España - Cataluña

Arte y poder

Meritxell Martí

lunes, 3 de junio de 2002
Sabadell, viernes, 24 de mayo de 2002. Teatro Municipal de La Faràndula.Temporada de la Orquesta Sinfónica del Vallés.Orquesta Sinfónica del Vallés.Orfeó Català.Coro de Cámara del Auditorio Enric Granados de Lleida.Coro Infantil del Orfeó Català. Miki Mori, soprano. Lluís Sinties, tenor. Josep Domènech, contratenor. Manel Valdivieso, director. Programa: Carmina Burana, Carl Orff. Ocupación: 100%.
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De la misma manera que el futurismo es asociado indefectiblemente al fascismo italiano, Wagner o Orff se piensan en clave nazi. Quizá ya no para nosotros, pero sí para los precedentes, que han diseñado los programas en los que hoy nos basamos nosotros. Es tan extraño asistir a una exposición sobre Boccioni como tener la oportunidad de escuchar un Carmina Burana.Los cantos o poemas de Burana, remusicados por Orff los pudimos disfrutar en la Farándula de Sabadell el viernes 24 de mayo, de la mano de la Simfònica del Vallès, el Orfeó Català y el Cor de Cambra de l'Auditori Enric Granados, dirigidos por Manuel Valdivieso. Una Farándula llena, como siempre, a lo mejor porque los sabadellenses nos hemos acostumbrado a estos momentos de audición y nos sentimos privilegiados por ser sede sinfónica, pero también porque Carmina Burana es una obra relativamente infrecuente en las programaciones habituales.En un ambiente caldeado a priori, pues, la orquesta y el coro inician el Fortuna Imperatrix Mundi, y la piel se eriza con esta Fortuna cual luna, que es épica en estado puro. Y así como la suerte es variable, los poemas de Burana mudan también del latín al alemán primitivo, del sonido de las cuartas a armonías más clásicas, del castillo al salón. El brillo del sonido es reforzado por la intensidad de la interpretación. Sucede aquello que algunos manuales del aplauso dan como bueno: se comienza y se termina a la vez. Aunque es más que esto, lo que allí ocurre.Tras la media parte entran en escena Miki Mori, la soprano, y Jordi Domènech, el contratenor. El poema catorce, In taberna cuando sumus nos despierta del posible sopor de los momentos intermedios, del nudo narrativo. Por lo menos, veo que a mi alrededor el público vuelve a incorporarse en las butacas, atento. El coro de hombres, dinámico, viril, como el poema dionisiaco, marca el contraste del canto posterior, conducido por la sección infantil del Orfeó. Y comienza el avance hacia el clímax, con el poema puente Dulcissime, desgranado con una dinámica de sonido apabullante de la Mori, en una entrega absoluta que sólo es posible desde un control absoluto. Recuperamos el canto inicial, el O Fortuna, que cierra el círculo de este cancionero ecléctico con mayor intensidad, aunque sin caer en la estridencia. Es de agradecer que nuestros directores no padezcan el síndrome Hollywood que provoca que los tempos se aceleren cardíacamente como recurso provocador de la emoción musical. Ni falta que hace.Supongo que al Tercer Reich li iría bien toda aquella percusión, todo ese desplegamiento de recursos instrumentales, como propaganda de su poder atronador. Pero que a los nazis les diera por abanderarse con un tipo de arte mal llamado nacionalista no es razón suficiente para que se estigmatice a ese arte, incluso si, como los futuristas, hubiera una identificación voluntaria por parte de los artistas. Porque una vez caídos los referentes, anulados los contextos inmediatos, nos queda la imagen, la música pelada, y nuestro gusto y sensibilidad inalienables.

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