España - Madrid

‘Una emoción especial’

Jorge Binaghi

viernes, 21 de febrero de 2020
Madrid, lunes, 3 de febrero de 2020. Teatro de la Zarzuela. Recital de Simon Keenlyside, acompañado por Caroline Dowdle (piano). Lieder y melodías francesas de Schubert, Ravel, Poulenc, Debussy y Fauré. Bises de Fauré, Ravel y Brahms
Simon Keenlyside © A. Bofill, 2018

Llegar en el último minuto a un recital como éste tras un ‘suspense’ de drones, aviones en emergencia y viaje enloquecido desde el aeropuerto de Barajas al Teatro podría bien haber sido un desafío absurdo a las más prudentes admoniciones de la supervivencia a una cierta edad. Sentarse sudoroso y sin aliento y que empiece un concierto -cualquiera, de cualquier tipo y con cualesquiera intérpretes, individuales o colectivos- supone un más o menos breve período de calma y adecuación -además de las miradas entre azoradas y asesinas, con justicia, de los vecinos- con la consiguiente distracción. Llevo ya muchos (nunca suficientes) conciertos de Keenlyside como para saber que mejor no perderlo aunque ya haya escuchado una o más veces las canciones que conforman su programa. Pero la primera cosa que me sorprendió fue que abrió la boca y yo recuperé mi capacidad de concentración en lo importante y me olvidé del resto, como debe ser y muchas veces no es en circunstancias menos ‘justificadas’.

Y, claro, empezó con ‘su’ Schubert que, como algunos dijeron al final, tendría siempre que terminar un recital, en particular en su caso, porque las cotas de emoción que suele alcanzar son tan elevadas que aunque luego haya un descanso lo demás es igual de magnífico pero en apariencia menos ‘denso’ y hay que acostumbrar más que el oído eso que suele llamarse ‘alma’. En todo caso he robado el título de esta crónica no a un Schubert sino al sublime poema del martín pescador que forma parte de esas increíbles Histoires naturelles de Ravel sobre poesías (prosas) de nadie menos que Jules Renard. Y es que desde el primer Schubert al último Fauré y los bises todo fue eso, una emoción muy particular.

Del Schubert de Keenlyside ¿qué más puede decirse? Que es ‘suyo’ como de muy pocos más. Directo, introvertido y cuando conviene lo contrario, agitado, melancólico, sea que trate del amor, generalmente no correspondido o desdichado (‘Liebesbotschaft’, que abrió el programa, una ‘Ständchen’ de una virilidad y energía al mismo tiempo desbordante y controladísima, ‘Dass sie hier gewesen’ que a uno le cierra la garganta, pero también las notas broncas de ese increíble ‘Atlas’ donde lució la opulencia de sus registros, la alucinación del doble en el ‘Doppelgänger’, la ansiedad y el reposo del guerrero -antes de que se escribiera un libro muy distinto con ese nombre`de ‘Kriegers Ahnung’, esa increíble y subjetiva oda a la luna otoñal, los estados anímicos entre depresivos y angustiados frente a un elemento natural, sea el mar o el crepúsculo o la visión de una joven pescadora -‘Am Meer’, ‘Im Abendrot’, An den Mond in einer Herbstnacht’, ‘Das Fischermädchen’) para concluir, como otras veces con esa despedida ‘Abschied’ anhelante, expectante y al mismo tiempo cruzada por el desgarro de lo que no volverá.

Pero si algo lo caracteriza a Keenlyside en Schubert es la capacidad de hacernos literalmente compartir el suspiro (‘rauschendes’ fue precisamente la primera palabra que cantó) y de variar en intensidad e intención las repeticiones de frases y palabras que pueden ser un impedimento en este tipo de poesías. Y el gran Keenlyside no se guardó nada y logró un éxito legítimo de un público muy atento, entregado y para este tipo de eventos muy numeroso, que quiso compartir, como siempre, con su acompañante, que para mí es nueva, en todo caso en los programas que él suele presentar, y que no me pareció más que discretamente adecuada o algo menos a veces, no sólo porque se limitó a tocar con corrección pero sin vuelo notas que en la voz cobraban otra dimensión pero que requieren del piano como interlocutor privilegiado (me atrevo a decir que incluso más que de nosotros los intrusos o invitados, el público) y no un competidor frenético (baste el ejemplo del tiempo de ‘Abschied’, precisamente). Fue una pena porque decididamente en esta velada el barítono estaba más inspirado todavía que otras veces y en gran forma vocal (sus maravillosas medias voces, sus graves, sus agudos, la facilidad y la homogeneidad del pasaje entre registros, la respiración)-

La segunda parte, como digo, requirió en algunos o varios una ‘reinstalación’ en un mundo irónico, a veces ‘superficial’ (de eso de que la superficie está allí, pero oculta otras cosas), hiperrefinado y al mismo tiempo algo canalla de algunos autores franceses ((¿para cuándo un Satie, Sir Simon or Mr. Keenlyside, como más le(s) guste?) que en este caso fue el Poulenc de los cuatro poemas de Apollinaire, pero también en su visión de la ‘Mazurka’ o su ‘retrato’ de ‘Paganini’. Lo precedió ese Ravel inimitable donde Keenlyside se transforma en pintada, pavo real, grillo, cisne, el ya mencionado martín pescador y al mismo tiempo su observador distante, humorístico y enternecido, todo junto o por separado. Junto a la versión, tan distinta, de Régine Crespin, y pese a algunas otras valiosas de distinguidos colegas de su cuerda e incluso de nacionalidad, ésta me parece definitiva. Siguió un Debussy todavía con cierto regusto de romanticismo, a su manera siempre, en ‘Voici que le printemps’ que concluyó con un ‘touchante’ que fue eso mismo, conmovedor -pero pudoroso, no desmelenado. De la mano de Fauré fuimos admitidos a una intimidad extrema pero púdica en ese fantástico ‘Le secret’ (un secreto bien guardado, y el mejor de los que le he escuchado hasta la fecha -espero alguno más aún), la delicadeza absoluta pero moderada de, precisamente, ‘En sourdine’ y la relación de amor real e imposible entre la mariposa y la flor con palabras de Víctor Hugo.

En los bises dijo que el programa ya así era muy largo, pero regaló en primer lugar una ‘Mandoline’ de Fauré  que fue una cascada de susurros y en último el brevísimo lied de Brahms ‘Es schauen die Blumen’ (si van a buscarlo a youtube y encuentran como primera la impecable versión del gran Fischer-Dieskau y no está -no he buscado- la de Keenlyside pueden pensar que dice lo mismo, pero de muy otra forma: basten las palabras finales del poema de Heine “wehmütig und trüb!’). Y ésta, en particular, fue la forma de despedirse diciendo que los artistas deben ante todo transmitir un mensaje de amor y vida, pero tuvo que reconocer, justo en segundo lugar, que en la semana en que se recordaban los horrores descubiertos en 1945 al final de la guerra, a veces el artista debe, quiere cantar muy otro tipo de cosa y dedicó a esa memoria el ‘Kadish’ de Ravel. Ahí también mi referencia es la interpretación de Victoria de los Ángeles, pero esta otra, tan masculina y profundamente sentida, que clavó a la sala, le puede disputar la palma. Cuando, pese a su pedido, algunos intentaron demostrar su admiración, frenó en seco el aplauso. Y es que a veces el silencio -como el que se palpó en la sala muchas veces esa noche, pero en ningún momento como en éste- es el mejor de los premios porque dice claro lo que ni palabras ni voces ni palmas pueden expresar. Una experiencia única y un honor. Si encuentro al dron que casi me hace llegar tarde, y a los despistados o lo que sea que no lograron controlarlo, me oyen, y lamentablemente yo no soy Keenlyside.

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