Reportajes

Beethoven a lo grande

Juan Carlos Tellechea

martes, 25 de febrero de 2020

Ludwig van Beethoven (Bonn,1770- Viena, 1827) fue y sería hoy un anarquista, afirma, entre otros músicos, la japonesa Mitsuko Uchida, quien el próximo 21 de abril inaugurará en la Filarmónica de Essen el XXXII Klavier-Festival Ruhr, enteramente dedicado al 250º aniversario del nacimiento del genial compositor alemán.

¡Hay tantas esperanzas depositadas en Beethoven!, señala Uchida (Atami/Tokio, 1948), mientras prepara para el evento las 33 variaciones para piano en do mayor op 120 (1819-1823) sobre un vals (1818) del compositor, guitarrista, pianista y editor de música Anton Diabelli (1781-1858), última gran composición para piano de Beethoven y una de las grandes obras de la historia de la música; una suerte de retrato del microcosmos beethoveniano, así como de todo el universo sonoro.

Cuando Uchida vivía y estudiaba en Viena (su padre era diplomático), muchos pianistas tocaban las variaciones y ella se decía para sus adentros, Dios mío la pieza dura una eternidad. Pero no es así, tiene que reconocer hoy. El tiempo pasa volando cuando se comprende cómo está concatenado todo el ciclo, y cómo están unidas entre sí las variaciones, acota. Cuando habla de música, la pianista japonesa dice mucho en pocas palabra sobre su devoción hacia un compositor. Verbigracia por Beethoven sobre quien no ahorra en elogios.

El Klavier-Festival Ruhr presentará hasta el 11 de julio venidero todas las sonatas para piano, todos los conciertos para piano y orquesta, todos los ciclos de variaciones, bagatelas y otras obras en 74 conciertos distribuidos en 23 ciudades de la Cuenca del Ruhr y regiones adyacentes, afirmó el director general (intendente) del festival, profesor Franz Xaver Ohnesorg en conferencia de prensa convocada para difundir el progama de actividades.

También el pianista y director de orquesta austríaco Rudolf Buchbinder tocará las 33 Variaciones el próximo 4 de junio en el festival durante un concierto en el que se presentarán asimismo las versiones compuestas por Franz Schubert y por Franz Liszt, así como por una docena de modernos compositores especialmente invitados.

Las Variaciones Diabelli fueron compuestas por Beethoven en la misma época en que escribía las tres últimas sonatas para piano (opus 109, opus 110 y opus 111) y la Missa solemnis. Más o menos por ese tiempo, el domingo 15 de febrero de 1824, varios aficionados a la música reclamaban en el periódico Allgemeine Theaterzeitung que la Missa solemnis y la Sinfonía número 9 debieran ser pronto presentadas en Viena, según cita The Beethoven Diary, publicado por la editorial Bärenreiter de la ciudad de Kassel. La misma casa acaba de editar asimismo el facsímil de la partitura original de Beethoven de las 33 Variaciones con un comentario crítico de la obra.

También hoy, a dos siglos y medio de su nacimiento, Beethoven sigue planteando desafíos; sus obras pertenecen mundialmente al repertorio imprescindible de la música clásica. Pero, lo que muchos asimismo se preguntan es si era un talento natural puro lo que poseía el compositor o fue la ciudad de Viena que lo convirtió en lo que era.

Beethoven fue un brillante improvisador al piano y a menudo causaba tal impresión ante su auditorio que el público no podía contener las lágrimas y lloraba de emoción, según uno de sus alumnos, el compositor, pianista y pedagogo austríaco Carl Czerny (Viena, 1791-Viena, 1857).

Sus fantasías mostraban de forma muy directa el poder físico-material de la música, para citar al poeta, filósofo e historiador alemán Friedrich Schiller (Marbach a orillas del Neckar, 1759-Weimar, 1805). Sin embargo, es en la forma musical que acuñara, y de cuya meticulosidad y escrupulosidad hablan por sí mismos los numerosos esbozos de sus obras, donde la música de Beethoven alcanza la estética, en el sentido más schilleriano del término.

El genio de Bonn es un hito en la historia del arte musical, aunque hay una enorme cantidad de diversas definiciones al respecto, afirma el destacado catedrático de musicología Hans-Joachim Hinrichsen de la Universidad de Zúrich. En su juventud Beethoven conoció el impulso del Sturm und Drang, con Wolfgang von Goethe (Francfort del Meno, 1749 – Weimar, 1832) y Schiller, entre otros, que promovían el culto al genio.

Las desventuras del joven Werther (1774, Goethe) y Los bandidos (1781, Schiller) son importantes documentos en tal sentido; eran los tiempos en los que se criaba Beethoven y creo que a él le era familiar esa idea del genio, señala Hinrichsen formado en la Universidad Libre de Berlín donde trabajó también en su Instituto de Musicologia.

Interesante en este aspecto es la definición que proclamara el filósofo de la Ilustración Immanuel Kant (Königsberg, Prusia; 1724- Königsberg, 1804), el más importante representante del criticismo y precursor del idealismo alemán (figura trascendente para Goethe y Schiller), uno de los pensadores más influyentes de la Europa moderna y de la filosofía universal. Kant, penúltimo pensador de la modernidad, anterior a la filosofía contemporánea que comienza en 1831, tras la muerte del pensador Friedrich Hegel, señala en su Crítica del juicio (1790) que el genio es un talento (don natural) que da reglas al arte.

Parece muy sencilla, pero es una declaración de muy profundo sentido sobre la que se puede reflexionar largamente, porque implica una determinada relación entre la naturaleza y el arte; y significa que el arte no se deja regular por sí misma o por el Hombre, sino que es regulada por la propia naturaleza, subraya Hinrichsen.

El marxista de ideales libertarios Ernst Bloch (Ludwigshafen, 1885- Tubinga, 1977), filósofo alemán de las utopías concretas, de las ensoñaciones y de las esperanzas, centraba su pensamiento en el Hombre que se yergue y concibe a sí mismo. Bloch, para quien la conciencia del Hombre no solo es el producto de su ser, sino que ---más todavía-- está dotada de un excedente que halla su expresión en las utopías sociales, económicas y religiosas, así como en las artes visuales y en la música, decía de Beethoven que cuando éste llegó a Viena ya se comportaba como quien era, como Ludwig van Beethoven.

Es esta una bella definición de alguien que como Bloch veía en el socialismo y en el comunismo los instrumentos idóneos para implementar ese excedente en los hechos, el describir cómo Beethoven podía y debía cultivar, o más aún, tenía que cultivar esa conducta en aquellos salones nocturnos de la nobleza austríaca en los que encontró todas las libertades y en los que todo se cultivaba y se mimaba, y que más tarde sería percibido como genial.

La música de Beethoven ejerce hasta hoy un efecto directo sobre los oyentes, más allá del sentido común y de la razón, algo misterioso e inexplicable, volcánico, para emplear un término de la geología, pero que tiene mucho que ver con la naturaleza.

El aspecto histórico más importante, es el de que Beethoven pertenece a esa generación de 1770 que, sin temor a exageraciones, se nutrió desde la infancia, junto a otros gigantes de la cultura alemana como Friedrich Hölderlin (Lauffen am Neckar, 1770-Tubinga, 1843) y Friedrich Hegel (Stuttgart, 1770- Berlín, 1831), con ese pathos de la libertad, proveniente del pensamiento kantiano, y enfatizado vehementemente por todos los filósofos de la Ilustración europea, así como por la Declaratoria de la Independencia de Estados Unidos (1776) y de la Revolución Francesa (1789).

El asunto es factible de analizar -aunque también algunos aspectos resultan enigmáticos- a saber, cómo es que fue captado en su música ese espíritu de aquel tiempo y cómo es trasladado hasta nuestros días ese mensaje, según el cual, ---aquí se articula este nuevo Hombre libre--- que era ya audible en la época de Beethoven y que es percibible aún hoy, señala Hinrichsen, en su nuevo libro Ludwig van Beethoven – Musik für eine neue Zeit (editorial Bärenreiter).

La radicalidad sin precedentes con la que las composiciones de Beethoven cambiaron el panorama musical de entonces fue percibido por sus contemporáneos y paulatinamente entendido por las generaciones posteriores. Muy a menudo se dice que hay un antes y un después de Beethoven, algo así como una divisoria de aguas de la historia de la música.

Pero esto es más facil de decir (y de repetir como un lorito) que de comprender cabalmente. Las revoluciones intelectuales son fenómenos, cuyo peso, si bien a menudo no es discutido, no pueden suscribirse fácilmente a un solo desencadenante. Sin embargo, Beethoven es uno de ellos. Su principio es la lógica de la innovación y su modernidad tiene tantas facetas que no se deja subsumir en un sencillo concepto, sino que debe ser pacientemente desmontada en cada uno de sus particulares aspectos.

En tal sentido no hay que perder de vista su especial forma de apego a las tradiciones. La música revolucionaria de Beethoven, aún cuando su influencia perdura hasta hoy, es un producto de su tiempo y así debe ser entendida. Es tomada en serio no como mero arte musical, sino por la confrontación de su autor con los temas poéticos, estéticos y filosóficos de su época; con las ideas racionales de libertad, Dios e inmortalidad; con los conceptos de subjetividad, personalidad e individualidad; con las concepciones sobre el espíritu, la forma y la materia; y finalmente con los problemas de la autodeterminación, la causalidad natural y la moralidad.

La música de Beethoven es la de un contemporáneo atento al sentido último de las cosas, sobre la que se debe reflexionar. Al peligro de una volatización de esas ideas en una abstracción no vinculante se lo enfrenta mejor en un análisis minucioso que haga justicia a la música como un arte que no obedece a una lógica discursiva, sino a una lógica de la estética.

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