Obituario

‘Mi si e’ spento il lume’…..

Jorge Binaghi

martes, 11 de febrero de 2020
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Seremos sin duda muchos los que hayamos escuchado estas palabras, casi las primeras, cuando logramos finalmente ver en teatro a Mirella Freni. Hoy me han vuelto como una flecha cuando me enteré -a través de amigos, admiradores, colegas de Italia y Argentina- de su fallecimiento. Las estoy, literalmente, escuchando sin ir a un disco o a un dvd (en su origen film y vídeo), como tantas otras que pude por suerte oírle en vivo. Esas interpretaciones viven dentro de uno sin necesidad de ir a ‘refrescarlas’: el recuerdo es permanente y se reproduce con claridad apenas se lo evoca. La luz -y no la de la lámpara- había venido apagándose desde hace unos años, pero ahora ya no hay Rodolfo que pueda volver a encenderla para una de las más gloriosas Mimí que hayan pisado un escenario. 

Y como siempre la pérdida es para uno, para nosotros. Freni había concluido su trayectoria artística de cincuenta espléndidos años, pero sólo la enfermedad logró apartarla de la enseñanza (en la que, dicen, era tremendamente exigente). La ‘prudentissima Mirella’ como la llamaban (algunos con algo de sorna), en todo caso, se había exigido antes a sí misma. Y en ese aspecto fue una cantante a la antigua usanza. Si alguna vez se equivocó en algún rol lo dejó casi inmediatamente de lado. Hubo alguno que nunca llegó a cantarlo -nunca dijo cuál- porque había dos notas ‘molestas’. Y no era fácil -ni lo es hoy en día, todavía menos- poder evolucionar de una juvenil voz lírica (con arrebatos de ligera, que le permitirían cantar I Puritani, La figlia del reggimento, Don Pasquale, y con harto más frecuencia L’elisir d’amore, Falstaff, Don Giovanni, Le nozze di Figaro) a roles más ‘fuertes’ pasando por Liù, Desdemona, Elisabetta di Valois, Amelia Boccanegra, Aida y la solista del Requiem de Verdi (Tosca, Butterfly -dos veces-, el Trittico las abordaría en disco, como La forza del destino, Mireille o Pagliacci). Luego se prodigaría en los roles rusos de Chaicovsky (Tatiana el primero y más frecuente, Lisa, Juana de Arco) y en el verismo, Adriana Lecouvreur y Fedora. De Giordano añadió hacia el final una ópera poco representada que le iba como anillo al dedo, Madame Sans-Gêne. La colega que en un momento decía que la Freni era muy buena para los personajes en -ina (Norina, Zerlina, Adina) se quedó, como siempre y como algunos otros, con dos palmos de nariz.

El Teatro Colón de Caamaño y Montero (hay que aclarar quiénes eran director artístico y general, porque en ningún teatro es indiferente, y en ese menos aún) con esa capacidad para detectar valores nuevos sin olvidar los merecidamente consagrados la había contratado para debutar al principio de su parábola internacional en 1963 (Nannetta y Zerlina), pero canceló por enfermedad. No es de extrañar que frustrado un debut bastante posterior -en la década de los años 80 del siglo pasado- por razones ‘misteriosas’ llegase tarde a Buenos Aires, ya en los 90, con una Fedora que entró merecidamente en los anales del Teatro y luego la que probablemente fue su última Bohème. Ninguna anécdota mejor que su entrada en el ensayo general de Fedora que provocó un aplauso ensordecedor de un público que siempre había querido verla en ‘su’ teatro y que hasta entonces no había podido. 

Personalmente la vi bastante (nunca se ve mucho a un grande aunque se haya seguido toda su carrera y, más difícil, desde el principio), pero sólo en Europa y en general cuando pude permitirme desplazarme para asistir a alguna representación que consideraba importante o para ver a un artista que me parecía imprescindible.

Tras un accidentado viaje a Boloña en los primeros días de marzo de 1975 para verla por primera vez en uno de sus grandes roles, Marguerite de Faust con la puesta de Ronconi (luego se lo volvería a ver en una de las últimas ocasiones en que lo cantó en el Liceu barcelonés con Alfredo Kraus), no volví a verla hasta 1984 en Múnich en una Bohème que si no fue antológica se debió a la cancelación de Pavarotti, pero ella, la Popp y nada menos que la batuta mágica de Carlos Kleiber -hoy ha ido a reunirse con ellos- se encargaron de hacer que esa ausencia fuera sí lamentada pero no demasiado sentida (también la volvería a ver mucho más adelante en el Liceu cuando ante un problema de salud de Jaime/Giacomo/Jaume Aragall supo hacer llegar al Teatre a un joven debutante llamado Roberto Alagna con el que formó una pareja inmejorable: si la voz estaba más oscura la técnica, el estilo, la frescura de la interpretación de su Mimí seguían intactas). Tuve la suerte de que el público del Liceu la descubriera aunque no en su primera etapa (y mejor no preguntarse por qué) cuando debutó con un Requiem dirigido por Romano Gandolfi, donde destacó tanto que allí empezó una historia de amor arrebatada -en un concierto a favor de los damnificados por el terremoto en México, y donde cantó la muerte de Liù y el dúo del primer acto de Bohème con Kraus tras las ovaciones un exaltado gritó ‘¡parece nuestra!’ sin recordar que los grandes no son de ningún lugar o grupo humano concreto porque pertenecen a todas las personas a las que su arte consigue hacer felices por unas horas-, arrebatada historia de amor (decía) que continuaría con su maravillosa, humana y bien cantada -siempre con esa calidad y homogeneidad entre registros sin necesidad de artificios de mejor o peor gusto- Amelia Boccanegra, las obras ya mencionadas, la Manon Lescaut que no pude verle por trabajo (pasan esas cosas de las que uno nunca se arrepiente bastante), una Adriana memorable que repitió dos veces y una Tatiana en un ruso impecable con su segundo marido, el monumental Nicolai Ghiaurov como Gremin emocionante por las interpretaciones de ambos y la dirección exaltada de Emil Chakarov -también estará hoy en su buena compañía.

En la Scala pude verla con la dirección de Gavazzeni y alternando con Plácido Domingo y José Carreras en la que sería -no por su voluntad- la última aparición en la sala del Piermarini, su monumental Fedora en la que consiguió demostrar que sí era una parte para cantar y sí que se necesitaba una cantante en forma contrariamente a lo que se había venido haciendo. Conseguí verla aún tres veces más: la última fue en el 2005 en un homenaje en el Teatro de Módena a su carrera en la que intervino sólo para cantar un aria de Alfano, la ‘elegía’ de Massenet y, por casualidad debido a incidentes técnicos, un aria de Adriana Lecouvreur: por lo demás recordó y habló con su simpatía y sencillez habituales (‘sono vecchia!’ y tenía setenta años). Antes la había visto allí mismo en su única protagonista, de lavandera a aristócrata sin pelos en la lengua, Madame Sans-Gêne, que entonaba con sincera pasión el reproche a su marido en el segundo acto cuando le decía lo que debería haberle contestado a Napoleón: ‘Che me ne faccio del vostro castello’ era un momento de verdad teatral y vocal sólo comparable con el registro que del mismo fragmento dejara tantos años antes Claudia Muzio. Y si me fui en vano a Turín para su primera -frustrada por una gripe atroz- función en Italia de La doncella de Orléans conseguí verla en su última encarnación de esa Juana de Arco en Palermo casi dos años después. Sólo en esa oportunidad la conocí personalmente presentada por un amigo íntimo y por su marido, ese gigante bonachón y supersticioso que era Ghiaurov, que extasiado le decía: ‘Mirella, él me escuchó en el Colón en el Faust’. Se rió francamente, me dio la mano, me preguntó si la había visto en su debut en el Colón y le expliqué que no, pero que me habían contado (‘ah, pero tendría que haber estado ahí. No me esperaba esa recepción’) y le comenté dónde la había visto: ‘¿Y por qué no vino a saludarme? Que yo sepa no me como a nadie’. Le dije que más valía tarde que nunca y me dijo ‘Un poco más y no me conoce. No sé cuánto más seguiré fastidiando (usó una expresión popular muy directa, muy propia de Madame Sans-Gêne) por los teatros. Y ahora váyase que me tengo que preparar y, sea Ud. o no creyente, persígnese y pida que Dios me ayude -de nuevo otra expresión coloquial- como siempre hago yo, que una nunca sabe de dónde le puede venir un problema’. Nunca creí que esa fuera la última vez en que le hablaría, ni desde luego que esa fuera la última ópera en que la escuchaba en vivo, pero salvo el homenaje antes aludido (creo que hice una reseña para Mundo Clásico), nunca más la volví a ver.

Hoy, como he dicho, he tenido un incesante intercambio -en realidad desde hace dos días- con varias personas hasta el momento de producirse el fallecimiento. De los comentarios posteriores (y quisiera destacar que ha habido colegas de todas las edades que se han mostrado sinceramente consternados), quisiera dejar constancia aquí de dos de la lejana Buenos Aires de personas bien diferentes pero unidas en su admiración por la inmensa Freni. Uno que simplemente decía: ‘Es increíble cómo los artistas te van llevando por los caminos de la vida’, y otro que terminó por agregar a sus ‘muchas gracias’ un sticker en forma de ramo de rosas ‘por todos los momentos hermosos que me hizo pasar’. No conozco mejor forma de subrayar la importancia del legado de ‘la’ Freni que esa: un par de frases sencillas, un ‘gracias’ y un ramo de flores virtual. De veras y no sólo por su lección de canto sino de ser y estar en el mundo lírico y fuera de él, muchas gracias, prudentísima.

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