Artes visuales y exposiciones

Picasso: retratos de compositores (4/4). Manuel de Falla

Rafael Díaz Gómez

miércoles, 6 de mayo de 2020
Retrato de Falla © 1920 by Pablo Picasso

El único retrato de Falla por Picasso es de una intemporalidad de signo muy diferente a la del dibujo precedente. Mientras Picasso nos muestra a un Stravinsky de gesto absolutamente humano, a Falla le confiere un total desapego por lo terrenal. Es, se podría decir por este alejamiento tan ponderado del modelo, el retrato más neoclásico de todos, pero a la vez está calando muy hondo en la personalidad del compositor español. Se trata de “la imagen más penetrante de Falla nunca hecha, que permite descubrir, bajo su apariencia exterior de timidez ­rostro adusto y lampiño, mirada altiva y cansada, labios cerrados y postura demasiado estricta, la personalidad singular, al mismo tiempo púdica y altiva, del músico.”* Falla debió de quedar satisfecho con el dibujo, porque él, que expresó su idea de que la imagen artística debía mostrar algo del interior del objeto representado y que se preocupaba porque su imagen no se viera distorsionada (siempre que pudo escogió las fotografías que debían publicarse), a menudo elegía como objeto de intercambio o simplemente de envío a amigos y colegas, reproducciones del retrato de Picasso antes que cualquier fotografía. 

Picasso supo captar con maestría el talante de un artista en absoluto vanidoso, alguien que pretendía distanciarse de su ego (no quería que su nombre figurara en la portada de sus obras) y que a sí mismo se consideraba un artesano. Son abundantes las descripciones de Falla en las que se comenta su carácter austero y recogido, y no son pocas las ocasiones en las que se le ha comparado con un monje. Quizá la más “completa” de todas ellas es esta de Ramón Pérez de Ayala aparecida en el diario La Prensa de Argentina: “Falla es algo frailecito; cartujo por su recogimiento; benedictino por su asiduidad; franciscano por su mirada límpia [límpida], de éxtasis deleitable ante las obras de Dios; carmelita por la pureza exquisita de su música, hace pensar en el otro carmelita, San Juan de la Cruz.”* ¡Tan diferente a Picasso! “¡Picasso y Falla! Tan sólo Diaghilev era capaz de una genialidad como la de confiar el destino de un ballet español a las dos luminarias más divergentes del Estado español, cada uno de los cuales encarnaba de manera casi caricaturesca las dos caras antagónicas del genio andaluz.” * En lo referente a sus respectivas carreras, si Picasso dio el salto definitivo al neoclasicismo en El sombrero de tres picos, Falla va a ser a partir de entonces cuando haga más esencial más su lenguaje musical para llegar a sus grandes obras neoclásicas de los años veinte: El retablo de Maese Pedro* que comienza inmediatamente después de Le Tricorne, y el Concierto para clavecín. El hecho de que Diaguilev le entregara a Falla las melodías de Pergolesi, según indica Jaime Pahissa*, antes que a Stravinsky y que el español no aceptara el encargo de Pulcinella, de ser cierto, no es tan importante en sí mismo como por las razones de la negativa: Falla estaba inmerso en la composición de Fuego fatuo, obra que no llegaría a estrenar, en la que la recuperación del pasado la realizaba a través de la música de Chopin, es decir, estaba trabajando en una línea similar a la que se imponía en Europa. Recordemos que los modelos para los compositores neoclásicos, aunque preferentemente dieciochescos (Domenico Scarlatti en el caso de Falla), no son los únicos: Stravinsky, por ejemplo, se acerca a su adorado Chaikovsky en Mavra y en El beso del hada.

Comparando los tres retratos de la butaca de los diferentes compositores, es interesante observar los rostros: alerta en Satie, premonitoriamente (el dibujo no se aleja demasiado de la imagen madura del retratado) deformado en Stravinsky y serenamente clásico en Falla. Pero también la posición de las manos es altamente significativa. Éstas aparecen entrelazadas en el caso del francés y del ruso (tensas en Satie y relajadas en Stravinsky) y sueltas en el caso del español, en una actitud de pose que desvela cierta rigidez. Y mientras sus colegas se muestran con el traje desabrochado y suelto, Falla lo hace atildadamente elegante. 

Son varios, pues, los detalles que revelan la profunda introspección que de los tres compositores logró Picasso. Por otra parte, si los dibujos no sólo permitían a Picasso coordinar lo más posible el ojo, la mano y la imaginación, sino también cercar un motivo, aproximarse cada vez más a él, con vistas a realizar una pintura mayor*, uno siente la tentación de considerar a sus retratos de compositores como punto de partida naturalista que acabará llevando a los dos cuadros cubistas, ya citados anteriormente, que llevan el título de Los tres músicos. Éstos, de 1921, es decir, justo un año después de los retratos de la butaca, ¿no supondrán la presentación cubista de los tres compositores que trabajaron con el pintor? ¿Los retratos naturalistas no serían una preparación para estos cuadros? Si todo el mundo conocía la extrema religiosidad de Falla, si Stravinsky es el autor de Pulcinella y Picasso lo ha deformado como un polichinela en su retrato de 1920, y si el carácter de Satie era sarcástico y mordaz como el de un arlequín (y un destacado arlequín aparece en el telón de Parade), en las dos versiones de Los tres músicos, en las que, por cierto, se ha visto un sentido de lo decorativo aprendido por Picasso en sus trabajos para los Ballets Rusos, ¿no será Falla la figura del monje, Stravinsky la del polichinela y Satie la del arlequín (respectivamente izquierda, centro y derecha en el cuadro conservado en el Museo de Arte Moderno de Nueva York)? 

Notas

1. B. LEAL: “Una meravellosa escenografia…”, en el catálogo de la exposición 'Picasso. El Tricorn'. Barcelona, Institut de Cultura de Barcelona: Museu Picasso, 1993, p 26

2. J. DE PERSIA: “Las otras imágenes” en 'Iconografía de Manuel de Falla. La imagen de un músico', Madrid, SGAE, 1995, p 42

3. B. LEAL: “Una meravellosa escenografia… , p 25

4. Obra de teatro de títeres encargo de la princesa de Polignac, que curiosamente también había hecho encargos del mismo estilo a Stravinsky ('Renard') y Satie ('Socrate'). Sin embargo, tan solo 'El retablo' se estrenó en el salón de la princesa de la avenida Henri-Martin de París

5. J. PAHISSA: 'Vida y obra de Manuel de Falla', Buenos Aires, Ricordi, 1956, p 120

6. J. RICHARDSON: Picasso. Una Biografía. Vol. II: 1907-1917, Madrid, Alianza Editorial, 1997, p 411

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