España - Madrid

Así suena Centroeuropa

Teresa Cascudo

martes, 10 de marzo de 2020
Madrid, miércoles, 12 de febrero de 2020. Auditorio Nacional de Música. Julia Fischer, violín. Orquesta Sinfónica de Bamberg. Jakub Hrůša, director musical. Antonín Dvořák, Concierto para violín op 53. Johannes Brahms, Sinfonía nº 1 en do menor op 68. Conciertos Ibermúsica, 12-2-2020.
Julia Fischer © Uwe Arens

Escuchando este programa, a una no le extraña que Antonín Dvořák y Johannes Brahms se distanciaran prudentemente de las partituras de Richard Wagner. Tanto el concierto para violín del primero como la sinfonía en do menor del segundo son monumentos a lo que en ocasiones nos referimos usando la expresión “lógica musical”. Podemos considerarlas verdaderas “formas sonoras en movimiento”, en la expresión anticipada por Eduard Hanslick en 1854, años antes de la composición de ambas.

El crítico y musicólogo de origen checo, desde su tribuna en el Neue Freie Presse, influyente periódico vienés al que llegó en la década de los 60 después de haber colaborado en otros menos importantes, se convirtió en una voz de referencia en la segunda mitad del XIX. Su discurso formalista se articuló, por un lado, con la crítica de las tendencias programáticas y, por otro, con la defensa de compositores que, precisamente, tal como Dvořák y Brahms, se destacaron en los géneros considerados clásicos. Así, aceptar el punto de vista de Hanslick y seguir durante la escucha las transformaciones –o las sucesivas “formas sonoras” – por las que pasa el motivo inicial del concierto del compositor bohemio es un placer, sobre todo cuando además, como fue el caso del concierto que aquí se reseña, viene servido por músicos de primerísimo nivel.

Por un lado, la Orquesta Sinfónica de Bamberg es una perfecta representante de cierta sonoridad centroeuropea, directamente conectada con el repertorio en el que, por supuesto, sobresalen Dvořák y Brahms. Fundada en 1946 en la preciosa ciudad de Bamberg, sucedió, como se sabe, a la Orquesta Filarmónica Alemana de Praga, un activo instrumento de propaganda cultural nazi en la capital checa entre 1939 y 1945. Los músicos que la fundaron habían sido expulsados de Praga al terminar la guerra, en consecuencia de una evidente represalia. Actualmente, aunque no forme parte del top ten del ranking de las orquestas mundiales (¿y qué más da…?), gran parte del interés que tiene esta orquesta se debe a esa sonoridad suntuosa, empastada, cálida y refinada que, como era de esperar, exhibió en su concierto madrileño.

Por otro lado, sobre Julia Fischer, no sé si queda algo nuevo que decir. Nacida en 1983, forma parte de la más exclusiva élite de la música clásica. Afirmar que es una de las mejores violinistas de su generación resulta poco enfático. Refleja además un problema de carácter lingüístico conectado con el debate público que se genera todos los años en torno al 8 de marzo. Para expresar lo que quiero decir aplicando estrictamente las instrucciones de la Real Academia Española acerca del uso del masculino genérico, lo que debería haber escrito es que Julia Fischer es uno de los mejores violinistas del siglo XXI, lo cual, además de poco inclusivo, resulta extraño. Ante el público, Fischer transmite confianza y seguridad, lo cual es probablemente una de las características que más sobresalen en su personalidad musical. No me refiero sólo a su técnica abrumadora e impecable, y a las consecuencias que esto tiene en lo que respecta a la vertiente, por así decirlo, puramente sonora de sus actuaciones, sino que también se revela en sus elecciones interpretativas. Pertenece a esa rara clase de músicos (¿y músicas?) que son capaces de proponer nuevas lecturas del repertorio, en las cuales brillan a partes iguales la imaginación, la inteligencia y una natural simbiosis entre cuerpo e instrumento. También la elegancia y el sentido del humor forman parte de esta combinación, tal como demostró en la memorable ejecución del Capricho nº 17 de Paganini que regaló como propina en su concierto madrileño.

Por su parte, el director Jakub Hrůša fue la pareja ideal de Fischer en el concierto de violín. Hizo fluir con sensibilidad y pertinencia el carácter casi rapsódico que tiene la partitura de Dvořák. En la sinfonía de Brahms, decidió optar por una interpretación muy centrada en mantener la continuidad de una única línea surgida desde el impulso inicial de los primeros compases de la obra. Hrůša es capaz de desplegar esa línea creando un gran arco, con una extremada coherencia y sentido del equilibrio a lo largo de los cuatro movimientos. Su Brahms es lírico y expresivo, casi paisajístico, y resulta perfectamente adecuado para sacar partido de las cualidades sonoras de la Sinfónica de Bamberg. El nivel instrumental magnífico de la agrupación (al que, por cierto, contribuyó la estupenda Julia Fischer, integrada en el atril de los violines) se manifestó con rotundidad en todas las intervenciones solistas. Es evidente que aparejar Brahms con Dvořák en este programa se encuadra en el proyecto de grabación que desarrollan actualmente Hrůša y la Orquesta de Bamberg con la etiqueta suiza Tudor. En los dos primeros CDs de esta serie han grabado la tercera y la cuarta sinfonías de Brahms, revelando una lectura estilística y emocional similar a la que realizaron de la primera sinfonía en el Auditorio Nacional de Madrid.

Comentarios

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10/03/2020 20:41:54

Por raro que suene, tal vez sea "una de los mejores violinistas". Individualmente, en singular, el pronombre en funcion de atributo "una" se refiere a Julia Fischer. El complemento nominal "de los mejores violinistas" es un plural que designa a un grupo mixto de personas. No tiene por que haber concordancia de genero entre el pronombre y su complemento nominal. (Perdon por la falta de acentos, mi ordenador no los tiene).

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