Alemania

¿Beethoven contra Erdogan?

Agustín Blanco Bazán

viernes, 21 de febrero de 2020
Bonn, domingo, 9 de febrero de 2020. Ópera de Bonn. Fidelio, ópera en dos actos con libreto de Joseph Sonnleithner y música de Ludwig van Beethoven. Regie: Volker Lösch. Escenografía: Carola Reuther. Vestuario: Alissa Kolbusch. Dramaturgia: Stefan Schnabel. Rocco: Karl-Heinz Lehner. Don Fernando: Martin Tzonev. Don Pizarro: Mark Morouse. Florestan: Thomas Mohr. Leonore: Martina Welschenbach. Marzelline: Marie Heeschen. Jaquino: Martin Koch. Coros de la Opera de Bonn. Orquesta Beethoven Bonn dirigida por Dirk Kaftan
Fidelio según Lösch © 2020 by Thilo Beu

Como homenaje a su hijo más famoso Bonn explotó el primero de año con un Fidelio concebido como una proclama política contra el presidente Erdogan y en favor de la liberación de presos políticos en Turquía. Para ello, la cosmovisión de la cárcel fue reemplazada por un estudio teatral donde un regisseur asistido por refugiados turcos se prepara a confrontar a los cantantes con el fin de emparentar sus roles con las angustias y aspiraciones de los oprimidos y el despotismo de los opresores. A la derecha de la escena hay una mesa de trabajo donde a lo largo de toda la obra se leerán archivos, expedientes y documentos políticos. A la izquierda está el tablado donde los artistas deberán interpretar la ópera bajo una gran pantalla donde continuamente veremos vídeos que van desde algunas maravillosas vistas de Estambul y escenas de represión callejera hasta los sueños y fantasías de los personajes. Marcellina y Jacquino son filmados en la escena con una cantidad de bolsas de compras mientras que en la pantalla los vemos comprando en una super tienda. Los sueños de Marcelina son en la pantalla el anuncio de su tarjeta de casamiento con Fidelio, y el gran aria de éste, o mejor dicho ésta última nos muestra una Leonora volando. También fuera de la pantalla se eleva ésta con la ayuda de sogas invisibles en un efecto de poética acrobacia. En escena y en pantalla vemos a Pizarro y Rocco discutiendo en una sauna la suerte de Florestán. Y todo esto se intercala con sesudas discusiones entre el regisseur, sus asistentes y los refugiados sobre la opresión de Erdogan a través de historias espeluznantes de torturas inconcebibles y observaciones legales sobre las violaciones a la constitución turca y a los derechos humanos. Todas ellas son fascinantes, pero en alemán y sin traducción, y por esta razón la propuesta es inalcanzable en su contenido para quienes no comprendan alemán. Y tediosa, con un primer acto de casi una hora y media y un segundo de aproximadamente una hora (sin obertura Leonora III) 

Tan intrusivo y exaltado es este acto de proselitismo político propuesto en reemplazo de la dramaturgia original que texto y música terminan perdiendo relevancia como hilo conductor, porque ¿quién tiene tiempo para Beethoven y Soonleithner cuando se trata de pelear contra el monstruo otomano? Confieso haber compartido mi indignación contra él en algunos momentos, hasta el punto de olvidarme que estaba en Bonn viendo Fidelio. Sólo en contados momentos es posible juntar esta plataforma política actual con la obra original, por ejemplo cuando en la reflexiva introducción que sigue al comienzo de la obertura, vemos en un vídeo a Erdogan y Merkel observarse con desconfianza. 

Todas las voces principales me parecieron excelentes, sobre todo la Leonore lírica e incisiva de Martina Welschenbach, el apoyo y timbre del Florestán de Thomas Mohr y el fraseo y frondosidad de color de Mark Morouse. Solo que mi aprobación es con reservas, porque todos cantaron con amplificación acústica. Y también lo hizo el coro, con lo cual los cuchicheos a sotovoce del coro de los prisioneros salieron borrosos y los fortes estridentes.

¿Obedece esta amplificación a la necesidad de poner la parte musical a la par de las arengas e intercambios hablados y gritados en la plataforma política? No sé si fue la amplificación la que traicionó serias inexactitudes en los metales, en particular las trompas. Dirk Kaftan empaquetó con más vigor que inspiración una partitura que hacia el final lució con una fuerza y luminosidad de intensidad suficiente para imponerse sobre la retórica de activismo político. 

Pero también el final fue visualmente desquiciado por la antítesis entre un texto que no quiere iniciar ninguna revolución y la estática exhibición de eslóganes, arengas contra la dictadura, y pedidos al público para escribieran a Merkel, al ministro del interior y a muchos presos políticos, con la advertencia de que a la salida encontraríamos postales impresas para enviarles. Por mi parte las recogí y mandé todas, pero ¿y los demás?, ¿y los que no están nombrados en este concreto catálogo de nombres y atrocidades? Algo soluciona este interrogante la exigencia de “¡Libertad para todos!” enrrostrada en la pantalla final. Pero solamente algo, porque no es en su utilización para una causa política determinada sino en su abstracta universalidad que los valores de Fidelio insinúan una liberación nunca colectiva sino tan interna e individual como los tormentos del compositor.

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