Francia

Lo divino es lo humano

Jorge Binaghi

viernes, 28 de febrero de 2020
París, lunes, 17 de febrero de 2020. Théâtre des Champs-Elysées. Die Frau ohne Schatten (Viena, 10 de octubre de 1919). Libreto de H. von Hofmannsthal y música de R. Strauss. Versión de concierto. Intérpretes: Michael Volle (Barak), Lise Lindstrom (La tintorera), Elza van den Heever (La emperatriz), Michaela Schuster (La nodriza), Stephen Gould (El emperador), Thomas Oliemans (El mensajero de Keikobald), Katrien Baerts (Voz del halcón y guardiana del templo), Bror Magnus Todenes (voz de un joven) y otros. Orquesta Filarmónica, Coro Sinfónico de Rotterdam (director, Wiecher Mandemaker), y Maîtrise de Radio France (directora, Sofi Jeannin). Director: Yannick Nézet-Séguin
Richard Strauss © 1918 by Max Liebermann

Para suerte de todos parece que esta gran ópera de Strauss vuelve a cobrar nuevos bríos tras aquel espectacular ‘revival’ del pasado siglo que acabó rápido gracias a la escasez de cantantes para afrontar las arduas exigencias de la partitura. No es que ahora haya muchos (ni siempre que quienes pueden quieran), pero al parecer vamos a un nuevo momento en que dejará de ser patrimonio -tampoco demasiado frecuentado- de algunas casas del mundo lírico germanófono.

El Met anuncia una reposición casi tan espectacular como la de Viena el año pasado, y tenemos en Europa (París y Rotterdam) una ‘previa’ en versión de concierto ya que el director (hasta hace poco titular del conjunto sinfónico de Rotterdam) será el mismo: el ahora director musical del Met, el talentoso Nézet-Séguin. Aplaudido con delirio, mereció esas ovaciones. Creo que, como es lógico, no ha conseguido aún el equilibrio y la madurez de un Thielemann al abordar obra tan compleja y que puede tentar con esa compleja estructura sinfónica a un director que hasta ahora ha destacado sobre todo en ese aspecto. Y es cierto que cuando le escuché en el Met Rusalka, justo tras un concierto en el Carnegie con música eslava, la concertación era buena, pero no extraordinaria porque desbordaba al escenario. Pero ahora, con todas sus huestes en el mismo plano que los cantantes prácticamente no cubrió a nadie, y si a veces rozó la opulencia ‘impersonal’ en los momentos en que la acción transcurre en el ámbito de los dioses o espíritus o lo que sean estas divinidades exóticas, su manejo de las miserias y virtudes de los seres humanos (humildes, hay que destacar: un tintorero y su mujer y tres hermanos minusválidos que cubren sus necesidades y poco más) fue excelso.

El final del primer acto resultó simplemente mágico y el energúmeno que no pudo reprimir un estruendoso ‘bravo’ fuera de lugar (y que fue reprendido en voz alta al comenzar la segunda parte por otro miembro del público que colmaba las instalaciones) no logró arruinar el efecto de esas notas últimas tan delicadas después de la última, corta y maravillosa frase de Barak. Tal vez ese pequeño desequilibrio no lo sea tanto porque finalmente lo que interesa a los autores (de texto y música) es dejar sentado que el ‘bien’ (o como se prefiera llamarlo) se encuentra en medio de desastres y tentaciones sin cuento y nunca está en esos lejanos, vengativos y maquinadores dioses o su mundo ‘de cosas terribles’. Y antes de empezar a tomarlas con ambos por su machismo y glorificación de la familia y los hijos (me sorprende que no la hayan usado más los antiabortistas, pero tendrían que conocerla primero, y entenderla después) me parece que hay que dejar claro que la sombra que finalmente la humana no vende y la divina adquiere (la posibilidad de concebir) viene dada por la negativa de una mujer divina que se rebela contra su padre -más incluso que la valquiria que al menos tiene un padre-dios que se equivoca y lo sabe- a aprovecharse de la debilidad pasajera de su equivalente humana y condenarla a su muerte, así como su capacidad de comprender y admirar al único humano noble, pero más noble que todos juntos, el tintorero Barak.

Así que soltemos la palabreja que hoy está poco de moda, solidaridad. Y ese ‘no quiero’ que dice la emperatriz ante las presiones para que haga lo que le conviene, y que le aseguran que salvará a su marido petrificado, es lo que hace revivir, como humano, a éste y hace del cuarteto final (que comienza justamente Barak) un canto de alegría y optimismo que en 1919 y hoy resulta tal vez raro, pero por eso mismo necesario.

Que la orquesta y el coro de Rotterdam estuvieron espléndidos en su conjunto (y qué solistas en los primero atriles) y que el coro infantil de Radio France supo estar a su altura era bastante obvio, pero el resultado fue todavía superior a lo previsible.

Que esta vez el mejor de una serie de notables fuera el Barak de Volle no fue una sorpresa porque el cantante en estos últimos años se ha convertido en un referente para varios papeles de su cuerda en alemán (sus esporádicas presentaciones en roles italianos y franceses me parecen más discutibles) y domina el rol además de darle un sesgo claramente simpático y empático (qué necesidad de puesta en escena, qué descanso no tener ‘sino’ cantantes que actuaban con su voz y su cuerpo). Si al final algunas de sus medias voces revelaron algún cansancio, eso terminó por hacerlo más humano aún.

Es difícil decidir por quién seguir. Van den Heever estaba, me parece, ante su primera Emperatriz, cuya entrada es endiablada, y luego sigue igual aunque descansa en el segundo acto aparte de su gran escena del sueño, pero en el tercero se desquita. Salió airosa del recuerdo de otras pasadas y alguna presente aunque al principio sobre todo algunos agudos eran metálicos (más que comprensible) y en la escena del juicio salió indemne aunque en la tremenda frase de desafío al padre ‘Zeige dich, Vater!
Mein Richter, hervor!’ (¡Muéstrate, padre: mi juez, ven aquí!’) el salto de agudo a grave no fue del todo limpio.

Lindstrom es una soprano que hasta ahora no me había convencido demasiado salvo como Elektra. Aquí es cuando más cerca ha estado, para mí, de justificar su renombre. La actriz es estupenda, su alemán fantástico, y si algún grave es escaso y el extremo agudo áspero en más de un momento, la dificultad del papel lo justifica doblemente.

Esto ocurre en mucha mayor medida con la Nodriza de Schuster, que ha interpretado mucho el papel. Nunca me ha parecido una cantante ‘perfecta’ y ciertamente, en un personaje tan cruel desde cualquier punto de vista, no será ahora cuando sus agudos abiertos y a veces gritados vayan a resolverse. Pero la concepción tradicional de esta figura como bruja malvada fue dada a satisfacción e incluso con delectación y el efecto fue indudable.

Claro que las tres señoras han hecho que dejara para luego al Emperador, el rol más ingrato (aunque más breve) de los cinco principales, y Gould seguramente desesperaría a Strauss porque canta el papel como si fuera un juego de niños (sólo algún ataque algo brusco es lo que se podría señalar, si no fuera que el tenor -ya he dicho la mala palabra para Strauss- salta de este rol a los wagnerianos más pesados y a otros por el estilo sin prisa y sin pausa). De tenores hablando, el tremendo Richard, no satisfecho con un ataque masivo a las cuerdas vocales del protagonista, también la emprende con uno de los tres hermanos, el jorobado, que encima es tenor, pero Andreas Conrad también recoge el guante y se sale con la suya. Y qué decir del joven Todenes que en sus cuatro frases (si llega) se hace notar, y eso que también es tenor. Los otros dos hermanos (Nathan Berg y Michael Wilmering) lo hicieron bien. La voz del halcón y de guardiana del templo de Baerts resultó mejor como la segunda que como la primera (demasiado oscura y con ostensible vibrato. Oliemans me sorprendió porque lo recordaba de sus primeros pasos en Bélgica con una voz muy oscura, que aquí, para las dos escenas breves pero importantes del mensajero, me resultó casi clara aunque cantó muy bien.

Del entusiasmo merecido y de la asistencia masiva ya he hablado. Ya estoy esperando la próxima aunque probablemente como la de Viena en 2019 no veré ya en lo que me quede de vida.

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