Chequia

Beethoven renacido

Vicente Carreres

martes, 4 de febrero de 2020
Praga, miércoles, 15 de enero de 2020. Rudolfinum. Filarmónica Checa. Director: Semyon Bychkov. Franz Schubert: Sinfonía Inacabada en si menor. Luciano Berio: Rendering. Ludwig van Beethoven: Sinfonía nº 7 en la mayor.
Semyon Bychkov © 2019 by Filarmónica Checa

Despegó el año Beethoven en el Rudolfinum praguense. Y lo hizo de la mano de la Filarmónica Checa y su director titular, el ruso Semyon Bychkov, con un programa bien atractivo, basado en la coherencia estilística, pero también abierto a la modernidad.

La primera parte estuvo dedicada al que tal vez fuera el más grande contemporáneo del músico de Bonn, el vienés Franz Schubert, con cuya Sinfonía Inacabada se abrió el concierto. Fue una bella interpretación, sobre todo en el Andante, pero Bychkov no quiso internarse en las sombras que encierra esta partitura. Optó por leerla subrayando su lado luminoso y su intenso lirismo. En cierto modo, insertó la obra dentro del programa, que claramente apuntaba a la segunda parte, a esa explosión de júbilo que es la Séptima de Beethoven. Quizás por eso pasó de puntillas por la sombría frase de violonchelos y contrabajos con que se inicia el primer movimiento de la Inacabada, sin explotar todas sus posibilidades expresivas ni presentarla como la idea cargada de negros presagios que en realidad es: al sonido de las cuerdas graves le faltó aquí peso, carne, fuerza. Bychkov dio la impresión de querer entender ese instante crucial como un preámbulo. Sí brilló, en cambio, el tema de las maderas, entonado con ricas sonoridades, y también el maravilloso tema lírico, que se expandió en los violines tras ser enunciado por los violonchelos con dinámica un tanto contenida. Es verdad que Bychkov no eludió el drama en el desarrollo, que gravita sobre la siniestra idea inicial, pero lo mantuvo siempre a raya, no dejando que las fuerzas demoniacas rompieran la belleza del sonido. El mejor Schubert de Bychkov llegaría en el segundo movimiento, cuyo lirismo se acoplaba perfectamente a su óptica y a su sensibilidad. Fantástico fraseo el de las cuerdas en el primer tema, cantado como una rêverie.

La segunda obra de la primera parte, Rendering, también se inspira en Schubert, pero la la compuso el italiano Luciano Berio en 1989. Se trata de una libre reelaboración de los esbozos del músico vienés para una Décima Sinfonía que nunca vería la luz. Pese a la refinada orquestación de Berio y a su imaginativo tratamiento armónico, el interés de la música es desigual a lo largo de sus tres movimientos. Lo más atractivo es la tensión constante entre el pasado y el presente, entre la armonía tradicional y su disolución. Aunque predomina el vocabulario romántico, casi siempre está sujeto a algún tipo de distorsión, como si se reflejara en un espejo cóncavo, y en determinados tramos la tonalidad se dispersa en átomos musicales proyectados a una especie de limbo sin forma ni centro de gravedad. En todo caso, para Bychkov la elección de la obra era una manera de afirmar la actualidad de los clásicos vieneses y de paso lucir la orquesta. Si en la relación del posmoderno Berio con Schubert se escondía algo de ironía, no la hubo por parte de Bychkov, que concibió los tres movimientos a la romántica, especialmente el segundo, donde creó momentos hipnóticos al aflojarse los centros tonales y abrirse un horizonte desconocido. La escritura de Berio permitió, además, mostrar la facilidad de las diversas secciones de la orquesta para el diálogo y la fusión de timbres, que alcanzó efectos de extraordinaria delicadeza al final del segundo movimiento.

Pero el foco del concierto estaba, como decía, en la segunda parte, en la Séptima Sinfonía de Beethoven. Desde los primeros compases se vio claro que lo que el director ruso estaba buscando no era ni un sonido históricamente plausible ni la claridad analítica. Quería vivir y hacer vivir esta música, sin excesos de conciencia o de mala conciencia. Hubo detalles de enorme precisión y belleza, pero fueron medios, nunca fines, y siempre tuvieron un sentido en el esquema narrativo de la obra. Impresionante fue uno de los momentos claves: la transición entre la introducción y el vivace inicial, donde la métrica muta: cuerda, madera y silencio se alternaron aquí en frases cada vez más leves y concisas, creando una expectación, un suspense que propulsaba al oyente hacia adelante, hacia la danza frenética que estaba a punto de comenzar. En el famosísimo Allegretto Bychkov urdió texturas transparentes. Fue expresivo sin ser sentimental, dando a entender que el alma de esta sinfonía no es trágica. Tras este respiro el pulso se disparó en el scherzo, y la pasión fue in crescendo hasta desembocar en la orgía rítmica del finale. Enorme tensión la del desarrollo, donde el tema principal estalló en fragmentos que colisionaron de forma abrupta y entrecortada. Por momentos Bychkov nos recordó a aquella Séptima incandescente de Kleiber con la orquesta del Concertgebouw. También para el ruso la obra fue esa “apoteosis de la danza” que admiraba a Wagner: sobre la sintaxis, sobre la melodía, sobre la armonía primaron los derechos del cuerpo, la alegría del ritmo puro, una alegría compartida visiblemente por los instrumentistas, cuyas sonrisas reflejaban el goce de hacer esta música y compartirla.

Fue un Beethoven renacido, al margen de modas, dogmas y corsés. Frente a ese duelo en nombre del músico alemán que hoy libran historicismo, tradicionalismo y quienes como Riccardo Chailly defienden vías intermedias, Bychkov se salió por la tangente. Nada de suprimir vibratos supuestamente anacrónicos, nada de contraer los volúmenes buscando la autenticidad, nada de cortar a cuchillo la expansión del sonido o desbocar el metrónomo. Pero tampoco rubatos exagerados ni fraseos relamidos intentando calcar los cánones de una tradición sacrosanta, como si la música fuera un artículo de fe. Fue un Beethoven romántico, sí, pero espontáneo, liberado de excesos y prescripciones, un Beethoven que se soltó la melena para descubrirnos la infinita vitalidad que sigue latiendo en su música.

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