Italia

Primer capítulo de una “pentalogía” (2020-2024)

Lars Hvass Pujol

martes, 17 de marzo de 2020
Bolonia, viernes, 24 de enero de 2020. Teatro Comunale di Bologna. Richard Wagner, Tristan und Isolde, drama musical en tres actos con libreto de Richard Wagner. Ralf Pleger, dirección artística. Alexander Polzin, escenografía. Wojciech Dziedzic, vestuario. John Torres, iluminación. Fernando Melo, movimientos coreográficos. 1.er elenco: Stefan Vinke, Tristan. Albert Dohmen, Rey Marke. Ann Petersen, Isolde. Martin Gantner, Kurwenal. Ekaterina Gubanova, Brangäne. Tommaso Caramia, Melot/piloto. Klodjan Kaçani, pastor/joven marinero. 2.do elenco: Bryan Register, Tristan. Catherine Foster, Isolde. Orquesta y Coro del Teatro Comunale di Bologna. Juraj Valčuha, dirección musical. Nueva producción del Teatro Comunale di Bologna en coproducción con La Monnaie de Bruselas.
Catherine Foster y Bryan Register © 2020 by Rocco Casaluci

Wagner ha sido un compositor muy importante para la historia del Teatro Comunale di Bologna, pues cinco de sus óperas fueron representadas por primera vez en Italia en el Comunale. La primera de ellas (estreno absoluto del compositor en Italia) fue el Lohengrin, representada en el 1871; gracias a un gran fervor del público boloñés por el descubrimiento del compositor alemán siguieron Tannhäuser (1872), Der fliegende Holländer (1877), Tristan und Isolde (1888) y Parsifal (1914). Poco faltó para que también la Tetralogía se estrenara en Bologna, pero La Fenice de Venecia consiguió adelantarse por poco tiempo.

Éste año, gracias a la importante financiación de la Fondazione Golinelli en ocasión de la celebración de los 100 años de su fundador Marino Golinelli, el Teatro Comunale di Bologna ha programado para los próximos cinco años estas cinco óperas de Wagner. La primera ha sido Tristan und Isolde, maravillosa producción boloñesa junto al Teatro La Monnaie de Bruselas, a la que seguirán las otras cuatro, una cada año.

El estreno del 24 enero ha sido un homenaje al señor Golinelli, gran mecenas desde hace años del teatro lírico, y que para su cumpleaños ha regalado a la ciudad, no solo un espectáculo de primera calidad, sino también una fiesta memorable, con bufets en cada entreacto para todos los espectadores, y una cena organizada en el foyer para artistas, críticos musicales, técnicos del teatro y amigos.

La producción de éste   ha sido excelente por diversos motivos. Musicalmente, Juraj Valčuva se confirma como gran director. Sutil y grandioso a la vez, Valčuva, que había hecho su estrena operística proprio en el Teatro Comunale di Bologna, ha vuelto a dirigir su orquesta y coro con grande inteligencia y sensibilidad, obteniendo de una orquestra poco habituada a Wagner un lirismo y un espesor sonoro muy interesantes.

Richard Strauss, que asistió de joven a la primera representación en Bolonia, lejos de su padre que le había prohibido escuchar una ópera que consideraba como una aberración musical, comentó que habiendo estudiado el Tristan und Isolde sobre la partitura se había convertido en un wagneriano convencido solo después de escucharla. Sin embargo, había también comentado decepcionado que la interpretación de Giuseppe Martucci aquel 1888 había sido muy distante (por la calidad musical e interpretativa) respecto a la intención del compositor y a la idea que el proprio Strauss se había formado interiormente al estudiarla sobre el papel. Seguramente, otra opinión habría tenido el mismo Strauss de la orquestra del Teatro Comunale de Bologna escuchándola ahora y en esta versión de Valčuva. Nos permitimos una pequeña crítica a la sección de las trompas, que ya desde hace un poco de tiempo logran estropear algunos momentos clave de las ejecuciones, esperamos que este pequeño descuido pase pronto.

Otra revelación de esta producción ha sido la dirección artística y escenográfica de Ralf Pleger y Alexander Polzin, en profundo diálogo entre ellos. Una escenografía moderna, conceptual, en cierta manera minimalista y sin duda anti realística, que deja sin embargo una cosa muy clara, Pleger, que ha estudiado historia del arte y musicología, ha entendido la ópera de Wagner profundamente: la ha analizado explorando aspectos de su complejidad hasta tal punto que su presentación al público ha pasado a ser sin duda una nueva fuente de reflexión para quién estudie la obra de Wagner.

El proceso creativo parece partir de la concepción abstracta del Tristan und Isolde, de su psicología interna, de la misma idea de teatro que movió a Wagner a crearla. No son los aspectos realísticos a interesar a Pleger, si no sus conclusiones estéticas y sensoriales de cada momento de la ópera, de cada cambio psicológico y humano entre Tristán e Isolda. Pleger crea un espacio sensorial abstracto para guiar el público partiendo de sus propias sensaciones como estudioso, artista y también público, e inserta los personajes en un mundo surreal y puramente estético, casi geométrico, que parece a su vez influenciar y guiar a los propios personajes.

Cada acto ha sido concebido a partir de ciertas características estéticas y plásticas, diversos efectos de luz, color y técnicas escenográficas que diferencian y subrayan la evolución del amor entre los dos protagonistas y su interacción con los otros personajes. El primer acto trascurre en un barco en el que Tristán lleva Isolda a casarse con el rey Marke. Durante el viaje, los dos pasan de ser enemigos (Tristán había matado el prometido de Isolda antes de ir a pedir su mano en nombre del rey Marke) a amarse desesperadamente después de haber bebido por error una poción amorosa preparada por la dama de compañía de Isolda.

Pleger y Polzin han eliminado el barco como elemento realista y presentan un escenario con el fondo y el suelo formados por un único espejo, que crea un espacio infinito como el agua del mar, en el que se reflejan los personajes, la realidad exterior de la sala del teatro y el público.

El techo de la escena representa el único elemento escénico, formado por grandes estalactitas que, a lo largo de todo el acto, y muy lentamente, aumentan, acercándose al suelo y dando un sentimiento de grande opresión y ansiedad claustrofóbica al reflejarse en los espejos y disminuir físicamente el espacio escénico. Gran impacto visivo la fuerte iluminación interna de las estalactitas al romperse la tensión entre Tristán e Isolda y empezar la desenfrenada pasión mientras se acercan a las costas de Cornualles.

El segundo acto es sin duda el más cargado de ardor, pasión, éxtasis y también desesperación. Una larga noche de escondido idilio entre los enamorados viene bruscamente truncada por la llegada del rey Marke, que los descubre in fraganti. Tristán no puede excusar su traición al rey y acaba herido por Melot, oficial del rey, que en realidad ama Isolda y está celoso por el amor entre ella y Tristán. La escena, completamente blanca, se ve dominada por una especie de grande raíz o árbol sagrado en el centro del escenario, nido amoroso de los dos amantes que se refugian en ella durante la noche que les permite su encuentro.

La raíz cobra vida propia a través de un cuerpo de bailarines vestidos y pintados de blanco, que hacen de trámite entre los enamorados. Amplifican visivamente la componente sobrenatural de la pasión, como si la simulación de los elementos naturales (como el viento) constituyera la única vía de comprensión de lo inexplicable. De extrema belleza la caricia que Tristán hace a Isolde a través de los bailarines: estando él en el suelo y ella encima del árbol, Tristán acaricia el primer bailarín, y uno a uno se pasan la caricia hasta llegar a ella. En una escenografía muy parca de contacto físico entre los personajes, cada interacción real cobra un significado especial y único, que Pleger ha sabido dosificar y connotar con gran maestría.

El tercer acto, el más difícil dramatúrgicamente, ha sido trasformado en un juego de luces, sombras y formas geométricas, que por su naturaleza y lo que quieren exprimir podríamos definir no euclidianas. Tristán, herido y cerca de la muerte, espera a Isolda desesperadamente. Cuando ella llega, le suplica que resista por lo menos una hora de vida juntos, pero él muere al instante. La llegada del rey Marke, que consciente de la poción amorosa que los dos amantes habían tomado, estaba decidido a dejarlos unir en matrimonio, no consigue devolver la razón a Isolda, que después de un éxtasis o estado de trance inconcebible, cae trasfigurada y muerta entre los brazos de Tristán.

La lenta y larga espera inicial viene representada por el movimiento obsesivo, lento, geométrico y casi impersonal de quienes esperan con Tristán, y que proyectan en la pared diversas sombras duplicadas, que se mueven a su vez lejos de ellos. En este acto, la luz pasa a través de agujeros practicados en el fondo oscuro del escenario como rayos de sol que iluminan todo el teatro. De hecho, el fondo del escenario parece un cielo estrellado, y de cada estrella sale en el momento oportuno un cilindro trasparente que amplifica la luz que llega desde detrás con intensidad variable. A su vez, los cilindros proyectan sombras geométricas de diferentes ángulos y medidas, que, junto a los vestidos atemporales o casi futurísticos, trasladan al espectador en un universo conceptual paralelo, como el que viven los dos enamorados o el que alcanza Isolda antes de la muerte irremediable, sentimientos todos altamente atemporales.

Los dos elencos se han diferenciado solo en los dos protagonistas. En el primero brilla la danesa Ann Petersen por gran calidad vocal (aunque ligeramente poco timbrada en algunos agudos) y gran actuación teatral, acompañada por Stefan Vinke, que ha sostenido con dificultades la ópera entera y ha resultado poco grato en algunos largos monólogos. El segundo elenco ha sido vocalmente y también dramatúrgicamente más convincente, más sensible y atento a las finezas preparadas por Pleger. Gran Isolda de Catherine Foster, voz wagneriana grande e imponente, y Tristán de Bryan Register, más cómodo en esta parte. Impresionante rey Marke di Albert Dohmen, voz timbrada y uniforme en todos los registros, cómoda y agradable en las diversas intenciones del personaje y de perfecta resistencia, incluso en el gran monólogo del final del segundo acto. Grandes aplausos han merecido también Martin Gantner como Kurwenal y Ekaterina Gubanova como Brangäne. En resumen: gran espectáculo y buenos presagios para los próximos cuatro años, que esperamos ansiosos.

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.