España - Cataluña

‘Quanti affanni soffre un cuore’

Jorge Binaghi
miércoles, 4 de marzo de 2020
McVicar: La clemenza di Tito © 2020 by A. Bofill McVicar: La clemenza di Tito © 2020 by A. Bofill
Barcelona, miércoles, 19 de febrero de 2020. Gran Teatre del Liceu. La Clemenza di Tito. Libreto de Metastasio reelaborado por Caterino Mazzolà, música de W. A. Mozart. Puesta en escena: David McVicar (Repositora: Marie Lambert-LeBihan). Escenografía: David McVicar/Bettina Neuhaus. Vestuario: Jenny Tiramani. Luces: Jennifer Titpon. Maestro de armas: David Greeves Intérpretes: Paolo Fanale/Dovlet Nurgeldiyev (Tito), Stéphanie D’Oustrac (Sesto), Myrtò Papatanasiu/Vanessa Goikoetxea (Vitellia), Lidia Vinyes-Curtis (Annio), Anne-Catherine Gillet (Servilia) y Matthieu Lécroart (Publio). Orquesta y coro (preparado por Conxita García) del Teatro. Dirección: Philippe Auguin
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A la última obra de Mozart le cuesta imponerse en el repertorio aunque vaya haciendo lentos progresos. La acusan de retrógrada por el libreto (un Metastasio ‘bastardeado’), por los recitativos que en buena parte serían de su discípulo Süsskind ya que el plazo y las condiciones económicas de Wolfgang no eran ideales (alguno arriesga que incluso alguna de las arias menos comprometidas), de haber retrocedido a momentos previos a la reforma de Gluck, etc. Es cierto que no tiene la presa directa sobre el público que sus hermanas dapontianas o incluso los dos ‘singspiel’ en alemán; es verdad que se le prefiere Idomeneo y a veces incluso obras de extrema juventud como Mitridate y Lucio Silla (aunque las dos últimas penan más para entrar en el repertorio). 

En 1969, cuando aún no había aparecido en Buenos Aires (o sea, cuando había discos de edición nacional) la primera grabación completa (lo hizo a raíz del éxito de la exhumación), nos parecía una rareza total. Muchos iban/íbamos por la Berganza o Maag. Cuando terminó el primer acto, en ese final excelso que termina ‘morendo’ e impresiona por su modernidad de gusto casi romántico, la ovación fue ensordecedora. ‘O giorno di dolor’ es una de esas frases antológicas. ¿Pero qué decir de ese segundo acto más largo que el primero y donde las arias se suceden una tras otra? La forma es vieja, pero el vino con que se la llena lleva el sello inconfundible de la casa. ¿Qué hay de viejo en la segunda aria de Sesto (excluyo ‘Parto, parto’ porque es la única que ha alcanzado gran fama y está en el primero), la siguiente gran aria de Tito, el rondó final de Vitellia? Son catedrales del dolor, del remordimiento, de la duda, de la afirmación de la voluntad de ir contra lo esperado y contra los mismos hechos. Masónico, iluminista, y podemos seguir, pero en el fondo profundamente humano (en el sentido positivo del término, más vale aclararlo hoy en día). He vacilado entre elegir la frase de Sesto en la sección rápida o la de Vitellia en la suya ... La primera dice ‘un corazón sufre tanto daño … pero no muere de dolor. La segunda (‘chi vedesse il mio dolore …’)’quien viera mi dolor sentiría piedad de mí’. Mozart nos hace su reverencia lírica con la piedad por el dolor, con la capacidad de resistencia ante lo peor, y con la injusticia redentora antes que las leyes ciegas y condenatorias. No me parece tan viejo … 

En el Liceu la obra ha tenido poca trayectoria y no de las más afortunadas. Como pasa casi siempre con título tan complejo es difícil conseguir una versión equilibrada entre todos sus elementos y que sean todos de primer orden. En este caso -el doble reparto del 19 y 20 de febrero- estuvo por debajo de alguna versión anterior, y aunque no estuvo mal, no pasó de correcta.

No se entiende por qué había que adquirir el espectáculo visto por primera vez en Aix-en-Provence en 2011. Menos que su director no haya considerado oportuno supervisar personalmente la producción. Es un espectáculo bonito y con algunos momentos conseguidos, pero no de los mejores de McVicar. Parecería, pese a algunas buenas indicaciones en los personajes, que no se cree mucho en la obra, y de lo que se trata es de ‘re-animarla’ (esto coincidiría con la visión de una abonada de toda la vida que salió dictando cátedra: ‘con una obra tan floja, ¿qué más se puede hacer? Ha estado bien’). Si se hubiera visto la más antigua de Willy Decker la obra se habría comprendido mucho mejor y tal vez la conclusión de la respetable habría sido otra. Aquí hay una escena clásica, persistentemente en tonos grises y oscuros, acentuados por la iluminación, con bonitos trajes estilo Imperio y un manto tan rojo como el de Napoleón en los cuadros para Tito, junto con su estatua -a McVicar le gustan- siempre cubierta de un velo negro hasta que cuando se la descubre en el segundo acto está totalmente roja de sangre (supongo que por el atentado del primero), mientras la del antecesor (aquí la historia contradiría al texto porque el Tito histórico sucedió a su padre Vespasiano y no a Vitelio) está siempre en el suelo. La ‘novedad’ consiste en incorporar al personaje mudo de Léntulo el conspirador en la figura -esbeltísima- del maestro de armas que coordina a la también añadida guardia pretoriana (nueve bailarines excelentes -¿uno por cada grupo de la guardia reformada por Augusto?) que fastidia lo suyo desde la obertura, sobre todo cuando en un par de momentos -la entrada de Tito y la escena de éste con Sesto en el segundo- van contra texto, idea … y música. Pero es vistosa. Uno se pregunta si la grandeza de Mozart se mide por su ‘grandiosidad’ o por los efectos escénicos que la ‘reaniman’. 

Auguin es un director experimentado y ‘todo terreno’. Nunca ha sido muy personal, pero la aparente facilidad de Mozart se tradujo en unos ataques brutales, y unos tiempos lentos cuando se estaba pidiendo claramente otra cosa. La orquesta sonó bien aunque poco teatral, y si algunos atriles se lucieron, hubo algún viento con sonido afiladísimo que no es compatible con Mozart y de nuevo las cuerdas estuvieron lejos de la levedad, la brillantez -que no están reñidas con la consistencia dramática- por ejemplo en la introducción del aria de Tito del primer acto ‘Ah! Se fosse intorno al trono’.

El coro hizo muy bien su nada fácil parte y actuó como se le pedía.

El doble reparto de rigor (sé que es predicar en el desierto, pero sería mejor reducir el número de funciones -no es que estuviera precisamente lleno el Liceu- y contar con un reparto solo, lo más parejo posible) aquí es imposible de escuchar a menos que fuera una tercera vez en las funciones de abril (cosa que no haré). De cualquier modo, si es cierto que Servilia y Publio pueden confiarse siempre al mismo cantante, no diría lo mismo para Annio, y mucho menos tendría Sesto que cantar funciones días seguidos. Fue sin embargo lo que ocurrió con D’Oustrac, una cantante musical y muy adecuada para el barroco (sobre todo el francés) u obras como L’heure espagnole o Béatrice et Bénédict, pero como se vio ya en Les Troyens en París tiene limitaciones para algunos papeles de su cuerda. Es verdad que su centro se ha ampliado y es bueno, pero la extensión no tanto: en agudo se tensa en el extremo y en el grave por más pecho que ponga y por más que abra el sonido es resultado puede ser eficaz pero para nada bonito. Fue la más aplaudida. 

Vitelia es poco menos que imposible. Yo había quedado siempre muy satisfecho con las prestaciones de Papatanasiu mientras hizo papeles de soprano lírica. Aquí conserva su buena figura, su buena actuación, y en los agudos (sobre todo cuando debe ‘filar’) conserva intacta su calidad, trino incluido, pero en los plenos -que rehúye cuanto puede- el sonido se hace metálico. El grave se lo ha inventado y también a veces funciona y se oye, pero lo que se oye no sé si es para el paladar de muchos. La voz de Goikoetxea, también buena figura y buena actriz, es en principio más adecuada, estable y casi diría homogénea, pero el agudo es muchas veces gritado y el grave es, sí, natural, pero bastante endeble y hay momentos en que casi no se oye (su trino estoy esperando escucharlo todavía ahora). Dio lo mejor en el rondó, mientras su colega hizo muy bien el peligroso trío del primer acto.

Tito debería ser siempre un tenor tipo Idomeneo. La insistencia en confiarlo a líricoligeros ‘di grazia’ le retira mucho carácter. En el caso de Fanale gana en belleza de sonido (cuando no tiene que ir al agudo, donde cambia claramente de color) y su articulación del italiano es ejemplar (los recitativos de los otros muchas veces, y en particular en la Vitellia de Papatanasiu, van a la velocidad de la luz y resultan escasamente comprensibles), y asimismo son buenas las agilidades, pero aunque también ha ensanchado su centro parece que estamos siempre ante un Don Octavio algo crecido (y en el final ‘Troncate, eterni Dei’ no estuvo cómodo). Su ‘alter ego’, Nurgeldiyev, tiene una voz más pareja y un buen italiano, pero con un tinte nasal y algo monocorde e impersonal.

Servilia fue la mejor servida, pero también, excepto Publio, la más fácil de los personajes, y Gillet aprovechó su debut para no pasar desapercibida y recibir su ración de aplausos.

Si en temporadas anteriores Publio era también un cantante de otras tierras, por lo menos lo mismo ocurría con Annio (una vez incluso lo cantó en sustitución Garança antes de llegar al estrellato). Lécroart fue un buen Publio, pero puedo pensar en varios nombres locales que lo habrían hecho al menos igual. Hacer que Annio lo cante en las diez funciones siempre la misma artista, muchas veces en días seguidos, no parece muy razonable. Vinyes-Curtis es cantante musical y correcta actriz y lo que hizo fue siempre digno, pero su segunda y gran aria (‘Tu fosti tradito’) simplemente la supera y pone de relieve sus limitaciones de color y extensión en el agudo.

El público, como he señalado, no brilló por su abundancia pero sí por su respeto (en el segundo día había mucho joven y salvo algún selfie y un par de móviles lo que realmente molestó, en ambos días, fueron los cotilleos, toses y correspondientes envoltorios de caramelos que llegaron, puntualmente, en los momentos en que menos hacían falta). Los aplausos al final fueron bastante intensos, pero distaban del entusiasmo que suele mostrar a veces el público de este Teatro con más o menos razón.

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