Novedades bibliográficas

Con criterio propio

Alfredo López-Vivié Palencia

viernes, 27 de marzo de 2020
Elder on Music © 2019 by Royal Academy of Music Press

No sé si han visto ustedes la película Marea Roja (Tony Scott, 1995). Hay una escena en la que el comandante de un submarino de la armada norteamericana –Gene Hackman-, ante la insubordinación del segundo de a bordo –Denzel Washington-, le espeta lo siguiente: “Aquí estamos para defender la democracia, no para practicarla”.

Esa es la idea que me ha sobrevolado la cabeza leyendo muchas de las cosas que dice Mark Elder en Elder on Music*. Vaya un ejemplo: “En mi experiencia, los músicos de orquesta no saben apreciar el arte de dirigir, ya que muy pocos son capaces de ver más allá de su propio cometido. En contraste con el ‘oficio’ de dirigir, el ‘arte’ de dirigir es más intuitivo, sugerente, maleable e inspirado. El oficio es la capacidad, el arte es la visión”. Y otro más: “Las orquestas suelen decir que en sólo cinco minutos saben si el director es bueno o no. A mí me lleva tres minutos saber si una orquesta es buena o no. Así que mantente en tus trece y disfruta del hecho de ser quien va a tomar las decisiones y quien va a mostrar por dónde va a ir la música. Si lo intentas y no puedes, dedícate a otra cosa.”

El libro –cuidadosamente editado y con su preceptivo índice onomástico- recoge las conversaciones que como actividad lectiva mantuvo en la Royal Academy of Music entre 2013 y 2017 el profesor Raymond Holden (él mismo autor de The Virtuoso Conductors –un libro densamente documentado, editado en 2005 por Yale University Press-) con el director Sir Mark Elder. Dice Holden en el preámbulo que el trabajo de edición de las grabaciones de aquellas clases ha sido el justo para hacer legibles las charlas, en las que el protagonista es el invitado (y lo cierto es que el libro se lee con facilidad y fluidez). Así se comprueba con preguntas breves y directas, y respuestas extensas; lo mismo que se comprueba que -como alumno de la Universidad de Cambridge que fue- Elder sabe hablar en público muy claramente y con las ideas ordenadas. De hecho, al ser preguntado sobre la conveniencia de presentar los conciertos verbalmente, Elder responde que “absolutamente sí. Cada director debe aprender a hablar a su público. Lo agradecen, y si a alguien le molesta es su problema.”

Es decir, esto no es una biografía de Mark Elder. Por lo que tal vez convenga apuntar que nació en 1947 en Hexam (al noreste de Inglaterra); que empezó a dirigir en Melbourne en 1973; que fue nombrado director musical de la English National Opera sólo seis años después –algo que se demostró un acierto, levantando una institución que estaba de capa caída (“llegué en un momento en que los músicos escogían y pagaban de su bolsillo a sustitutos, saltándose todas las normas sindicales”)-; que además de las Australias hizo las Américas con la Filarmónica de Rochester (1989-1994); y que desde el año 2000 es el titular de la Orquesta Hallé de Manchester, la primera orquesta profesional en el Reino Unido (1858), y de las pocas que mantiene el nombre de su fundador en la actualidad. Ese nombramiento fue otro acierto, y por la misma razón: hace veinte años la orquesta estaba prácticamente en quiebra, y hoy puede presumir de una elogiada presentación de El Anillo del Nibelungo (preservada en su propio sello discográfico).

La primera parte del libro se centra en el oficio. “Nunca he estudiado dirección, he estudiado al dirigir”, manifestando que ha aprendido más de dirección con Ubaldo Gardini (preparador de lengua italiana en Glyndebourne durante los últimos años sesenta) que con nadie más. Y los comienzos fueron duros: “Soy zurdo, y en el primer momento en que cogí una batuta alguien me dijo ‘si quieres que te sigan, más te vale usar la otra mano’; desde entonces he estado luchando con eso”. Desde siempre Elder mostró predilección por la ópera. Uno de sus primeros empleos fue el de apuntador en Covent Garden en 1970, y nada menos que con Der Rosenkavalier, “una ópera que desconocía entonces y que gracias a ello la aprendí. Es fácil dar una entrada equivocada, y los cantantes responderán de acuerdo con ella. Apuntar en alemán no es lo mismo que hacerlo en italiano. Muchos cantantes italianos no eran –y no son- buenos músicos”(y recuerda a un “tenor estúpido” que cantó una cabaletta rossiniana entera con un compás de anticipación).

Al ser autodidacta, Elder trae a colación los necesarios predecesores, si bien advierte que “cuando admiras a alguien, hazlo por las razones adecuadas.” Y pone algunos ejemplos reveladores: “Stravinski fue un gran compositor que tenía un inusual e insano apetito por el dinero. Aunque era un personaje fascinante a quien le encantaba que le pagasen por interpretar, no era un director especialmente bueno. Lo cierto es que no podía controlarse a sí mismo como director, y no era capaz de controlar a la orquesta.” En el otro lado de la balanza Carlo Maria Giulini, “gran líder y gran entrenador de cantantes y orquestas (…). Lo que más admiro de Giulini es su capacidad para hacer presente el drama haciendo música de la manera más hermosa. Y lo hacía sin forzar y con gran elegancia.”

En la segunda parte del libro –más de la mitad- Elder habla de la música y sus autores. Empieza por algo que muchos piensan y pocos dicen en voz alta: “No hay duda de que algunos compositores se encerraron en sus torres de marfil tras la Segunda Guerra Mundial. Lo que les alejó del público musical, y la complejidad de la música de finales del siglo XX supuso una gran barrera para que el público pudiese superarla. Pero la marea se está retirando. Hay muchos compositores con talento que escriben música que nos habla directamente.” El ejemplo que pone es el del autor galés Huw Watkins.

Elder se extiende sobre Wagner: “Gesamtkunstwerk significa simplemente el equilibrio entre los diferentes elementos de una ópera. Así, cualquier compositor de óperas que se precie debería interesarse por el Gesamtkunstwerk, porque todos querrán que los componentes de su trabajo estén equilibrados. Verdi no estaba menos interesado que Wagner en estas cosas.” Acerca de si Wagner era tan mal libretista como dicen: “Wagner quería hacer sentir verdades universales a través de su música (…), lo hizo a gran escala, y su uso del lenguaje es fabuloso.” Y no le duelen prendas cuando se refiere a la escena bayreuthiana (“lamentablemente, en los últimos 40 o 50 años se ha vuelto progresivamente más extremista e incomprensible”), cargando contra la última producción del Anillo: “Es increíblemente fea y vulgar. No veo interés ni respeto por la música, ni por el equilibrio que implica el concepto de Gesamtkunstwerk.

Tampoco se muerde la lengua al hablar de Richard Strauss: “¿Escribió una sola obra realmente grande? Aunque fue un brillante proveedor de sonidos preciosos y vestía sus ideas con oficio consumado, creo que su importancia radica en una serie de grandes momentos más que en obras enteras. Los finales del primer y tercer acto de Der Rosenkavalier son buenos ejemplos. Por lo demás, me parece que Strauss manipulaba al público con su habilidad.” Por otra parte, aunque lógicamente Elder también reflexiona sobre la música inglesa, me resulta llamativo lo que dice sobre un compositor que, no siendo inglés, allí lo interpretan como nadie: “Aunque suene a broma, siempre he creído que los alemanes no tocan la música de Sibelius porque no le necesitan. Tienen tantas sinfonías propias que no les interesan las de los demás. Theodor Adorno las llamaba ‘sauna Beethoven’, algo terrible. Como nosotros tenemos tan pocos sinfonistas, quizás estemos más abiertos a un terreno sinfónico más amplio.”

Elder también es consciente de la trascendencia extramusical de su cargo: “Un artista que trabaja para la comunidad tiene la responsabilidad de ser una voz para esa comunidad. Esto no significa que debas aparecer continuamente en el Speaker’s Corner. Se puede hacer con tu trabajo. Por eso admiro enormemente a Shostakovich, como persona y como compositor.” Y en este aspecto pone de manifiesto algunas dificultades prácticas, sin ir más lejos la excesiva capacidad de los actuales auditorios como el Bridgewater Hall, sede de su orquesta (Elder es de los que todavía se atreve a decir “mi” orquesta): “Nos iría mejor si hubiese sido diseñado para 1.800 personas y tuviéramos a la gente peleando por las entradas.” Como también deja clara alguna recomendación de mayor calado: “Die Meistersinger presenta a una comunidad que respeta sus tradiciones y demuestra seriedad para con las actividades artísticas. Debería servir de despertador para los presidentes y primeros ministros de la actualidad.”

Mark Elder demuestra autoridad desde luego, pero igualmente responsabilidad: dos conceptos con los que también se defiende –y se practica- la democracia. Lean el libro; les gustará.

Notas

Raymond Holden, “Elder on Music: Sir Mark Elder in conversation with Raymond Holden”, Royal London: Academy of Music Press, 2019, 177 páginas. HB 978-1-912892-70-9

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