Alemania

Virtuosismo e insondable hondura expresiva

Juan Carlos Tellechea
martes, 3 de marzo de 2020
Nemanja Radulović © by Deutsche Grammophon Nemanja Radulović © by Deutsche Grammophon
Düsseldorf, miércoles, 19 de febrero de 2020. Gran sala auditorio de la Tonhalle de Düsseldorf. Nemanja Radulović, violín. Orquesta Sinfónica Estatal de Rusia Evgeny Svetlanov. Andrey Boreyko, director. Anatoli Liádov, El lago encantado (Volshebnoye ozero) op. 62, Kikimora op. 63. Piotr Chaikovski, Concierto para violín en re mayor opus 35. Ígor Stravinsky, suite del ballet L'oiseau de feu, El pájaro de fuego. Organizador, Heinersdorff Konzerte - Klassik für Düsseldorf. 100% del aforo.
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Ni más ni menos que la música que adora Nemanja Radulović, el dificil y popular Concierto para violín opus 35 (1878) de Chaikovski, que ejecuta con gran pasion junto con la Orquesta Sinfónica Estatal de Rusia Evgeni Svetlanov, dirigida por Andrey Boreyko, ocupa el centro de la estupenda velada organizada por Heinersdorff Konzerte - Klassik für Deutschland en su ciclo Meisterkonzerte 2 – Konzert 4.

La energía y la entrega mostradas desde un comienzo por Radulović, un solista -digamos- poco convencional, de abundante cabellera, fueron tan impresionantes que ya al término del primer movimiento (Allegro moderato) el público no pudo aguardar más hasta el final de la pieza y prorrumpió en clamorosos aplausos por largos minutos antes de que el colectivo pudiera continuar.

El solista se divirtió mucho en esta sección que tiene algo de experimental, mucha volatilidad, bien texturada polifonía, voces soñadoras y dulzura variable. Su instrumento, un Jean-Baptiste Vuillaume (1843), es mágico, basta con acariciarlo para que emita los más románticos y maravillosos cánticos.

Los pianissimos, claros y cristalinos, así como las líneas melódicas, fluyen con gran naturalidad (Canzonetta. Andante), la poesía, la melancolía, son de una exquisitez sublime. Radulović consigue impecables sonidos y efectos con el arco. La simultaneidad con la digitación sobra las cuerdas es más que perfecta. Hay virtuosismo e insondable hondura excelsa en la expresión.

El maestro Andrey Boreyko dirige a la Orquesta Sinfónica Estatal de Rusia, fundada en 1936, con gran equilibrio y un control excepcional. Cuida muchísimo la estructura y el volumen de la impresionante orquesta para que el violinista se luzca en los delicados matices que extrae con sus estilizadas y apacibles, pero intensas exploraciones del instrumento.

El carácter rebelde e hirsuto de esta música es capturado con nitidez y sin aditivos artificiales, sin acentos exagerados ni aumentos de tempo cuestionables. Con Radulović la pieza suena con originalidad y tan enérgica como sea necesario, Las carreras de ritmo rápido, se realizan con gran agilidad y presteza; los pasajes más densos con mayor presión del arco.

El acompañamiento de la orquesta es extremadamente preciso. Así es como van creciendo ante la hechizada audiencia todos los detalles tonales y las sutilezas de la ejecución. Hay mucho nervio en las improvisaciones, Radulović nunca permanece quieto; se integra a la orquesta y la orquesta a él.

Tras el attaca subito del Finale. Allegro vivacissimo la consagración es total, un fuego abrasador alcanza a todos los músicos por igual en los dos temas principales. El solista no para ni un instante, todos entran en trance, y disfrutan con alegría de este éxtasis hasta la última nota. Si antes fueron clamorosos, ahora las ovaciones y los aplausos fueron atronadores y por más de 20 minutos.

En los bises Radulović agradeció este efusivo tributo con el segundo movimiento de la Partita en mi mayor de Johann Sebastian Bach, tocado con gran concentración, suavidad, exquisitez y ternura, al punto de que los espectadores parecían no respirar durante los trinos del violín.

El concierto había comenzado con El lago encantado (1909), opus 62, de Anatolí Liádov, una música etérea, un cuento de hadas, cuyas partes va modelando Boreyko con las manos, delicadamente, hasta que desaparece con el mismo sigilo del principio. Son apenas seis minutos en total de duración. ¡Pero que sueño inolvidable y de tan largo alcance!

Orquesta y director se habían puesto de acuerdo en que el inicio de cada una de las dos partes de este concierto tuviera esa tónica recoleta, sosegada, y entrañablemente imperturbable que tuvo. Kikimora (1909), el opus 63 de Liádov abrió, tras el intervalo, la segunda mitad del recital.

Que haya sido perezoso o no, como cuenta la historia de la música, es lo de menos. El maestro de los silencios que también incursionó en el dibujo y la pintura tiene una imaginación poética inagotable, un buen gusto infalible, un arte compositivo increíble y un humor peculiar que muestra aquí en apenas ocho minutos de lirismo maravillosos sobre Kikimora, el espiritu femenino del hogar en la mitología eslava.

Lo que son las cosas del destino. Esa holgazaneria e indisciplina legendarias de Liádov, alumno y amigo de Nikolái Rimski-Korsakov, seguidor de Mijail Glinka y de Mili Balákirev, y maestro de Serguéi Prokófiev y de Nikolái Miaskovski, entre otros, llevaría a que no fuera él, sino el entonces casi desconocido Ígor Stravinsky quien escribiera finalmente la música del ballet L'oiseau de feu (1910), tras haberle sido reclamada en vano por el empresario Serguéi Diaghilev, director de los Ballets Russes.

Así, de la noche a la mañana, Stravinsky cazó en París El pájaro de fuego, cuya suite sinfónica (1945) fue ejecutada en la Tonhalle de Düsseldorf por la Orquesta Sinfónica Estatal de Rusia Evgeny Svetlanov mostrando todo lo que puede dar y más aún.

Con una singularidad muy propia, la agrupación penetra en la partitura hasta en los más minimos detalles que hacen del resultado algo tan diferente a lo que oímos habitualmente. Los vientos, las maderas, la percusion y las cuerdas ofrecen una visión muy asertiva y por momentos muy robusta. Tanto que irrumpen ante nuestros ojos sucesivamente y como por arte de magia las imágenes de la ternura del joven zarévich Iván.

El heredero del trono le da la libertad al mítico pájaro de plumaje oro y fuego, Después se enamorará de una princesa y por último librará una lucha a muerte contra el brujo Kastchei que perecerá al perder para siempre su poder maléfico.

En la danza infernal de Kastchei, Boreyko, batuta en mano, y la orquesta vuelven a dar todo de sí con una fuerza incontenible en el clímax y puntualizando expresamente los pasajes finales hasta alcanzar el remanso en ese oasis musical con el que cierra la obra. El público se puso de pie para ovacionarlos por prolongados minutos y en los bises la preciosa velada fue concluida con un breve fragmento de la Obertura Solemne de Alexander Glazunov, último exponente de la escuela nacional rusa y otro de los amigos y admiradores de Liádov.

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