España - Euskadi

Más revólveres que manos

Joseba Lopezortega

viernes, 27 de marzo de 2020
Bilbao, viernes, 21 de febrero de 2020. Temporada de ABAO Bilbao Opera, Palacio Euskalduna. Giaccomo Puccini, La fanciulla del West. Libreto de Guelfo Belasco y Carlo Zangarini, basado en la obra teatral “The girl of the golden West”, de David Belasco. Hugo de Ana, director de escena, escenografía y vestuario. Vinicio Cheli y Sergio Metalli, iluminación y vídeo. Oksana Dyka, Minnie. Marco Berti, Dick Johnson (Ramerrez). Claudio Sgura, Jack Rance. Manel Esteve, Sonora. Paolo Battaglia, Ashby. Manuel de Diego, Trin. Isaac Galán, Sid. Carlos Daza, Bello. Jorge Rodríguez-Norton, Harry. Gerardo Lopez, Joe. José Manuel Díaz, Happy. Fernando Latorre, Larkens. Cristian Díaz, Billy Jackrabbit/José Castro. Itxaro Mentxaka, Wowkle. David Lagares, Jake Wallace. Santiago Ibañez, Postiglione. Coro de Ópera de Bilbao, Boris Dujin, director. Orquesta Sinfónica de Euskadi. Josep Caballé Domenech, dirección musical. Aforo: 2164. Ocupación: 90%
Cartel de La fanciulla del West en ABAO © ABAO

Si uno piensa en La fanciulla del West, si reflexiona, si se ocupa en rebuscar sus valores y calidades, es probable que llegue a una conclusión venturosa: es un gran trabajo de Puccini. Pero si no se toma ese trabajo -que no hay por qué tomarse- entenderá que se represente poco, o casi nada. 1031 representaciones de ópera ha tardado ABAO en estrenarla, para ofrecer un ejemplo concreto. Es La fanciulla del West un título mucho más interesante en sus partes que en su todo; y toda ópera debe, de modo esencial e irrenunciable, aspirar al todo. Pese a tantos y tan inteligentes ingredientes dispuestos por Puccini para lograrlo, lo cierto es que este título sólo funciona realmente bien en el campo del análisis y la charla entre aficionados. Para mí, una de esas óperas que se disfrutan más después de la representación que en su transcurso. Pero presentarla en Bilbao ha sido una muy acertada propuesta: mejor esta imperfecta Fanciulla que otra Carmen más, por redonda que resulte.

La escena de Hugo de Ana se circunscribía a la literalidad del libreto. Si la trama y los diálogos remiten a un western en estado embrionario y poco evolucionado, la propuesta de Hugo de Ana se limitaba a subrayar esa condición naíf y superficial de La fanciulla, que paradójicamente se manifiesta también como su principal encanto: Minnie, siendo un personaje denso e interesante, tiene algo de Doris Day en el Oeste; la taberna es una declaración de amor por el color de la fotografía de los western de los cincuenta, como esos fondos que parecen deudores de los abrumadores paisajes de Centauros del desierto; los personajes, en su conjunto, no ofrecen personalidades demasiado elaboradas, ni la escena contribuye a esbozarlas. En ese sentido, Hugo de Ana parece decir: esto es Fanciulla, esto es lo que hay; y entendida así su escena es sobradamente ilustrativa y eficaz. Honesta, transparente. 

Pudimos disfrutar de unos maravillosos cantantes para cubrir los numerosos pequeños papeles dispuestos por Puccini en esa suerte de trama multitudinaria y minera que (siendo anterior, ya) recordaba la excepcional Paint Your Wagon de Joshua Logan. El trabajo de todos ellos fue impecable, excelente, y a fe que parecían disfrutar jugando a vaqueros, con más revólveres que manos. Bien todos, bien desde luego Itxaro Mentxaka, y soberbio Manel Esteve como Sonora: gran presencia actoral y un canto de calidad para un personaje con bastante peso.

El trío principal fue desigual. Claudio Sgura fue un Jack Rance de altura. Más resuelto en los agudos que en los graves, Sgura demostró excelentes dotes interpretativas, muy en su papel de malvado que no se permite serlo de forma concluyente, imposibilitado quizá por su amor hacia Minnie, que le maneja a voluntad, como a un títere, doblegándole en cada lance amoroso e incluso venciéndole a las cartas, en ese precioso y surrealista pasaje en el que la vida del amado de Minnie se juega al azar, mientras fuera de la cabaña nieva. El amado de Minnie no es, ciertamente, un prodigio de dibujo psicológico, pese a su palmaria doble personalidad: es el terrible malvado Ramerrez, que acabará confesándose salteador, pero incapaz de matar una mosca, y es también Dick Johnson, un yerno ideal. Lo cantó Marco Berti. No me gustó. No parecía en posesión de una línea de canto, no mostraba una voz bella ni poderosa, fiando su trabajo a unos agudos de hiriente potencia, sin hilazón ni coherencia con el resto de su prestación. En cuanto a Oksana Dyka, Minnie, fue un ejemplo de completa entrega a su papel. Minnie es un arquetipo de mujer intensa y resuelta, decidida a anteponer su libertad de amar sobre cualquier consideración y desprejuiciada, sin duda. Una mujer de enorme vitalidad e independencia, en resumen. Oksana Dyka encarnó a la perfección esas características que se diría que Puccini -como en otros títulos- admiraba y ensalzaba: otra gran mujer pucciniana. Dyka también cantó bien un papel no siempre lucido, pero enjundioso y exigente. Su buen paso por el escenario de ABAO debió más a la actriz que a la soprano, pero fue un buen trabajo.

La fanciulla del West es fascinante en el foso, pues exhibe el poder de Puccini como orquestador y su personalísima forma de imponer una inconfundible atmósfera en los teatros, un sonido casi físico y dotado de aromas. La Sinfónica de Euskadi trabajó a gran altura. El maestro Josep Caballé Domenech supo enseñar, con personalidad y pulcritud casi didáctica, la calidad de la escritura de Puccini, en una prestación venturosa que fue, en mi opinión, lo más redondo y depurado de la noche. Si La fanciulla del West es después de todo una del oeste, Caballé Domenech estableció desde el podio que es también y ante todo una interesante partitura. 

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