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Beethoven y el misterio de la Heroica

Juan Carlos Tellechea

miércoles, 4 de marzo de 2020
J. Caeyers: Beethoven © 2020 Verlag C.H.Beck oHG

No hace mucho escuchábamos el majestuoso homenaje que rendía en París la célebre Orquesta Filarmónica de Viena al Año de Beethoven. Con esa prodigiosa belleza plástica que la distingue, la Wiener Philharmoniker ejecutaba, por ese mismo orden, las tres primeras sinfonías del genio de Bonn bajo la batuta de Andris Nelsons.  Especialmente en la Tercera, con su fluidez torrencial de inspiración inagotable, los Filarmónicos de Viena ofrecían alegría pura y un acabado instrumental muy bien logrado, interpretando esos impulsos inextinguibles, pero también ese sentimiento trágico y ese sosiego épico inefable que reúne la obra.

El misterio de la Heroica merece un capítulo aparte especial en la nueva edición de la notable y exhaustiva biografía de Beethoven de Jan Caeyers (Beethoven. Der einsame Revolutionär), con prólogo del violinista Daniel Hope, nuevo presidente de la Casa natal de Beethoven, que acaba de publicar la editorial C. H. Beck de Múnich.  

El 6 de agosto de 1803, evoca Caeyers, Ferdinand Ries, alumno y una especie de secretario asistente de Beethoven en Viena, mencionaba en una carta al editor de música Simrock (de Bonn) que el compositor se proponía viajar a París en un año y medio; esto es, en el invierno de 1804/1805. Beethoven se preparaba con esmero para ello. Había enviado previamente al editor varias sonatas para piano y música de cámara para que las difundiera en el mercado francés a través de su nueva filial en esa capital. En marzo había pedido a Joseph Sonnleithner que se apurara con el libreto de Leonora. Deseaba llevar su nueva ópera, orientada hacia los modelos franceses, como tarjeta de visita en su equipaje.

La resolución de ir a París era en parte una decisión contra Viena, porque sus perspectivas allí eran más bien modestas, pese al éxito de la Akademie en el Theater an der Wien. Pero ante todo era una decisión en favor de la capital francesa, por el élan et éclat de la vida musical allí y sus grandiosas posibilidades. Beethoven gozaba de prestigio entre los músicos franceses. El fabricante de pianos Sébastien Erard le regaló un maravilloso ejemplar de su producción en agosto de 1803. Creía el compositor que el destacado violinista Rodolphe Kreutzer había influido en ello y le dedicó su nueva Sonata para violín en si mayor opus 47 que había estrenado unos meses antes George Bridgetower en Viena. 

Con esta jugada de ajedrez, Beethoven esperaba tener el apoyo de Kreutzer, profesor del Conservatorio, concertino de la Orquesta de la Ópera y uno de los creadores de opinión sobre temas musicales más influyentes de París en aquel entonces. No se sabe si lo consiguió. Lo cierto es que Kreutzer jamás tocó públicamente esa Sonata dedicada a él y conocida bajo su nombre. Sea porque lo superaba técnicamente, como creen algunos, con sus numerosos pasajes staccato y spiccato o porque simplemente no le gustaba. Kreutzer mismo la calificaba injuriosamente de ininteligible.

El público parisino conocía ya algunas de las composiciones de Beethoven. El 21 de noviembre de 1801 había sido ejecutada su Sinfonía número 1 en la Societé des Concerts français bajo el patrocinio de Madame Bonaparte. Algunas fuentes mencionan que también fue interpretada la Sinfonía número 2 en otro concierto. Las piezas tuvieron éxito, pero algún crítico comentaría poco después que los contrastes entre ambas composiciones eran tan fuertes que se oían "como si palomas y cocodrilos hubieran sido encerrados juntos". 

Sin embargo, Beethoven se proponía alcanzar el punto culminante con una ofensiva propagandística. Para ello pensaba servirse de una gran sinfonía que quería dedicar a Napoleón Bonaparte, una operación más motivada por el pragmatismo que por la ideología. Como ocurría con otros intelectuales de Bonn, los acontecimientos políticos en Francia eran seguidos primero con entusiasmo por Beethoven, después con creciente horror, y, tras el ascenso de Bonaparte, observados con sentimientos contradictorios. Por un lado, admiraba la astucia, la aguda inteligencia, la autodisciplina ejemplar y la voluntad de hierro que catapultaron al corso de humildes orígenes a la cabeza del Estado. Por otro, no se le pasaba por alto el oportunismo y la ciega avidez de poder de Napoleón. Cuando en noviembre de 1801 la condesa alemana von Kielmansegge le encargó una sonata, a través de la editorial Hoffmeister & Kühnel de Leipzig, que debiera contener una especie de programa poético sobre las ideas o los hechos de la Revolución Francesa, Beethoven reaccionaría con reservas al pedido.

En su respuesta crítica e irónica hasta el sarcasmo, se traslucía la decepción que le había causado el hecho de que meses antes, el 25 de septiembre de 1801, Bonaparte había firmado un concordato con El Vaticano.  

¿Qué diablos les pasa señores, están todos locos? proponerme a mí hacer esa Sonata; si hubiera sido en la época de la fiebre revolucionaria vaya y pase, pero ahora que todo vuelve a los viejos carriles, buonaparte (sic) firmando un concordato con el papa, ¿una sonata así ? como si fuera una missa pro sancta maria a tre vocis o una víspera etcétera – ya mismo tomo el pincel para escribir con grandes notas un Credo in unum – pero tú querido Dios, líbrame de una sonata de esas, para esos nuevos tiempos cristianos -jo jo- no resultará nada. [Traducción libre]

Cabe señalar que Beethoven no rechazó la propuesta, pero reclamaba unos honorarios tan elevados que la condesa prefirió desistir del encargo. Sin embargo la decepción sobre la política real del primer cónsul fue de corta vida. El 22 de octubre de 1803 comunicaba Ries al editor Simrock que Beethoven posiblemente dedicaría su nueva sinfonía a Bonaparte. Era un proyecto arriesgado, porque con ello ponía en juego la benevolencia de la aristocracia vienesa conseguida en largos años de labor.

Los aristócratas sentían una profunda aversión contra todo lo que tuviera que ver con la Francia de entonces. Primero, porque temían a las nuevas ideas que consideraban contranaturales; segundo, porque seguían teniendo presente la horrenda imagen decapitada de  María Antonieta, la hermana menor de José II y de Leopoldo II,  tía del actual emperador. Pero Beethoven percibía claramente el cambio de clima político que se había producido en los últimos tiempos y en consecuencia creía que era posible cabalgar sobre dos corceles, pese a la persistente atmósfera antifrancesa reinante entre la nobleza conservadora. 

Como consecuencia del Tratado de paz de Lunéville, firmado el 9 de febrero de 1801 que ponía fin a la segunda guerra de coalición, las cartas del juego geopolítico entre las potencias europeas habían sido barajadas de nuevo. Tras las catastróficas derrotas contra los ejércitos bonapartistas en Italia del norte, Austria y el Sacro Imperio Romano Germánico habían tenido que ceder una gran serie de territorios, entre ellos los de los Países Bajos Austríacos (hoy Bélgica y  Luxemburgo) que habían sido traspasados a Francia en 1797 por el Tratado de paz de Campo Formio, así como los de la margen izquierda del Rin y los de Lombardía. 

No obstante, en Viena se saludaba ese Tratado, porque un Bonaparte fuerte alejaba el espectro de una revolución y garantizaba la estabilidad de Francia que a su vez era una premisa fundamental para la paz en Europa. Por esa razón la política exterior austríaca estaba orientada ahora a mantener a toda costa una buena relación con París. Beethoven tenía entonces buenas razones para dedicar la Tercera Sinfonía a Napoleón Bonaparte... ¡un hombre importante! 

Sin embargo, otro hombre importante se interpondría en su fascinante plan, el príncipe Lobkowitz. Lobkowitz debía haberse enterado de que Beethoven trabajaba en una extraordinaria sinfonía. Como era de esperar, este mecenas que apoyaba sistemáticamente la música moderna y que estimaba mucho el Cuarteto de cuerda opus 18 dedicado a él, quería involucrarse en el nuevo proyecto sinfónico. El príncipe pondría a disposición sus dependencias para todos los ensayos necesarios y le prometería a Beethoven durante el primer concierto semipúblico, todo su apoyo, inclusive en la publicidad. Como contrapartida Lobkowitz quería la cesión por medio año de los derechos de interpretación. Para la dedicatoria le ofrecía 400 gulden, más tarde incluso 700 gulden, más otros 80 ducados de oro (500 gulden), para lo cual la cesión de los referidos derechos debería ser prolongada a un año. La oferta era muy tentadora, pero se entrecruzaba lamentablemente con el plan de dedicar la sinfonía a Bonaparte. 

A Beethoven se le ocurrió entonces una idea genial que hubiera puesto orgullosos a sus antepasados comerciantes; resolvería el problema bajo la forma de lo que hoy se denomina marketingmix. La sinfonía sería dedicada a Lobkowitz, pero se titularía 'Bonaparte'. Los primeros ensayos en el palacio de Lobkowitz tuvieron lugar a finales de mayo y comienzos de junio de 1804. Según consta en copias de las facturas emitidas en aquel entonces, y descubiertas recientemente, la orquesta estaba integrada por 27 músicos. Hay algunos detalles interesantes en esos documentos: a saber, los músicos en los ensayos recibían dos gulden por su servicio y no los tres gulden que recibían en los conciertos, pese a la presencia de oyentes en aquellos, y el contrabajista recibía un emolumento extra por cargar su propio instrumento.

Durante el primer ensayo del primer movimiento Ferdinand Ries creyó necesario hacer una observación sobre la anticipación del tema principal por el segundo trompa directamente antes de la reprise; para él sonaba como una intervención incorrecta, debido a la disonancia producida: "el maldito trompa, ¿no sabe contar? Suena infamemente mal", opinaba Ries. Faltaba poco para que su maestro le propinara un sopapo. Al parecer, Beethoven no le perdonó por largo tiempo su displicencia hacia el carácter de esta composición. 

A excepción de ese incidente, se trabajó de forma concentrada y relativamente distendida. El concertino, Anton Wranitzky, dirigía la orquesta desde el podio; Beethoven estaba sentado en primera fila en la sala e interrumpía el ensayo regularmente para introducir determinados cambios que Wranitzky anotaba escrupulosamente. Después Beethoven se llevaba a casa todas las particellas para introducir correcciones; al día siguiente escuchaba la versión corregida y eventualmente continuaba afinando la partitura. Esto era muy importante para él, porque a menudo fluctuaba entre diferentes posibilidades, sobre todo en lo referido a las proporciones totales de la obra o a los efectos inusuales que deseaba introducir. Se sabe por ejemplo de que durante largo tiempo no fue capaz de decidir si la exposición debiera ser repetida de acuerdo al modo tradicional o no, porque temía que la sinfonía fuera demasiado larga. Tras los ensayos en casa de Lobkowitz llegaría a la conclusión de que la obra perdería mucho si dejaba de lado las repeticiones.

El príncipe hizo abundante uso de sus derechos de ejecución. Pocas semanas después de los ensayos en Viena la Sinfonía nº 3 fue tocada en un concierto en la finca rural de Lobkowitz en Eisenberg (hoy Jezeří, Chequia). Beethoven no estuvo presente en esa oportunidad, de modo que tuvo que dirigir Wranitzky. Cuando el príncipe Louis Ferdinand de Prusia viajó en misión diplomática a Austria y Bohemia y pasaba los últimos días de septiembre en la propiedad de Lobkowitz, tuvo lugar otra ejecución privada de la obra, también sin la presencia de Beethoven. Louis Ferdinand se sentía encantado por ser uno de los primeros en escuchar la nueva creación de su ídolo Beethoven. Su entusiasmo con la obra era tan grande que la hizo interpretar tres veces seguidas. 

A comienzos de ese mismo mes el príncipe prusiano había visitado a Beethoven en Viena. Desde la estancia de Beethoven en Berlín en 1796 no se habían visto más. Louis Ferdinand trataba como a un igual al artista, al que consideraba un genio. Durante una cena oficial arregló el orden protocolario de la mesa de modo que Beethoven ocupara un sitio a su lado, mientras a una dama de la nobleza que un día antes había tratado de forma irrespetuosa al compositor la hizo ocupar un lugar al otro lado del tablero. 

Beethoven era siempre muy sensible a esas atenciones y así fue que dedicó a su noble amigo prusiano el Concierto para piano nº 3 poco antes de que la partitura fuera impresa. Con toda seguridad Beethoven y Louis Ferdinand no hablaron aquel septiembre de 1804 sólo de música, sino también sobre la inquietante evolución de los acontecimientos políticos en Europa, que no carecían de importancia para los planes de futuro del compositor. En los últimos meses se habían agudizado de nuevo las tensiones entre Viena y París.

El diplomático ruso conde Andréi Razumovski regresaría a Viena tras varios meses en San Petersburgo con la clara misión de urgir insistentemente al gobierno austriaco a adherirse a una tercera coalición antifrancesa. El emperador no tenía ninguna opinión al respecto y el conde Philipp von Cobenzl, vicecanciller y ministro del Exterior, vacilaba.

Solo el archiduque Carlos de Austria, ministro de Guerra, rechazaba decididamente una nueva confrontación con Francia. Pero sus argumentos pacifistas le eran siempre arrancados de sus manos por las acciones cada vez más osadas de Bonaparte. Causaría repulsa que en marzo de 1804, tras el descubrimiento de un complot de los monarquistas en su contra, secuestrara al duque de Enghien en Baden, lo llevara a Francia y lo fusilara como presunto cabecilla del grupo para dar un escarmiento a los Borbones. Principalmente su autoproclamación como emperador de los franceses el 18 de mayo de 1804 fue considerada por la mayoría de sus adversarios como una provocación y una amenaza. 

El emperador Francisco II de Austria reaccionaría en agosto de 1804 con la fundación del Imperio Austríaco, que para él significaba la elevación de archiduque a emperador de Austria. De esta forma fue durante dos años emperador por partida doble, como Francisco II emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y como Francisco I emperador de Austria. Tras la disolución del Sacro Imperio Romano y su abdicación como su emperador en 1806, el imperio que le restaba se correspondía mejor con su talento como estadista.

Ferdinand Ries informó también al editor Simrock que Beethoven estaba indignado por la autoproclamación de Bonaparte como emperador. Supuestamente habría gritado: "¡no es más que un hombre común y corriente! ¡Ahora pisoteará los derechos humanos, solo perseguirá sus propias ambiciones; se encaramará al poder como todos los demás, será un tirano!" Después se dirigiría a su mesa de trabajo, haría pedazos la tapa de su Sinfonía Bonaparte y arrojaría los trozos al suelo. 

Ese relato se convertiría con el tiempo en un mito y permanecería como ejemplo de la resistencia del artista contra la tiranía, así como del antagonismo del arte y la política. "Pero debemos relativizar su importancia ideológica", apunta Caeyers, "porque sabemos que Beethoven desde el Concordato con el papa no se hacía más ilusiones sobre la integridad de Bonaparte". Su decepción en mayo de 1804 se explica ante todo por la expectativa de que pronto terminaría la distensión en las relaciones austríaco-francesas, porque sin ella su doble estrategia de conquistar París sin perder a Viena estaría condenada al fracaso. 

Al final el proyecto de viajar a París se quedaría en nada y las manifestaciones de Beethoven y de otras personas sobre el título de la Tercera Sinfonía dan testimonio del obligado cambio de rumbo. En una carta a Simrock escribía Ferdinan Ries el 22 de octubre de 1803 que el compositor tenía muchas ganas de dedicarla a Bonaparte, si no fuera porque Lobkowitz quiere tenerla medio año más y pagar 400 gulden, se titularía 'Bonaparte'. El 26 de octubre de 1804 escribirá Beethoven a la editorial Breitkopf & Härtel: "la sinfonía se titula Ponaparte" (sic). Lo interesante del asunto es sobre todo que en la copia de la partitura que enviaría a Leipzig había raspado a tal grado el nombre de Bonaparte que el papel tiene un agujero en ese sitio. 

Los acontecimientos se sucederían muy pronto con gran intensidad. Después de Rusia, Prusia urgiría al gobierno austriaco a adherirse a la coalición antifrancesa a través del enviado especial príncipe Louis Ferdinand. Al final tomarían posición los halcones en la corte de Viena y firmarían el 6 de noviembre el Tratado correspondiente con Rusia, a espaldas del archiduque Carlos, que poco meses después tuvo que dimitir. El 9 de agosto de 1805 Austria se adheriría oficialmente al Tratado y comenzaría la guerra. 

El ejército francés avanzaría hacia Viena y tomaría la ciudad el 13 de noviembre sin que se registraran combates. Para completar la humillación, Bonaparte pernoctaría en Schönbrunn y dormiría en la cama de María Teresa I de Austria, madre de todos los austriacos. La Alianza intentaba pasar a otra página, pero sufrió el 2 de diciembre en la batalla de Austerlitz, a unos 100 kilómetros al norte de Viena, una derrota catastrófica y decisiva para la guerra. La Paz de Pressburg del 26 de diciembre pondría fin provisionalmente a los conflictos militares con Francia.

Como consecuencia de las informaciones privilegiadas que recibiera de Louis Ferdinand y de su amigo, el libretista y funcionario Stephan von Breuning, (originario también de Bonn), Beethoven decidiría en torno a Año Nuevo congelar sus planes para viajar a París y desistiría de ponerle como título "Bonaparte" a su Sinfonía nº 3. De lo que se trataba ahora era de despertar la curiosidad del público vienés con una ofensiva publicitaria. 

Primero fue tocada en dos conciertos semiprivados, ante un pequeño círculo de oyentes con alta motivación, espíritu abierto y educación musical (es decir, principalmente miembros de la nobleza). El primero tuvo lugar el 20 de enero de 1805 en la residencia del banquero Joseph Würth. Tres días más tarde el segundo en una sala de conciertos más pequeña de Lobkowitz. 

No se sabe exactamente por qué Lobkowitz renunció a su oneroso derecho de primera ejecución de la obra. Posiblemente se pudo deber a nuevas divergencias entre Beethoven y su mecenas. No es de excluir que el banquero Würth hubiera pagado más aún por ese privilegio. Würth era un arribista, había ascendido socialmente a través de una boda, había remozado la residencia de sus suegros convirtiéndola en un palacio y se empeñaba en dar cierto lustre intelectual y cultural a su ostentosa vida. Desde el invierno de 1805 celebraba conciertos dominicales matutinos que de vez en cuando aparecían reseñados en el Allgemeine musikalische Zeitung. La orquesta, formada por un grupo de músicos profesionales libres y algunos buenos diletantes, era dirigida por Franz Clement, concertino del Theater an der Wien, y conocedor de la obra de Beethoven. 

La estrategia del compositor era clara. Primero convencer a un grupo de selectos formadores de opinión, acostumbrarlos a la nueva música, y luego llegar a los no conocedores. El primer concierto público, a beneficio del violinista Franz Clement y dirigido por Beethoven, fue el 7 de abril de 1805 en el Theater an der Wien. Muchos espectadores lo presenciaron, pero las opiniones después fueron controvertidas. Para algunos fue una obra maestra; pero para la mayoría no tenía nada que ver con el arte. 

Sin embargo, la idea de Beethoven era volver a concentrarse en Viena y recomenzar las negociaciones con diversos editores para publicar la partitura. En octubre de 1806 fue impresa por la casa Kunst- und Industrie-Comptoir, de la capital austríaca, poniendo fin a tres años de guerra de nervios, paralela al drama de Bonaparte, que transcurría con las otras editoriales. 

Desde los conciertos en enero de 1805 y la desaparición del nombre de "Bonaparte" la partitura no tenía título. Pero entonces surgiría el epíteto de Heroica. Más o menos por aquel mismo momento Beethoven anotaría con lápiz en su propio ejemplar y a guisa de título del segundo movimiento: Marcia funebre sulla morte d'unEroe, que no expresa un sentimiento trágico, sino más bien uno épico.

Aquí se nota de nuevo la mano de Lobkowitz y otra vez una referencia a la situación política de entonces. Inmediatamente después de la paz con Francia en diciembre de 1805 Lobkowitz escribiría dos largas cartas a Louis Ferdinand de Prusia, alentándolo a ponerse al frente de las fuerzas prusianas para poner coto al monstruo de Napoleón. Louis Ferdinand aceptó el consejo de Lobkowitz y si bien se ganó algunos enemigos en su entorno, todos estuvieron de acuerdo en que Prusia debía asumir el liderazgo en una nueva coalición antifrancesa. Prusia presentó un ultimatum a Francia para que replegara sus tropas al oeste del Rin mientras se preparaba para la guerra. Tras una estancia en Dresde y un desvío por Bohemia para visitar la finca de Lobkowitz, el príncipe Louis Ferdinand pereceería el 10 de octubre de 1806 en la batalla de Saalfeld. 

Cuando la noticia se conoció en Viena se produciría allí una atmósfera de abatimiento total, pero de inmediato comenzaría la glorificación de su heroicidad. Johann Dussek, pianista de Louis Ferdinand desde hacía bastante tiempo, recibiría el encargo de Lobkowitz para componer una Elégie Harmonique sur la Mort de Son Altesse Royale, le Prince Louis Ferdinand de Prusse. En el último momento pudo conseguir Lobkowitz que "su" sinfonía de Beethoven fuera titulada Sinfonía Heroica.

El hecho de que Beethoven en otoño de 1804 ya no considerara oportuno titularla "Bonaparte" no significaba en absoluto un distanciamiento definitivo de Napoleón. Años más tarde el compositor formularía varias declaraciones al respecto, en parte contradictorias. Pero el verdadero secreto de la Heroica es más bien musical. En esta sinfonía hay una conexión incuestionable con Las criaturas de Prometeo y esa música de ballet sin lugar a dudas tiene en los primeros movimientos un programa metamusical. Tanto el famoso Basso-del-Tema-Einleitung como también el Kontretanz-Thema que constituye el material fundamental del movimiento final de la Tercera Sinfonía son originarios de la apoteósica escena final del ballet. 

En la versión de la Wiener Philharmoniker que mencionábamos brevemente al comienzo, se atenuará una vez más el heroísmo con una alegría exultante, con una victoria feliz. Es L'Éclat triomphal, que se repetirá muchas veces, y que concluirá en una ejecución incandescente.

Por las diversas circunstancias ligadas a su creación, la Heroica fue un acto de heroicidad compositiva sin precedentes para Beethoven; abrió una nueva época, porque la relación entre la intención y los medios era nueva, lo mismo que la experiencia del tiempo y el espacio. Beethoven también sabía que exigiría mucho a sus oyentes con esta sinfonía y por eso recomendaría tocarla en primer término en un concierto. Creía que debido a su inusual duración podría perder su efecto sobre el público. Quizás radique allí, en las nuevas exigencias a los espectadores, el verdadero misterio de la Heroica, concluye finalmente Caeyers.

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