Francia

‘Ce qui m’importe, c’est de revoir la dame blanche’

Jorge Binaghi

lunes, 9 de marzo de 2020
París, viernes, 28 de febrero de 2020. Opéra Comique. La dame blanche. Libreto de E. Scribe y música de F.-A. Boieldieu (Opéra Comique, París, 10 de diciembre de 1825). Puesta en escena: Pauline Bureau. Escenografía: Emmanuelle Roy. Vestuario: Alice Touvet. Luces: Jean-Luc Chanonat. Video: Nathalie Cabrol. Intérpretes: Philippe Talbot (Georges Brown), Elsa Benoit (Anna), Sophie Marin-Degor (Jenny), Jérôme Boutillier (Gaveston), Aude Extrémo (Marguerite), Yann Beuron (Dickson), Yoann Dubruque (Mac-Irton), y otros. Coro ‘Les Éléments’ (director: Joël Suhubiette) y Orquesta Nacional de Île-de-France. Dirección: Julien Leroy. Aforo completo
Bureau, La dame blanche © 2020 by Stefan Brion

‘Lo que me importa es volver a ver a la dama blanca’. Esto dice el protagonista, Georges Brown, en el tercer y último acto de la obra más famosa de Boieldieu, el compositor que da nombre a la plaza en la cual se eleva hoy el maravilloso edificio de la Opéra Comique. Creo que muchos, si no todos, en un principio hemos pensado como él. Título tan ilustre: el cuarto en representaciones en la casa, tras, nada menos, que Carmen, Manon, y Mignon. Esta reposición largamente demorada era algo debido. Otra cosa es lo que uno salga pensando.

La sala estaba repleta de un público que disfrutó del espectáculo (salvo cuando al principio un grupo de trabajadores salió a protestar por los cambios en los sistemas previsionales y ahí una mitad silbó y gritó con furor y otra aplaudió con fuerza, pero poco tiempo).

Y es que el público que frecuenta este Teatro sólo en parte tiene que ver con el que asiste a otras manifestaciones líricas en otras salas de la Ciudad Luz. Tal vez sea el que más continua la tradición. Y así, La dame blanche gustó y a medida que pasaban los actos el éxito crecía. Debo decir que yo esperaba con profundo interés este primer contacto visual, pero salí de él muy parcialmente convencido. No sé francamente si ahora me importa volver a ver La dame blanche.

Las vicisitudes de la obra empezaron ya en el siglo pasado, cuando Debussy lamentaba que las ocasiones para verla fueran raras. O sea que su gran éxito duró más o menos 75 años. Si hoy se confronta su valor musical -del teatral hablaremos luego- con sus otras tres hermanas de éxito en el Teatro, no sólo no se aproxima ni de lejos a las dos primeras, sino que creo que Mignon -sea lo que cada uno piense del título; yo le tengo un especial afecto y admiración- la supera por mucho. Hay música de rica vena melódica, influencias -cómo no- de Rossini pero muy acotadas, momentos de inspiración (la cavatina del tenor del segundo acto, ‘Viens gentille dame’ ha superado, ella sola, la prueba del tiempo gracias a intérpretes inolvidables), otros de mucho oficio, y mucha acción (a veces demasiada, y se nota cuando se detiene de golpe).

Scribe era un buen libretista, o muy bueno, y ciertamente sobre la base de tres relatos de Walter Scott (Guy Mannering, el más importante, con contribuciones de La dama del lago y Monasterio, de gran éxito en su momento) construyó una historia muy del gusto de la época aunque el misterio de ‘lo gótico’ aquí nunca es tal, y el tono es siempre bastante alegre con unas pinceladas de melancolía (los escoceses derrotados en su defensa de los Estuardo gozan de todas las simpatías vista la época en que estamos en Francia: más reaccionaria la cosa no puede ser y sobre todo, qué diferencia entre los reyes escoceses de entonces y los franceses del momento).

Si Mignon es Goethe para pequeños burgueses, tal vez La dame blanche sea lo mismo para Scott. Pero Scott no es Goethe, ni Boieldieu es Thomas. Hoy resulta todo demasiado ingenuo, simple, y en consecuencia la trama parece débil y estirada. Habrá que decir que no es culpa del libretista si las repeticiones de palabras o frases superan lo soportable en un libreto lírico del siglo XIX, y en particular en los coros. Sólo empezar y acabamos hartos de ‘Les montagnards sont réunis’.

Es posible que todo esto pudiera salvarse o importar menos con una representación de alto nivel, pero muy alto. Aquí fue bueno, no hubo nada malo, pero nada resultó espectacular. Coro y orquesta hicieron lo suyo con entusiasmo y Leroy dirigió ‘bien’, o sea de forma totalmente aséptica e impersonal aunque derrochaba mucha energía, como todos. Ciertamente, parecían creer en lo que hacían y disfrutar con ello, y eso es un mérito en sí mismo. 

El espectáculo decidía llevarnos más o menos a la época del estreno (contra lo cual yo no tengo nada), pero los telones pintados, razonablemente buenos, parecían ya envejecidos por el tiempo, por más video y proyecciones que hubiera ya desde la chispeante obertura (a la que creo que la presentación de la misteriosa dama y su protección de una desdichada joven cuando va a ser forzada por un campesino, sin relación con la trama, la aplasta un poco en su carácter). Los trajes son lo mejor, probablemente, y las luces bien, aunque estamos permanentemente en la oscuridad, y por lo menos en los actos extremos eso no sólo no es necesario, sino que resulta contraproducente.

Aunque la dama dé el título a la ópera, el verdadero protagonista es el tenor. Y tiene que ser un auténtico fuera de serie (no voy a ponerme a llorar sobre Gedda o Blake, pero ahora mismo hay algunos que pueden aspirar a ese título). Talbot es un valor emergente cuyo nombre empieza a verse mucho en los repartos. Es un cantante joven y entregado, con un buen agudo (casi siempre resuelto en falsete), pero el resto de los registros no corren parejos y la voz suena atrás. Su aria de entrada tiene unas agilidades con las que cumplió diligentemente, pero sin gran precisión y poca fantasía. También la cavatina de marras, bien cantada, pero lejos de las sutilezas y contrastes, corrió igual suerte. En cambio brilló en el tercer acto. Es posible que sólo falte un poco de tiempo. 

Ana, o la dama, según se disfrace, fue Benoit. Es una soprano muy enérgica y decidida, canta bien y tiene un buen agudo, pero -incluso por su figura- es más una soubrette que una soprano líricoligera. Quien tiene la figura es la segunda soprano (la campesina Jenny), y es muy pizpireta, pero el extremo agudo suena casi siempre áspero.

El pérfido de turno es Gaveston, el administrador que intenta quedarse con el castillo de sus amos en el exilio. Un papel de barítono cantado correctamente por Boutillier, buen artista.

La anciana ‘gobernante’, Marguerita, estaba en las manos -y cuerdas vocales- de la excelente Extrémo que hizo todo lo suyo muy bien. El otro campesino importante, Dickson, el marido de Jenny, era Beuron. La última vez que lo escuché, hace no tanto, en la Scala en el poeta de L’heure espagnole de Ravel sus bellos medios seguían intactos. Ahora se oye siempre y es siempre muy simpático pero casi parecía estar oyendo a un barítono por lo mate del timbre que además por momentos se vuelve ácido. 

Del resto de los cantantes, casi todos del coro, hay que destacar a alguien que no lo es y parece promisorio, el joven barítono (es lo que pone el programa, a mí me ha sonado más a bajobarítono) Dubruque, aunque el papel de Mac-Irton no es suficiente para dar un juicio definitivo, pero tiene también mucho aplomo.

Recordemos para terminar que el título fue tan popular en su momento en Bélgica y hasta los Países Bajos que se ganó, como Rossini o Nellie Melba, el derecho a designar allí un postre. Yo creo que lo comí por primera vez en Luxemburgo y lo he repetido algunas veces con moderación y no exagerado entusiasmo. A lo mejor diciendo esto me ahorraba la crítica.

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