España - Castilla y León

Cuando Gourlay creyó en el mito

Samuel González Casado

miércoles, 18 de marzo de 2020
Valladolid, viernes, 6 de marzo de 2020. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Andrew Gourlay, director. Beethoven: Leonora III, op. 72b; Sinfonía n.º 8 en fa mayor, op. 93; Egmont, op. 84: obertura; Sinfonía n.º 5 en do menor, op. 67. Ocupación: 90 %.
Andrew Gourlay © 2016 by OSCyL

En 2015 di cuenta en Mundoclásico de una Quinta de Beethoven simplemente magistral, protagonizada por el entonces prometedor Andrew Gourlay. Terminaba la crítica con esa alegría de quien veía el futuro con el estupendo designio que acababa de marcar una interpretación tan impresionante: Gourlay acababa de ser nombrado director titular de la OSCyL, elegido por ella, y como es normal todo era ilusión.

Después, por supuesto, ha habido altibajos, aunque en general el nivel de la orquesta ha subido y la meticulosidad del director ha dejado su impronta, quizá menos empática con el público de lo que se esperaba entonces, pero sin duda con un sesgo de rigor y trabajo del sonido que han regalado momentos magníficos.

Ahora, cuando se hace oficial que Gourlay no seguirá con la OSCyL, rechazado por ella, esa tremenda Quinta es la misma y no lo es, porque hay otros matices, más complejos, más contradictorios, pero que son capaces de ir más allá en un resultado que entonces fue tan bueno que pocos se habría atrevido a pensar que podría disfrutarse más. Suscribo todo lo que dije entonces en el último párrafo, pero desde luego hoy hay que aludir una circunstancia importante: los distintos acontecimientos profesionales.

Ya desde el comienzo se percibió en el director una gestualidad ligeramente alterada que denotó el especial significado que el concierto tenía para él. Era el Homenaje al Abonado, en el que el público elige las obras que quiere escuchar. Este año se ofrecieron como opciones varias sinfonías y oberturas de Beethoven (el 250 aniversario nos perseguirá una temporadita), por lo que la coyuntura favoreció a Gourlay con una música que se le da especialmente bien.

Pudo aplicar en todo el concierto, por tanto, esa fórmula en la que la intensidad es directamente proporcional a la ligereza, y claro está que no falló: su Leonora III combinó evanescencia con acentos rústicos de los metales y un final absolutamente demoledor; la Octava, esa maravilla, fue recorrida por una pulsión implacable, con un trazo que visto de cerca se compone de sutiles líneas de acabado, de juego tímbrico, de frases pulidas, de efectos integrados; la obertura de Egmont se benefició exactamente de lo mismo, y como en Leonora se echó el resto en una conclusión capaz de desarmar a algunos escépticos.

La Quinta, como he apuntado, fue otra historia. En todos estos años de titularidad nunca se vio al director empujar a la orquesta de forma tan intensa, desgarradora incluso, pero sin salirse nunca de una camisa de fuerza de exhaustivo cariz regulatorio, lo que hizo que todo resultara doblemente dramático: el corsé era el alma expresiva que amplificaba aquello que luchaba por liberarse de él; y ello sin que el aspecto formal sufriera lo más mínimo, en una especie de entendimiento divino con aquellos que no contarán con el director la siguiente temporada (más dramatismo).

Con este resultado musical, ¿cómo es posible tal decisión? Claro, la labor puede resultar ingrata (quizás en este concierto a veces lo fue), el resultado no siempre raya a esta altura y hay otras implicaciones; pero justo después de esta Quinta la mente no lo entiende, porque lo que se ha hecho es de primerísima división, de pura antirrutina: esa transparencia, ese equilibrio, ese batir rítmico que no desfallece, esa exactitud perpetuamente intencionada, esas pequeñas licencias justificadas estructuralmente... Hablamos de un Gourlay que aúna su técnica y conocimiento con lo que ha sido capaz de prestarle un alter ego quizá conectado con el espíritu de esos directores míticos que a su vez creyeron en aquello que iba más allá de la elaboración musical y que lograron, cada uno a su manera, lo artísticamente trascendente. Las sinfonías de Beethoven fueron epítome de ello y siguen prestándose, felices, a colaborar con los que quieran darles vidas menos efímeras.

Cualquiera que haya asistido a este concierto sabe que sigue habiendo una asociación fecunda aquí, que habrá que cultivar aunque sea en otro tipo de relación. Y también sabe que una temporada sin director titular da miedo más por lo que significa (incertidumbre por lo que pueda llegar) que por su realidad. Habrá que confiar en que se logren apreciar las oportunidades del momento, se prefiera la calidad, el empuje y la proyección internacional y se descarte cuanto antes cualquier arribismo. Lo que está en juego, en cierto grado por la labor de Gourlay, es importante. Debe respetarse.

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