Novedades bibliográficas

Abusos sexuales, conciertos y pacifismo

Alfredo López-Vivié Palencia

viernes, 28 de febrero de 2020
Symphonies & Scorpions © 2019 by Little Red House Publishers

Hace apenas un mes, la Orquesta Sinfónica de Boston anunció la cancelación de la gira que tenía programada por China y otros países de Asia a causa del coronavirus. Sólo unas semanas antes había aparecido en el mercado la segunda edición –corregida y aumentada- de este libro publicado en 2017, Symphonies & Scorpions* que trata justamente de la gira por China y Japón que llevó a cabo la Boston Symphony en mayo de 2014. Habían transcurrido treinta y cinco años desde su primera visita, que pudo organizarse tras el histórico encuentro entre Richard Nixon y Mao Tse Tung en 1972.

Vamos con las presentaciones. Gerald Elias (Nueva York, 1952) ha sido violinista de la Sinfónica de Boston y posteriormente asistente de concertino en la Sinfónica de Utah. Además de profesor, director, compositor y fundador del Cuarteto Abramyan. Y escritor de éxito, como demuestran las recomendaciones elogiosas que han recibido sus novelas de misterio, empezando por Devil’s Trill (2009). Vaya desde este momento también mi comentario laudatorio sobre el libro que se reseña, porque Elias escribe con gran desenvoltura, en un tono completamente coloquial –socarrón, pero sin caer en la vulgaridad-, y posee una enorme capacidad para describir situaciones, personas y lugares.

Las excusas para sacar una segunda edición han sido fundamentalmente tres: incluir un prefacio en el que, siguiendo la estela del movimiento “Me too”, Elias habla de casos mediáticos de conductas sexuales inapropiadas en el mundo de la música –cita, entre  otros, los escándalos de James Levine y Charles Dutoit-; añadir como postludio un reciente ensayo pacifista titulado War & Peace. And Music (2019), sobre el poderoso influjo de la música para favorecer el entendimiento entre pueblos y culturas diferentes; y recurrir a servicios editoriales externos -la primera publicación se había editado privadamente- para corregir gazapos (alguno queda, empezando por la desorientación que provoca ver las páginas impares a la izquierda y las pares a la derecha), y para colocar pies de texto bajo las fotografías que ilustran el libro, tomadas por el autor (de esta manera sabemos que la portada corresponde a un rincón de los Jardines de Yuyuan en Shanghai, aunque para ello tenemos que llegar a la página 214).   

En la primera parte del libro Elias hace un repaso de su vida profesional en Boston. Desde su primera audición –fallida, aunque se consuela recordando que a Fritz Kreisler también le rechazaron en la Filarmónica de Viena-, hasta las fiestas de 36 horas que Seiji Ozawa pagaba de su bolsillo para toda la orquesta en “resorts” exclusivísimos cada vez que iban de gira al Japón (“se puede discutir sobre la profundidad de su Mozart o su Brahms, pero no hay duda de que sus “orchestra fêtes” eran inigualables”). Pasando por la tradición de la Boston Symphony de tocar “behind the beat”, costumbre que exasperaba a Colin Davis (en su momento, principal director invitado), y que provocaba que Eugene Ormandy directamente se perdiese al dirigir la Obertura de Coriolano.

Tras su marcha a Salt Lake City, Elias nunca perdió el contacto con la Boston Symphony (participaba habitualmente en el Festival de Tanglewood), por razones de amistad con los músicos y con los directivos de la orquesta, y también por razones crematísticas. Entre estas últimas, el hecho de que el salario medio antes de impuestos de un miembro de la orquesta es de 2.300 dólares… a la semana (sin contar pluses por antigüedad o contribuciones a los seguros médicos -y hablamos de 2014-); entre aquéllas, Elias cuenta que, durante un concierto en el Carnegie Hall, un viejo compañero de fatigas -borrachín el hombre- se durmió mientras tocaba el adagio de una sinfonía de Bruckner, y se puso a roncar; a lo que Elias apostilla: “A veces Bruckner puede provocarte esa situación, incluso sin la ayuda de Johnny Walker”.

El caso es que Elias solicitó de la orquesta participar en la gira de 2014, y le ficharon. Le apetecía volver a China después de tantos años –él también estuvo en el tour de 1979-, y cualquier excusa era buena para regresar al Japón, donde ha tocado y dado clase en muchas ocasiones, y conserva buenos amigos. En 2014 la orquesta se encontraba en un interregno artístico: Levine había dejado el puesto, y Andris Nelsons aún no había tomado posesión; la dirección había contratado a Lorin Maazel para la gira, pero el maestro franco-americano cayó enfermo pocos días antes de comenzar los ensayos; terremoto de llamadas telefónicas y correos electrónicos por medio mundo (también con Maazel, quien se empeñaba en seguir adelante a pesar de que sus médicos se lo habían prohibido; Stanislaw Skrowaczewski se ofreció voluntariamente para hacerse cargo –con 91 años y casi ciego-), hasta que dieron con Charles Dutoit, un director bien conocido de la orquesta –y del Japón, por su asociación con la NHK-, que casualmente se estaba tomando unas vacaciones esa temporada, y sobre el que aún no pesaban acusaciones delicadas.

Lo anterior, dice Elias, se lo contó Mark Volpe –presidente de la orquesta durante las dos últimas décadas y quien, por cierto, este mes de enero ha anunciado que se retira-. A partir de ahí Elias comienza a describir los ensayos con Dutoit (tres platos fuertes: Quinta de Chaicovsqui, Sinfonía Fantástica de Berlioz, y Quinta de Mahler; para siete conciertos en diez días: dos en Pekín, uno en Shanghai y en Ghuanzhou, y tres en Tokio), de quien alaba su eficacia, aunque no se priva de citar las palabras de un colega: “Dutoit pretende unir la precisión suiza con el encanto francés, fracasando en ambas cosas”. Artísticamente la gira fue un éxito en auditorios invariablemente abarrotados (y con las localidades a precios de hasta 350 dólares): en Ghuanzhou, por ejemplo, al finalizar el concierto Dutoit azuzó al público de platea y anfiteatros a competir en aplausos (“me pregunto si se atrevería a hacer lo mismo en Viena”, se malicia Elias).    

Elias narra minuto a minuto esos diez días. Las compañías aéreas y los horarios de los vuelos (en 2014 eran vuelos regulares, mientras que en 1979 habían fletado en charter un Boeing 747 –a la sazón, lo mejor de lo mejor-, con obligación de dejar un asiento vacío a ambos lados de cada músico para mayor comodidad); el super-lujo de los hoteles en los que se alojaron, la mayoría de los músicos en habitaciones individuales (algo que no siempre concurrió en 1979); los numerosos participantes extramusicales en la gira (no menos de una docena de miembros del Consejo de Administración de la orquesta –amén del personal tramoyista-, y no menos de dos docenas de donantes adinerados, con sus respectivas parejas (Elias recuerda que casi dos tercios de los puestos de la Boston Symphony corren a cargo de donantes privados, algunos a perpetuidad); o las horas de angustia que se vivieron cuando los funcionarios de la aduana japonesa descubrieron en los contenedores de los instrumentos que las puntas de los arcos estaban protegidas con una pequeña pieza de marfil, y confiscaron la carga: nuevo terremoto de llamadas telefónicas y correos electrónicos (de nada valieron los buenos oficios de la embajadora Caroline Kennedy –sí, de los Kennedy de Massachusetts de toda la vida-, porque había hecho un feo al Gobierno nipón denostando públicamene la caza de delfines), hasta que Jasper Parrott –manager de Dutoit- dio con la tecla de un conocido en la Secretaría de Estado.

En la parte menos anecdótica, Elias se detiene a reflexionar sobre la evolución de China entre aquella primera gira y ésta. En 1979 China empezaba a renacer de las cenizas provocadas por la devastadora “revolución cultural” de Mao (una de sus compañeras de atril había estudiado con un profesor que fue obligado a dejar sus clases en el conservatorio para ir a laborar el campo, arruinando su carrera); en 2014 barrios enteros de casitas unifamiliares en Pekin habían desaparecido y en su lugar se levantaban rascacielos construídos con motivo de los Juegos Olímpicos de 2008 (su guía le explicó –charlando en un lugar discreto- el expeditivo proceso de expropiación llevado al efecto). Del mismo modo que se deshace en elogios para la buena educación del pueblo japonés: saliendo de casa de unos amigos que les habían invitado a comer, el acompañante de Elias le dice: “Vuélvete y saluda con la mano; de otro modo, nuestros amigos se tendrán que quedar en la puerta de su casa hasta que nos hayan perdido de vista, por muchas y muy urgentes obligaciones que les esperen”. Y también para su actual Emperador, Naruhito (“resulta alentador que sea un violista consumado”), que asistió –siendo aún heredero- al último concierto de la gira.

Se preguntarán ustedes por los escorpiones del título del libro. Elias es un gourmand y cuenta de modo minucioso las comidas de las que disfrutó en la gira. Aunque no se atrevió a probar los escorpiones que lucían, ensartados al modo de un pincho moruno, en un puesto callejero de Pekín. Lo cual le lleva a su conclusión antimilitarista, a propósito de la presencia de tropas norteamericanas en Afganistán en pro de una eventual democratización del país: “Si uno, a pesar de todos sus esfuerzos, no es capaz de echarse al coleto un pequeño kebab de escorpión, ¿cómo puede nuestra nación -a quien no se le conoce el menor esfuerzo por comprender las costumbres profundamente enraizadas de otra- albergar ninguna expectativa razonable de ser capaz de transformarla?”

Notas

Gerald Elias: Symphonies & Scorpions. An international concert tour as an instrument of citizen diplomacy (segunda edición, revisada). 285 páginas. Little Red House Publishers, 2019. ISBN 9781077632608

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