España - Castilla y León

Claroscuros

Samuel González Casado

martes, 11 de febrero de 2020
Valladolid, domingo, 2 de febrero de 2020. Teatro Calderón de la Barca. Verdi: Un ballo in maschera. Producción de la Ópera Estatal de Hungría. Dirección de escena: Fabio Ceresa. Dirección de la reposición: Judit Niklai. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Coro Calderón lírico. Dirección musical: Michelangelo Mazza. Dirección de coro: Sergio Domínguez. Angelo Villari (Gustavo, rey de Suecia), Maria Teresa Leva (soprano, Amelia), Damián del Castillo (Renato), Nicole Piccolomini (Ulrica), Arantza Ezenarro (Óscar), José Julián Frontal (Cristiano), Luis López (Horn), Javier Castañeda (Ribbing), Quintín Bueno (juez, criado). Ocupación: 98 %.
Maria Teresa Leva © by OperaClick

El Teatro Calderón de la Barca acogió tres representaciones de Un ballo in maschera en una producción de la Ópera Estatal de Hungría, dentro de un "ciclo" que demuestra que Valladolid sigue sin tener acceso a una temporada de calidad (o, simplemente, a una temporada), que sí poseen otros teatros de parecidas características. Por supuesto, eso no importa demasiado a algunos altos cargos que podrían remediarlo y de los que directamente depende el teatro, dada su actual desgana por todo aquello considerado "vetusto" o que no les sirva para promocionar lo más afín a sus intereses. Quizá el poder conceptual de las puestas en escena actuales sea considerado algo poco efectivo. El cine, un arte mucho más popular, funciona mejor.

Precisamente lo conceptual no fue el punto fuerte de esta representación, ya que la puesta en escena utilizaba recursos ya vistos en otras ocasiones (figuras alegóricas sobre hechos futuros, "congelación" de asistentes a una fiesta mientras el cantante actuaba con naturalidad, etc.) y realmente no había una visión autónoma que pudiera conectar con la obra de Verdi de una manera poderosa. Sí es cierto que casi todas las soluciones escénicas tenían que ver con detalles estéticos que sugerían sensaciones o conectaban con puntos argumentales a veces graciosamente. Por ejemplo, el dúo entre el rey y Amelia se desarrolla en un fumadero de opio, y el cambio de tono de dramático a ligero se justifica en que los dos le dan una calada a una pipa.

Destacó, y mucho, la complejidad de la iluminación comandada por Rodrigo Ortega, verdadera protagonista visual, que por sí sola logró unas fantásticas composiciones escénicas, muy meditadas, que partían del contraste y del claroscuro. La interrelación de los personajes por sus movimientos, sin embargo, fue pobre, sobre todo en la acción dramática. El vestuario, adecuado dentro de lo que se quería sugerir, añadió un punto de pomposidad que no iba más allá de esa brillantez visual eficiente, agradable y a veces sorprendente, pero sin un contenido complejo que hubiera dotado a este trabajo de un valor más allá de lo referencial.

Después de una representación anterior en la que José Bros cantó indispuesto, fue sustituido por el tenor Angelo Villari, una agradable sorpresa. Es cierto que todo en su técnica tendía a lo dramático, debido a que cierta forma de afrontar su oscuro centro provocaba dificultades por ejemplo para los pianos. Intentó uno, le salió descolorido y con buen criterio abandonó el asunto. Por lo demás, ese cierto aire baritonal, su seguridad arriba y algunas dosis de entrega convirtió a su personaje en uno de los aspectos más atractivos de la representación. No ocurrió exactamente lo mismo con Damián del Castillo, barítono con medios limitados y una posición poco flexible para lograr posibilidades en el matiz o en la profundización del personaje. Por el lado positivo, su seguridad en el canto y su prestancia escénica hicieron que la interpretación transcurriera sin sobresaltos, lo que a veces es todo un logro.

Resulta curioso que Maria Teresa Leva, una soprano que goza de dominio de amplios recursos, sea capaz de lo mejor y lo peor con breves segundos de diferencia. Al contrario que el tenor (al que no dejó en buen lugar en la nota final del dúo, alargándola más que su compañero al más puro estilo Montserrat-Plácido), su capacidad para el piano es estupenda, dada su muy trabajada emisión, útil para todo excepto para los graves y para la agilidad y algunos ataques en la parte alta. Sin embargo, sus decisiones en la construcción musical a veces son molestas, como ocurre cuando ataca en forte un agudo al que se llega con línea o al desentenderse de los momentos de transición. Algunos de esos pianos tampoco tuvieron mucho sentido. Sin embargo, solo por su Morrò, ma prima in grazia, lo mejor de la noche, esta soprano debe ser tomada en consideración.

El resto del reparto tuvo altibajos. El punto más horrible lo marcó la Ulrica de Nicole Piccolomini, un espanto desde cualquier sentido analizable cuya cualidad más sobresaliente fue la de aparecer poco. El Óscar de Arantza Eznarro solo se justifica desde la capacidad de emitir agudos afinados, pero realmente poco más pudo hacer con su personaje musicalmente hablando. Escénicamente, su hiperactividad le quitó cualquier atisbo de realismo dentro de la trama, pero supongo que eso ya no es asunto de la cantante. Más ortodoxos, escénica y vocalmente hablando, José Julián Frontal, Luis López y Javier Castañeda.

El coro, en uno de sus puntos más bajos, sonó sin sincronía en el acto I y en general de forma poco funcional en el resto, sobre todo su parte femenina. El director hizo lo posible por que el conjunto se sostuviera, lográndolo en la mayoría de la ocasiones, y dejó visos de buen hacer en la obertura y en el acompañamiento a los cantantes. La OSCyL, sin estar a su nivel acostumbrado (violonchelos poco precisos al principio), fue centrándose hasta dejar cierta impronta de calidad en la representación, cuyos puntos fuertes justificaron la asistencia y permitieron disfrutar, sin grandes emociones, de esta ópera.

Un aspecto que no añadió muchos puntos es el lamentable programa de mano, totalmente impropio de una representación que cuesta 90 euros en patio de butacas: páginas arrancadas de alguna parte con un nuevo reparto, un par de fotos desenfocadas y descoloridas, ninguna evidencia de la división de la obra en actos, un comentario personal de mejorable redacción como notas y lejano a cualquier análisis con entidad (véanse las publicaciones del Campoamor, sin ir más lejos)... No veo gran diferencia presupuestaria entre publicar esto y un programa normal; solo el querer hacerlo. Incluso con imprevistos, recortes y limitaciones varias, la dignidad puede y debe ser conditio sine qua non.

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.