España - Madrid

A Farinelli le gusta la ópera española

Germán García Tomás

viernes, 28 de febrero de 2020
Madrid, lunes, 17 de febrero de 2020. Teatro de la Zarzuela. Farinelli. Ópera en un prólogo y tres actos. Estrenada en el Teatro Cómico de Madrid el 14 de mayo de 1902. Música: Tomás Bretón. Libreto: Juan Antonio Cavestany, en una adaptación de María Velasco. Edición de Xavier de Paz. Dirección musical: Guillermo García Calvo. Reparto: Maite Beaumont (Carlos Broschi, Farinelli), Rodrigo Esteves (Jorge), Nancy Fabiola Herrera (Beatriz), Leonardo Sánchez (Alberto), David Menéndez (Doctor), Manuel Fuentes (Director de orquesta), Houari López Aldana (Oficial de Marina). Emilio Gutiérrez Caba (Narrador). Coro del Teatro de la Zarzuela. Director: Antonio Fauró. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Versión en concierto. Ocupación: 95%.
Farinelli © 2020 by Teatro de la Zarzuela

Nueva exhumación en versión de concierto por parte del Teatro de la Zarzuela de un título de la lírica española que vivía en un completo ostracismo desde su estreno. En esta ocasión le ha tocado el turno a Farinelli, una ópera del salmantino Tomás Bretón que vino a engrosar en 1902 la programación del recién inaugurado Teatro Lírico de Madrid, un proyecto ambicioso de consolidación de la maltratada ópera española auspiciado por el empresario vasco Luciano Berriatúa.

En efecto, ese coliseo obra de José Grases Riera, que unos años más tarde, en 1920, sería pasto de las llamas, y que en la actualidad es el Consejo General del Poder Judicial, venía a ser la gran esperanza blanca que salvara a la ópera patria, que no terminaba de cuajar por la omnipresente influencia italiana del Teatro Real, del cual fue durante muy escaso tiempo decidido dique de contención. Como es sabido, Ruperto Chapí, el otro gran baluarte de la ópera española, tuvo mucho que ver en la materialización del proyecto, al que Tomás Bretón contribuyó con su talento y esfuerzo a lo que, según manifestaban en encendidos debates de la época, era una apremiante y pertinente necesidad nacional.

Tras su más inmediato éxito con La Dolores, donde sentó las bases de la ópera rural de corte verista, parece que a Bretón le bastó un libreto de pocas pretensiones literarias como el que le ofrecía Juan Antonio Cavestany, que venía a recoger el guante de la iniciativa ideada años atrás por el fallecido escritor Siguert. La vida del castrato Carlo Broschi, alias Farinelli, que gozó de los laureles del éxito en la corte española de Felipe V, estaba muy lejos de las aspiraciones que habían regido hasta ahora el talento creador del compositor salmantino, enfrascado en dramas históricos de mayor enjundia. Pese a la poca consistencia del libreto, Bretón sabe sacar el jugo al relato irreal que le plantea –la renuncia del afamado castrato al cariño de su amada Beatriz, en realidad su hermana, en favor de su amigo Alberto- para desarrollar nuevamente una ópera con una marcada personalidad y un sello propios.

Farinelli tiene de lo mejor y lo peor de su autor, y las ambiciones musicales de su autor están meridianamente claras. Ese gusto por el eclecticismo, donde se aúnan el melodrama francés, un grandilocuente tratamiento orquestal heredado del wagnerismo que evita el leitmotiv –pero que no renuncia al continuum musical-, una expresión vocal enfática propia del verismo italiano y un leve carácter bufo que se amolda a la época histórica en que se desarrolla la trama. De ahí sale un producto que se parece a poco de lo anterior, en absoluto historicista, que conserva ecos de sus creaciones precedentes, como es inevitable, pero que no llega a cuajar como obra redonda y equilibrada, como sí lo consigue el aludido drama aragonés, con el que comparte algunos reconocibles rasgos estilísticos. Momentos brillantes se suceden para las voces solistas, como el aria del protagonista en el prólogo o la de Alberto en el segundo acto, con un tratamiento eficaz y muy lucido del coro, frente a instantes dudosos que parecen prometer bastante pero que no llegan a mucho, como el concertante final del acto primero.

A esta empresa se han sumado con decidido empeño los actores implicados en su recuperación, que nos han presentado un ejemplo más de todo lo que aún duerme el sueño de los justos. En el caso de Bretón todavía esperan representarse otras óperas suyas como Guzmán el Bueno, Garín, Circe, Tabaré... Como con Chapí, es un largo recorrido, todo se andará.

El madrileño Guillermo García Calvo se estrena como flamante director musical del Teatro de la Zarzuela imprimiendo autoridad a una Orquesta de la Comunidad de Madrid que consigue traslucir toda la densidad de la partitura, en una labor de conjunto convincente y de gran entidad. En el apartado de voces, la mezzosoprano Maite Beaumont en el papel titular del castrato –y debutante en el Teatro- consigue las mejores bazas en una obra que la erige en verdadera protagonista, llegando a oscurecer al resto del reparto. Por medio de sobresalientes medios vocales, un timbre grato y gran claridad en la dicción, reviste de absoluta entrega y expresión dramática cada exigente momento, brillando en el aria del primer acto “Dejo esta estancia lúgubre y sombría” y la exquisita barcarola final del segundo, “Soñolientos murmullos del bosque umbrío”, siempre demostrando un perfecto control del vibrato, musicalidad y unas dotes de gran artista que se comprobaron al instante pese a hallarnos ante una versión de concierto.

La también mezzo Nancy Fabiola Herrera le da la réplica como su amor incestuoso Beatriz (la cantante Elena Pieri que realmente existió) con su color más oscuro en los incombustibles dúos que mantienen ambas, dotando al personaje de gran exaltación expresiva. Nos ha parecido muy interesante el descubrimiento del joven tenor Leonardo Sánchez como Alberto, cuya hermosa voz y cuidada línea de canto defendió con exquisito embeleso su momento en solitario, el inspirado aria “Salud, maestro querido”.

Completan el reparto el esforzado y sólido Jorge del barítono Rodrigo Esteves y el Doctor del barítono David Menéndez, el perfecto complemento cómico de la obra con una voz de gran caudal y volumen, como también lo es el ameno carácter del director de orquesta al que da vida el bajo Manuel Fuentes. La destacada participación del Coro Titular del Teatro sabe aprovechar cada uno de sus momentos, hasta la Salve final que lleva a la obra a una conclusión brillante y espectacular, de gran efectismo.

Antes de cada acto, el veterano actor Emilio Gutiérrez Caba sirve con su elocuente narración al texto preparado para la ocasión por María Velasco, donde a la sinopsis argumental de cada acto se une la contextualización del fenómeno de los castrati para dar a conocer la realidad en la que surgieron estos “fenómenos de masas”.

Al operista Bretón le sedujo la ficción del más famoso de todos que sirve ahora para conocer un poco más en detalle la producción escénica del salmantino, algo que el público del Teatro de la Zarzuela ha sabido agradecer de forma entusiasta.

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