Alemania

Un diseñador de sonidos

Juan Carlos Tellechea

viernes, 27 de marzo de 2020
Essen, lunes, 17 de febrero de 2020. Gran sala auditorio Alfried Krupp de la Philharmonie Essen. Richard Strauss, Tod und Verklärung opus 24. Gustav Mahler, Sinfonía número 1 en re mayor ‚'Titán‘. Orquesta SWR Symphonieorchester. Director, Teodor Currentzis. 100%
Currentzis en Salzburgo © Marco Borrelli, 2018

Teodor Currentzis, director principal de la SWR Symphonieorchester, llena con facilidad grandes salas de conciertos, como ésta de la Philharmonie Essen, con capacidad para más de un millar de espectadores que aclamaron frenéticamente sus interpretaciones de Richard Strauss y Gustav Mahler, por este orden, contemporáneos románticos tardíos que iban, en su momento, camino hacia la trascendencia. 

Weimar en 1889: el joven aspirante a Kapellmeister Richard Strauss completaba el poema sinfónico Tod und Verklärung (Muerte y transfiguración), que estrenaría al verano siguiente con gran éxito, lo que haría de él uno de los principales compositores de su tiempo. La temática, a finales del siglo XIX, pudo haber contribuido al éxito, pese o tal vez debido a que la muerte, con una precisión biológica casi obscena, se convierte en una música de opulenta grandeza en la transfiguración posterior. Estamos ante una obra muy peculiar cuyo contenido musical puede ser discutible; el material temático es más bien ligero, el tema de la transfiguración muy banal. Faltan aquí las frases ampliamente oscilantes de poemas sinfónicos posteriores como Así habló Zaratustra o la Sinfonía alpina. Sin embargo, la pieza persiste en el repertorio. 

Currentzis desarrolla un sonido orquestal equilibrado y con precisión. Celebra cada una de las tonalidades que organiza con sumo cuidado; hay aquí algo semejante a una vibración ligetiana con sus superficies sonoras. El desarrollo clásico parece haberse retrasado. El director pasa por alto los elementos pictóricos para tomar preferentemente los fragmentos de motivos en el gran flujo musical. El alma aflorará casi dos horas más tarde reinterpretada en un contexto completamente diferente. 

Strauss aparece aquí más como un diseñador de sonidos que como un narrador sinfónico. Currentzis consigue que la pieza construya de la nada una gran tensión. De esta forma se condensa la atmósfera al final del Largo en la introducción, sin poderla afirmar conscientemente a cada uno de los tonos, por lo que la tensión se hace súbitamente perceptible. 

Es maravilloso ver cómo el director y la orquesta logran una fragmentación del sonido de tal grado que incluso en los fortissimos más voluminosos es claramente audible, a lo que contribuye sin duda también la sobresaliente acústica de la sala Alfried Krupp de la Philharmonie de Essen. Los arrebatos de la orquesta son de gran fuerza física, pero no ruidosos, y las diferentes secciones permanecen siempre cuidadosamente equilibradas. 

Las maderas suenan con reducido vibrato, creando un sonido similar al de un órgano. Los metales brillan intensamente y permanecen redondeados. Con este director la Orquesta Sinfónica de la Südwest Rundfunk (SWR) consigue un sonido deslumbrante en una de sus mejores interpretaciones.

Leipzig en 1888: Gustav Mahler compuso su Primera sinfonía, aunque estuvo indeciso durante mucho tiempo sobre si debía llamarla o no poema sinfónico. Al igual que Strauss, cuatro años menor que él, estaba al comienzo de una carrera como director de orquesta. Ambos se convertirían en estrellas de su época, con diferentes consecuencias. Strauss se alejaría de los acontecimientos políticos recluyéndose en su villa de Garmisch. Mahler en Viena se iría a pique con la agitación antisemita y las crisis familiares. No se sabe si la jubilosa conclusión que tocan de pie las trompas debiera entenderse como una transfiguración o como una feliz experiencia o tal vez como una opción de principio muy mahleriana en la que es mejor no creer. Mahler cita varias veces su canción del aprendiz itinerante con su ambivalencia de cuitas de amor y de embriaguez romántica hacia la naturaleza. 

Die zwei blauen Augen von meinem Schatz,

Die haben mich in die weite Welt geschickt.

Da mußt’ ich Abschied nehmen

Vom allerliebsten Platz! (...)

En fin, no es tan fácil ni para él mismo ni para el público. Strauss lo dice todo con el título de su obra. Mahler no. Las dos composiciones fueron creadas en estrecha proximidad temporal, y ambas comienzan con una introducción prolongada, lenta, silenciosa (Langsam. Schleppend. Wie ein Naturlaut). En Mahler, Currentzis encuentra ya el campo abierto, algo que tuvo que pesquisar primeramente en Strauss. 

Aquí, también, el director logra que cada nota, cada sonido sea un acontecimiento. Expande un poco el proceso, y cuando retoma la introducción, la música suena de inmediato un poco narcisista. El tema principal (la melodía del segundo aprendiz itinerante Ging heut' morgen übers Feld) no es tanto el objetivo de la introducción, sino el comienzo de una segunda sección. Currentzis retoma la melodía, deja que suene un poco distante, como en la lejanía, al igual que las trompetas en la introducción. 

Es algo así como si un fino velo estuviera delante de la música y Currentzis no quisiera dejarla entrar por completo. Allí está muy cerca de su interpretación de Strauss, y en Mahler está menos preocupado por la evolución que por el momento en que se producen los sonidos. Sin embargo, el trío en el segundo movimiento (Im Anfang sehr gemächlich) se convierte en un vals, de esos irónico-sentimentales de taberna, de la mejor calidad. 

El tercer movimiento (Kräftig bewegt, doch nicht zu schnell), con la grotesca marcha fúnebre sobre la melodía en tono menor de la canción infantil francesa Frère Jacques, Currentzis se convierte aquí también en un diseñador de sonido que explora hasta los más pequeños matices del colorido de esta música. No deja nada al azar, piensa y repiensa cada detalle (Feierlich und gemessen, ohne zu schleppen). El final (Stürmisch bewegt) se gana el escenario a lo grande; el director y la orquesta dan todo de sí y desembocan en un alud de frenéticas ovaciones de la platea. 

Currentzis -no solo extravagante en asuntos de moda, como el color de los cordones de los zapatos- concluyó el concierto con una breve alocución para alabar al público y a la excelente acústica de la sala, así como para anunciar que tras un cuarto de hora de cambios sobre el podio tocaría otra obra. Este es un formato que ya ha utilizado en otros lugares. 

A los bises vino entonces Okanagon de Giacinto Scelsi, compuesto en 1968 para arpa, contrabajo y percusión. En realidad, con las correspondientes instrucciones de la régie, esta pieza de diez minutos es para ser ejecutada en un juego de sombras chinescas, aunque aquí se tocaba en versión concertante. Se trata de una música de volumen muy elevado, para no decir altisonante, en la que de vez en cuando se golpea sobre el arpa y el contrabajo. Al mismo tiempo vibran tonalidades graves, térreas, con las que Scelsi procura emular el latido del corazón de nuestro planeta. Temáticamente, la obra se corresponde muy bien con la Sinfonía número 1 de Mahler y fue una luminosa idea de Teodor Currentzis traerla aquí; sus presentaciones son siempre interesantes y no solo por su alto nivel técnico-estético-musical.

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