfoque de cámara y funcionar en un equilibrado intercambio con una gran orquesta, como siempre apetecía al genial compositor alemán (también de orígenes familiares flamencos).

El primer movimiento (Allegro) que cubre la mitad de la duración total de la obra, aplica estos parámetros que a priori parecieran contradictorios, aunque no lo son. Tras la introducción del pianissimo que conduce a un pasaje marcial, y la entrada del violonchelo que inicia sus operaciones, se establa inmediatamente el diálogo con el violín y luego el piano en el tempo que les va marcando Rustioni, quien los hace volar.

Para los tres experimentados músicos es sumamente necesario estar íntimamente conectados entre sí, tanto como en la música de cámara. Los solistas se sueldan entre ellos concatenadamente sin cesar, y engarzan el trío con la orquesta; en primer lugar, las dos cuerdas, por supuesto, en su contribución con el teclado que debe unificar todo.

El breve Largo, nuevamente iniciado por la cantilena del violonchelo, parece estar teñido de un acento trágico, pero por último triunfa el lirismo. En cuanto al Rondo alla Polacca final, eslabonado después de una breve transición, su brillante ejecución rítmica lleva todo hacia una alucinante visión de gran rápidez.

Hay mucha imaginación en el trabajo de los tres solistas que respiran al unísono con la misma entrega hasta la coda, increíblemente moldeada. Si el violonchelo de Gideon den Herder dirige el cotarro, sus dos compañeros no le van a la zaga, tocan con igual y excelente calidad: el piano de Minnaar suena soberanamente fluido y el hermoso violín de Maria Milstein hechizante. El apoyo de Daniele Rustioni y de los Essener Philharmoniker está a la altura de este gran desafío.

En el mismo tono de re menor de la Obertura trágica, y bajo la dedicación a Clara Schumann, la misma para quien Brahms escribiría el adagio de su Primer concierto, la Sinfonía número 4 de Schumann, interpretada en su versión revisada de 1851, suena orgullosa y conquistadora.

La ejecución es imponente a lo largo de sus cuatro movimientos, muy bien hilados. Después de la lenta introducción (Ziemlich langsam-Lebhaft) este fragmento vívido y animado suena febril. Rustioni no duda en subrayarlo haciendo que la orquesta se exprese con claridad y fuerte volumen al tocar los grandes acordes del final.

En la romanza (Ziemlich langsam) descubre una canción de amor ligeramente nostálgica en la que destaca el solo del primer violín. Casi enrollado, el scherzo (Lebhaft-Trio) se lanza vigorosamente a plena luz, a diferencia de la sección del trío que exprofeso contrasta poco.

Una prueba de la excelencia de Rustioni en la conducción de esta sinfonía viene en el famoso preludio de transición entre el final del scherzo, cuya fuerza rítmica va disminuyendo gradualmente, y la iniciación más rápida. en la última parte (Langsam-Lebhaft - Presto), un momento enigmático y asombroso adornado por la intervención de los metales.

Rustioni separa estos vientos y los hace tocar fuerte, manejando este pasaje con gran maestría. La conducción brilla hasta el final, incluyendo un desarrollo de suma fluidez y una coda de imponente magnificencia en su gestualidad. En síntesis, una gran obra maestra orquestal de aliento insaciable, en la que cada músico -hasta el responsable del embrujo de los timbales- da todo de sí y mucho más aún. Atronadores aplausos cerraron esta velada, que el público hubiera preferido que continuará indefinidamente para seguir disfrutando de tanta e inefable belleza.

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