Opinión

El aplauso

Alfredo López-Vivié Palencia

miércoles, 8 de abril de 2020
Aplauso © by freepick

“Palmotear en señal de aprobación o entusiasmo.” Así reza la primera acepción del vebo “aplaudir” en el diccionario de la Real Academia Española. Cuando el público de un espectáculo musical lo aprueba o se entusiasma, aplaude, porque siente la necesidad de expresar ese sentimiento. Máxime cuando ha debido observar silencio mientras se desarrolla el espectáculo. Aunque todos sabemos que una y otra actitud están llenas de matices.

Desde luego que el silencio y el respeto predomina durante el espectáculo; pero ese necesario silencio suele interrumpirse con toses y estornudos, comentarios y cuchicheos, teléfonos móviles (llamadas, mensajes, “guasapitos” y notificaciones varias), alarmas de reloj (éstas ya en peligro de extinción), celofanes de caramelos (inevitablemente en sesión doble, al quitarlo y al plegarlo después de llevarse el dulce a la boca), aperturas y cierres de bolsos, paraguas y programas de mano que se caen al suelo, o el rasgueo de los abanicos (normalmente acompañado del tintineo de pulseras). Al fin y al cabo, todo esto no deja de ser una práctica “históricamente informada”, sucesora de la de aquellos tiempos en los que el público comía, bebía y fumaba durante la función; de manera que la denuncia de estos comportamientos es meramente retórica porque nunca serán tipificados como infracción administrativa, y en el mejor de los casos sólo son merecedores de la pena de reprensión privada por parte del vecino de butaca.

Tampoco el aplauso se practica siempre del mismo modo: hay lugares en los que es costumbre alargar las ovaciones hasta el momento en que el último asistente quiera aplaudir (particularmente en algunos teatros de ópera, y el anecdotario está lleno de supuestos récords a este respecto), y otros en los que -premiando con igual intensidad- basta un par de salidas a escena para saludar antes de que el telón baje definitivamente (entre otras razones, porque el horario del transporte público no está sujeto al mayor o menor éxito del divo o diva de turno); hay públicos que se ponen en pie a la primera y otros que –también con el mismo grado de aprobación- aplauden permaneciendo sentados; cuando el entusiasmo es desatado hay quien añade el pataleo al aplauso; incluso en ciertas ocasiones el silencio también es muestra de aprobación (el concierto anual conmemorativo del bombardeo de Dresde en 1945); y naturalmente, dependiendo del lado del charco en que nos encontremos un silbido puede tener un significado o su contrario.

¿Y el espinoso asunto de los aplausos “a destiempo”? Esos aplausos que, por ejemplo, premian un movimiento intermedio de una sinfonía o de un concierto con solista. El caso paradigmático es el tercer tiempo de la Sinfonía “Patética” de Chaicovsqui: he visto aplaudir en ese momento a públicos de toda edad y condición, desde jóvenes primerizos hasta aficionados veteranos, desde quien paga 10 euros por su butaca hasta quien paga 300, y desde públicos ruidosos al sur de los Pirineos hasta los más silenciosos al norte. ¿Es reprochable? Claro que no. Yo prefiero esperar al final de la obra, por aquello de no perder la concentración –y que tampoco la pierdan en el escenario-, pero no me atrevo a criticar a quien lo haga: al fin y al cabo la música está para eso, para provocar reacciones. Y, de nuevo, se trata de una práctica “históricamente informada”: unas veces involuntaria (el estreno de la Séptima Sinfonía de Beethoven con la repetición del célebre Allegretto), y otras premeditada (el falso final de la Sinfonía nº 90 de Haydn).

Además concurren algunos argumentos más objetivos para respetar esa práctica. En primer lugar, a falta de aplausos entre movimientos sí habrá toses -eso por descontado-, y también distraen. En segundo lugar, todos hemos sido testigos de alguna ocasión en la que, tras un aplauso a destiempo se produce una reacción de otra parte del público reivindicando silencio de manera igualmente ruidosa, y entonces más que distracción hay caos. Y en tercer lugar, en la ópera esto sucede continuamente y con consecuencias mucho más graves, y sin embargo nadie objeta esa costumbre: por ejemplo, cuando en Il Trovatore Manrico termina con sobreagudo exitoso el “aria de la pira” (siempre que enfrente no esté Riccardo Muti amenazándole con su batuta) inevitablemente se produce una ovación; de manera que –también inevitablemente- Azucena, la “madre infeliz”, se verá obligada a esperar a que se reanude la función para que su hijo “corra a salvarla” de la muerte en la hoguera.

A falta de conciertos, estos días en España se aplaude –con aprobación, con entusiasmo, y por necesidad- a quienes nos ayudan en la guerra contra el bicho maldito. Nunca a destiempo, sino puntualmente a las ocho de la tarde. Y, afortunadamente, su función no se interrumpe.   

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