Alemania

De efectos y afectos: adenda

Esteban Hernández

martes, 11 de febrero de 2020
Múnich, lunes, 3 de febrero de 2020. Bayerischen Staatsoper. Puccini: Turandot. Director de escena: Carlus Padrissa - La Fura dels Baus. Vídeo: Franc Aleu. Elenco: Anna Netrebko (Turandot), Ulrich Reß (L’Imperatore Altoum), Yusif Eyvazov (Il Principe ignoto), Alexander Tsymbalyuk (Timur), Selene Zanetti (Liù), Boris Prygl, Manuel Günther, y Andres Agudelo (Ping, Pang, Pong). Coro y Orquesta de la Bayerischen Staatsoper. Director musical: Giacomo Sagripanti
Padrissa: Turandot © 2020 by Bayerischen Staatsoper

Nada que añadir a las reflexiones que en 2016 estampé sobre esta producción, que con el tiempo no rellena butacas si no es a golpe de reparto, algo que por otra parte el saliente intendente captó desde su contestada premiere. En esta ocasión solo tuvo que presentar un nombre, el de Anna Netrebko, para poder colgar -pese a presentar los precios más altos de la temporada- el manido cartel de “todo vendido”. Los escasos veinte minutos de actuación de la diva solicitaron más de 300€ en platea. 

Anunciado como el debut en el rol de la soprano rusa -en producción lo era-, lo cierto es que va completando una de las partes más breves del entero repertorio de compás en compás -económicamente bastante rentable, todo sea dicho-, cerrándose seguramente el círculo con el dueto final -ausente en esta versión- que se podrá escuchar en el MET.

Su escasa presencia no defraudó, mostró el dominio de su instrumento, su potencia, su maleabilidad y su capacidad de adaptarlo a las necesidades tímbricas que requiere cada instante. Padrissa no demanda al personaje esfuerzos expresivos inhumanos, pero aun así la diferencia con las producciones en las que Stemme -presente en un palco - o Pirozzi se vistieron de princesa fue notable. 

Lamento observar que tras Yusif Eyvazov cada vez escucho más al “marido de Netrebko”, léase, se me acaban los motivos que justifiquen su presencia, sobre todo en papeles como el presente, donde su timbre y sus capacidades expresivas observan desde la lontananza las necesidades del personaje. Es correcto en casi todas las ocasiones, no defrauda a quienes poco precisan, pero el peso del Calaf de Puccini no debería verse ninguneado en los despachos por motivos ajenos a las necesidades de la obra. 

Como suele acontecer para con este título, la gran beneficiada de la serata fue Liù, para la ocasión Selene Zanetti, quien con la pátina oscura de su tono y su sensibilidad se metió al público en el bolsillo antes de que apareciese Netrebko. El papel es sin duda agradecido, potenciado además en lo dramático en esta producción, y la soprano italiana lo supo aprovechar. Casi al mismo nivel se presentó Alexander Tsymbalyuk como Timur, un bajo de garantías por su instrumento profundo y su inteligibilidad.

La dirección de Giacomo Sagripanti vistió a Puccini con un traje ciertamente inusual, de talla única, con una administración de tempi y dinámicas que parecían ignorar lo que ocurría en escena, cubriendo todo con un paño sonoro espeso, salvo cuando apareció Netrebko, a la que la lectura de Sagripanti aguardaba desde el primer compás.

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