España - Valencia

Jaroussky se nos tira al río

Rafael Díaz Gómez
jueves, 16 de enero de 2020
Philippe Jaroussky © 2019 by Palau de les Arts Philippe Jaroussky © 2019 by Palau de les Arts
Valencia, domingo, 12 de enero de 2020. Palau de les Arts. Sala Principal. Philippe Jaroussky, contratenor. Jérôme Ducros, piano. Franz Schubert: Im Frühling, Op. 101 nº 1, D 882; Des Fischers Liebesglück, D 933; An die Laute, Op. 81 nº 2, D 905; Die Götter Griechenlands, D 677; Wiedersehn, D 855. Klavierstücke, D 946 nº 2. An die Musik, Op. 88 nº 4, D 547; Erster Verlust, Op. 5 nº 4, D 226; An Sylvia, Op. 106 nº 4, D 891; Du bist die Ruh, Op. 59 nº 3, D 776; Gruppe aus dem Tartarus, Op. 24 nº 1, D. 583; Sei mir gegrüsst, Op. 20 nº 1, D 741; Der Musensohn, Op. 92 nº 1, D 764; Nacht und Träume, D 827; Herbst, D 945; Litanei auf das Fest aller Seelen, D 343. Impromptu, Op. 90 nº 3, D 899. Auf dem Wasser zu singen, Op. 72, D 774; Im Abendrot, D 799; Die Sterne, Op. 96 nº 1, D 939; Abendstern, D 806; Nachtstück, Op. 36 nº 2, D 672.
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Un contratenor, al no haber perdido nada (demos por ello gracias preventivas a San Cucufato), no es ni podrá ser un castrado. Primera obviedad. En las décadas segunda y tercera del siglo XIX, que es cuando Schubert dispuso de su escaso y muy fecundo lapso creativo en este mundo, la práctica del canto a cargo de castrados estaba más cercana en el tiempo que la que acabó consagrándose como canónica en la interpretación del lied, cosa que pudo venir de la mano de las grabaciones discográficas ya avanzado el siglo XX. Segunda obviedad (que más de uno discutirá, y hará bien) y primera incongruencia: no importa si mientras Schubert vivía se componían aún óperas (pocas) con papeles para castrado, cuando no parece que ninguno con este tipo de voz se dedicara por entonces al lied. Además, ¿si un castrado no es un contratenor, por qué nos mete usted por estos andurriales, quizás se pregunten ustedes? Y no les niego la razón si me denuestan, la verdad. Pero ¿saben lo que ocurre? Pues que uno está un poco cansado de escuchar la cantinela de la pureza y la Verdad (así, con mayúscula) interpretativa del lied, como si no fueran fruto de una convención, como si en el XIX no se hubieran alternado versiones más expansivas y operísticas del género con otras más intimistas. Está uno empachado de leer sobre el carácter recoleto del lied, como si en las décadas centrales del siglo XX no se hubieran realizado sesiones de canciones alemanas delante de auditorios de dos mil personas.

Sí, el siglo XX, de la mano del disco, estableció una forma de entender el lied. Forma que, de todos modos, no dejaba de ser genérica y susceptible de intervenciones, no faltaría más. Incluso hay quien sostiene que Fischer-Dieskau, uno de los principales responsables en el establecimiento del canon interpretativo del lied, a medida que iba repitiendo las grabaciones de los ciclos de canciones aumentaba la suavidad y la belleza del canto en detrimento del énfasis prosódico (de todas estas cosas escribe Laura Tunbridge en su libro El ciclo de canciones publicado en castellano por Akal). Pero sea como fuere, con el mundo del disco vinieron al menos dos circunstancias. Una (favorecida por la técnica de grabación y de reproducción del sonido y por el lugar en el que iba a ser reproducido), que la interpretación se hacía más depurada y más honda, más personal (en el sentido de una relación directa e íntima entre intérpretes y oyente). La otra, que el artista (y su compañía discográfica, obviamente) que sabía pescar en el río del lied, obtenía honra, prez y, claro, contante.

Pero hete aquí que ahora estamos en el siglo XXI. Y que existe una cosa que se llama Youtube. Y que uno escribe en la búsqueda de Youtube, por ejemplo, Der Musensohn, y le sale una nómina de versiones que le ponen los pelos de punta. Cierto que se pierde calidad en la escucha, pero a cambio, ¡qué cantidad de interpretaciones sobresalientes al alcance de un clic! Porque es que además el lied juega a su favor la baza de la brevedad. Es difícil encontrar tiempo para comparar versiones de una sinfonía. ¿Pero de un lied?

Sí, estamos en el siglo XXI. Y entonces viene un contratenor famoso, que por supuesto es perfecto conocedor de todo lo que tiene en su contra, y se dedica a cantar lieder de Schubert. ¿Por qué? Pues supongo que por varias razones. Él asegura en alguna entrevista que así quizás, con el tirón mediático que tiene, atraiga a determinada gente al género. Bien, no descartemos la efectividad y el valor de esta altruista posibilidad. Sin embargo, yo me decanto por otras más prosaicas. Que lo hace porque es lo que le sale de sus no emasculadas partes es la primera que se me viene a la mente. Lo hace porque le da la gana. Y con eso podría bastar. Pero así mismo, imagino, porque está hasta sus no eviradas circunstancias de abordar siempre el mismo repertorio. ¡Que los artistas también se aburren, leñe! Y por último lo hace porque él, que es un grande, también quiere pescar donde han pescado otros grandes. Y lo va a intentar por tierra, mar y aire, es decir, en Internet, mediante el disco y en recitales en vivo.

Y es de esto de lo que toca hablar ahora. Procedente de Sevilla y camino de Barcelona, Jaroussky, con el lied romántico alemán en el cuerpo (cabeza y corazón sobre todo), recaló en Valencia. La Sala Principal de Les Arts estaba prácticamente llena. Primer punto a su favor. Venía con nada más que Schubert. Veinte canciones. No elegidas al azar, es obvio. Alguna intención tenía que haber en esa elección. Sí que es cierto que puede ser que tengamos instalada una tendencia un tanto perniciosa a pensar en los lieder como conjuntos. Pero Jaroussky es un músico inteligente y cultivado que no creo que deje estas cosas al azar. Los cuatro bloques en los que se podían dividir el recital contenían cinco canciones cada uno. Aparte del descanso central, después de la quinta y de la decimoquinta canción Jérôme Ducros se encargó de sendas piezas para piano también de Schubert, la segunda, el Impromptu, op 90, nº3, sin solución de continuidad con el final del canto del lied anterior. Cuatro bloques, pues, en los que no resulta difícil encontrar un ciclo estacional o un viaje vital, desde la primavera hasta el invierno, que como tal no se cita en el último grupo (como tampoco directamente el verano en el segundo), pero sí abundantemente el atardecer, la noche, las estrellas y, en definitiva, la muerte. Es cierto que la romántica pulsión por la muerte no puede dejar de percibirse en alguno de los poemas de cada bloque, ya sea de forma sutil o terrorífica, como es el caso de Gruppe aus dem Tartarus que cerraba la primera parte del programa. Pero también es verdad que hay una progresiva tendencia general desde la frescura hasta el fin de la sazón, por decirlo eufemísticamente.

Lieder de madurez casi todos (la pronta madurez que se permitió vivir Schubert, claro), salvo los algo más tempranos Erster Verlust, bellísimo en su brevedad, y Litanei auf das Fest aller Seelen, del que Jaroussky nos emocionó con tres de sus seis estrofas. Lieder en los que predomina el elemento lírico, que es el que mejor sirvió a las prestaciones de Jaroussky, porque el dramatismo y los oscuros tonos de Gruppe aus dem Tartarus no fueron precisamente los terrenos de los que más favorecido salió el cantante. Tampoco se adaptó bien al silabismo incisivo de Der Musensohn, que se le atragantó. Y en el resto una ambivalente sensación. Cierta monotonía, por una parte. Causada sin duda por la falta de variedad en el color. También porque Ducros, atento y dialogante, al fin y al cabo se mostró, no le quedaba otro remedio, servil, mitigando también los colores del piano y pisando con denuedo el pedal izquierdo para no imponerse sobre el contratenor (se soltó algo más como solista en dos versiones limpias y apolíneas de la pieza y del impromptu). Pero, por otra parte, ¡ay!, ¿es que puede hacerse monótona una sucesión de momentos hermosos? Esa sucesión de tersos fraseos, de elegantes filados, voluptuosos reguladores, esa noble proyección (¡qué maravilla de Du bist die Ruh!, ¡qué bellísimamente desolado el Nachtstück final!).

El público aplaudió en pie y piropeó abiertamente al cantante (si hubo disconformidad a nadie se le ocurrió expresarla), que respondió con Ständchen y Die Forelle como propinas. Hasta de estas dos canciones se ofreció sistema de traducción multilingüe como en las representaciones operísticas (¡lo eché de menos en el recital de Beczała!).

Y de esta forma Jaroussky, aunque nada había perdido, se nos ha tirado al río del lied. Sin enturbiar las aguas. Porque puede y porque quiere. El tiempo dirá si la pesca es buena. Yo así se lo auguro.

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