España - Andalucía

Música de amigos de juventud

José-Luis López López

jueves, 12 de marzo de 2020
Sevilla, martes, 3 de marzo de 2020. Espacio Turina. Anámnesis IV: Frónesis. “Botánica epistolar”. G. F. Haendel: Suite en Fa mayor, HWV 348, de Watermusic; Concierto para órgano en Re menor HWV 309, A Third Set of Six Concertos, Op. 7; G. Ph. Telemann: Concierto para oboe, cuerda y continuo en Do menor, TWV 51:c1. Ouverture en Re mayor, TWV 55:D21. Violines I: Manfredo Kraemer (concertino), Pedro Gandía, Miguel Romero, y José Manuel Villarreal. Violines II: Leo Rossi (concertino secondo), Valentín Sánchez, Elvira Martínez, y Rafael Muñoz-Torrero. Violas: Kepa Artetxe y Mª de Gracia Ramírez. Violoncello: Aldo Mata. Contrabajo: Ventura Rico. Clave: Alejando Casal. Órgano: Irene González. Cuerda pulsada: Juan Carlos de Múlder. Oboes: Alfredo Bernardini y Jacobo Díaz. Fagot: Javier Zafra. Trompas: Ricardo Rodríguez y Rafael Mira. Dirección: Alfredo Bernardini
Alfredo Bernardini © 2020 by Orquesta Barroca de Sevilla - OBS

Continúa la serie de seis conciertos conmemorativos del 25 Aniversario de la OBS en Sevilla: Anámnesis como título general, Multa renascentur quae iam cecidere (Volverán a nacer muchas cosas que han muerto. Quinto Horacio Flaco, Ars poética, o Epistula ad Pisones, 70) como lema del concierto, y IV, Frónesis, para esta entrega, musicalmente designada como Botánica epistolar. Según contó Bernardini, este nombre se ha ‘inspirado’ en la correspondencia que mantuvieron Telemann y Haendel en sus años jóvenes: parece ser que, en lugar de comentar asuntos musicales, intercambiaban frecuentemente noticias sobre especies vegetales más o menos exóticas. 

Como se indica la ficha, se trata de un ‘mano a mano’ de estos dos amigos de juventud (se conocieron en Leipzig alrededor de 1701, con 16 y 20 años, respectivamente: Telemann era cuatro años mayor), ‘engarzado’ por la dirección del oboísta Alfredo Bernardini y por la presencia de su instrumento, el oboe, con mayor o menor protagonismo, en las cuatro obras programadas.

Bernardini (Roma, 1961) es otro más de los directores y solistas que figuran en la ‘nómina’ de la Orquesta Barroca de Sevilla. Formado principalmente en Holanda, ha participado en conciertos en los cinco continentes, y ha sido director, miembro o solista invitado de gran número de las más prestigiosas orquestas barrocas, participante en más de cien grabaciones discográficas, investigador sobre la historia de los instrumentos de viento, receptor de importantes galardones… Desde 1992 es profesor del Conservatorio de Amsterdam y, desde 2002 a 2009, lo fue en la Escuela Superior de Música de Cataluña.

La velada comenzó con la Suite en Fa mayor, HWV 348, de la famosísima Watermusic (1717), primera de las tres suites de esta magna obra: en ella, Haendel añadió a la orquesta convencional de cuerdas y oboes la novedad, por primera vez en Londres, de dos trompas. La Música acuática completa consta, como es sabido, de tres suites: la primera en fa mayor (o ‘suite para trompa’), la segunda en re mayor (‘suite para trompeta’), y la tercera en sol mayor (‘suite para flauta’). Fue estrenada el 17 de julio de 1717 por encargo (a fin de ganarse a su nuevo pueblo) del rey Jorge I, primero de la dinastía de Hannover, también soberano y elector de Brunswick-Luneburgo (también llamado Hannover), para ser interpretada sobre el río Támesis. El concierto fue ofrecido por cincuenta músicos en una barcaza que navegaba cerca de la barcaza regia, y se dice que el rey quedó tan contento que se hubo de interpretar tres veces durante el viaje de ida y vuelta entre Whitehall y Chelsea.

En el Espacio Turina, la Suite en fa, que consta de diez piezas (Obertura y Bourrée de carácter ‘francés’ -aunque la suite entera es un género muy vinculado a la música francesa-, pero también hay un Aria de sonoridad italiana, y hasta una danza, Hornpipe, típicamente inglesa) sonó, en conjunto, con gran colorido, que le confieren sobre todo las trompas, aunque no entran hasta después de la obertura. Una interpretación alegre y dinámica, liderada por el oboísta italiano-holandés, espléndidamente secundado por el concertino argentino Manfredo Kraemer (ya vimos su feeling con la Barroca en el Concierto de Santo Tomás). Sin embargo, precisamente las trompas estuvieron algo menos ‘presentes’ de lo exigible en este caso, y a la cuerda grave no le hubiera sobrado un poco más de relieve.

A continuación, el difícil Concierto para órgano en Re menor, HWV 309, nos deparó una de las más gratas ‘sorpresas’ de la noche. Independientemente de los préstamos que se permite Haendel con frecuencia (aquí, de sí mismo y de la Tafelmusik de Telemann), se trata de una obra en la que las partes solistas son dejadas casi totalmente en manos del ejecutante. Que en este caso era una ejecutante, la joven Irene González Roldán (Córdoba, 1997), ganadora dos veces (ha sido convocada solo en tres ocasiones hasta ahora, en 2018, 2019 y 2020) de la Beca de estudios en el extranjero para la especialización en música antigua de la Asociación de Amigos de la OBS (AAOBS) y el FeMÀS. El tercer movimiento del Concierto, para colmo, es un Organo ad libitum. Parecería mentira por su edad, pero Irene dio una maravillosa exhibición de musicalidad, buen gusto, expresividad y ‘adentramiento’ en lo más profundo de la música, hasta el punto de impregnarla con un aire -no exageramos- celestial. Todos quedamos ‘tocados’, hondamente impresionados (incluido, como bien se veía, el tutti orquestal, que la apoyó, en sus aportaciones, con entusiasmo indisimulado). Bernardini la sacó a saludar repetidamente.

Y, para que no faltara el tercer “grande” de los amigos (recordemos que Telemann fue padrino bautismal de C. Ph. E. Bach, el segundo de los hijos de Johann Sebastian; y el ahijado ‘heredó’, a la muerte de Telemann, su puesto en Hamburgo), la joven Irene González ofreció una propina de J. S. Bach, que no hemos visto referenciada exactamente en ninguna crítica (a pesar de que Bernardini dio una pista), de modo que merece la pena, en honor del Kantor y de la prodigiosa organista, que lo hagamos nosotros. Sin demasiados detalles, en lo esencial: el 9 de julio de 1724 se estrenó en Leipzig la Cantata BWV 93, ‘Wer nur den lieben Gott lässt walten’ (‘Quien al amado Dios deja actuar’) para el 'Quinto domingo después de la Trinidad'. Se ignora la fecha de composición; pero se sabe que, tiempo después, J. S. Bach arregló para órgano uno de los siete movimientos de la Cantata, con el mismo título, arreglo que conocemos como uno de los seis ‘Corales Schübler’, concretamente el nº 4, BWV 647. E Irene González lo interpretó con encantadora perfección y altísimo nivel técnico y expresivo. El extraordinario teclista (clave y órgano) habitual de la OBS, Alejando Casal (a quien, además, le hemos oído decir de viva voz que ‘no hay nada en el mundo que le produzca mayor satisfacción que hacer música’) no cabía en sí de gozo.

Tras el intermedio, como se puede comprender lleno de comentarios admirativos sobre el ‘milagro’ que habíamos presenciado, Telemann (considerado el más prolífico compositor de toda la Historia de la Música: cientos de suites, y se estima que unas 3.000 obras escritas, aunque muchas perdidas). De su numerosa producción, sin embargo, solo tenemos ocho conciertos para oboe. El que escuchamos, Concierto para oboe, cuerda y continuo en do menor, TWV 51:c1 es una obra temprana y breve en cuatro movimientos: Adagio – Allegro – Adagio – Vivace (del 2º al 3º se transitó casi sin pausa), en la que se ausentaron todos los vientos, salvo el oboe solista Aquí sí consiguió Bernardini un alto rendimiento, como oboísta y director: hubo un perfecto acoplamiento de fraseo, arrebatadas cadencias, cuerdas sincopadas y el magistral clave de Casal. Todo coadyuvó a un tono desenfadado y abierto, amable y relajante.

El programa concluyó (de nuevo, presente el tutti) con una pieza característica de su autor, la Obertura en Re mayor, TWV 55:D21, de alegre color orquestal, orquesta pletórica de agilidades, y un Tintamare de escalas asombrosas y original escritura, propia del sabio maestro octogenario, que abre paso al final de la obra.

En un ejercicio muy instructivo, mostrando contrastes de estilos coetáneos pero diferentes, se nos regaló, para terminar, una propina del entonces treintañero J. Haydn (estamos hablando, aproximadamente, de 1765: vejez y juventud de uno y otro): el tercer movimiento, ‘minueto y trio” de la Sinfonía nº 31 en Re mayor (llamada ‘Toque de trompa’), donde los dos oboes y las trompas (cuatro prescribió Haydn, aunque aquí sonaron solo dos) tienen un papel preponderante.

Satisfactorio concierto, en general. Pero, por encima de la admiración hacia el maestro Bernardini, el concertino Kraemer, el teclista Casal y todos los buenos, en mayor o menor grado, músicos de la “Barroca”, el mayor recuerdo que quedará de esta velada ha sido el brillo de una luz naciente. Irene González: no olviden ese nombre, porque dará mucho que hablar.

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.