Ópera y Teatro musical

Necesitamos al público

Redacción

miércoles, 20 de mayo de 2020
Alfonso Antoniozzi © 2020 by A. Antoniozzi

En su blog Tutta la musica è leggera, el cantante Alfonso Antoniozzi ha publicado un segundo artículo el pasado 18 de abril, después del publicado el 13 de abril del mismo mes, siempre sobre el mismo tema. Nuevamente le hemos solicitado permiso para su traducción y publicación, dado su interés, ya que aunque Antoniozzi habla desde la difícil situación del teatro lírico en Italia, sus reflexiones son aplicables a todo el mundo de la ópera. 

Necesitamos al público

Inmediatamente después de la crisis económica que estalló alrededor del año 2000, los cantantes líricos han visto cómo desaparecían gradualmente una serie de derechos adquiridos en nombre de una solidaridad general que parecía necesaria para colaborar con los presupuestos ‘colador’ de las Fundaciones lírico-sinfónicas. Dando por bueno el relato de que eran nuestros honorarios lo que hacía que las cuentas no saliesen,  poco a poco hemos renunciado a la cuota de derechos por la explotación de imagen, aceptado que nuestro trabajo se difundiese en ‘streaming’ y se reprodujera en CD y DVD sin percibir ni un euro, rebajado de modo importante nuestras exigencias económicas, dado el consentimiento para que los ensayos generales públicos no se nos pagasen con un porcentaje del cachet, consentido que el pago, que teóricamente debería producirse junto con la función realizada, llegase sólo al finalizar el contrato. 

En nombre de la solidaridad, pero también, todo hay que decirlo, con la íntima convicción de que si no hubiésemos aceptado habríamos quedado excluidos del mecanismo y sustituidos por quienes hubieran aceptado las nuevas reglas (como es inevitable que suceda cuando no se tiene un sindicato que pueda defendernos) hemos dado nuestro consentimiento a una nueva forma de contrato que mantenía todas las obligaciones del contrato al que estábamos acostumbrados, dejando de lado cualquier forma de compensación que no estuviera vinculada a la representación. 

Hemos aceptado asimismo una cláusula que aparece al pie de cada contrato y que establece que dicho contrato queda subordinado no sólo a la aprobación del Consejo de Administración sino también al suministro de los fondos FUS (Fondo Unico Spettacolo). En otras palabras: tú firma aquí; si después debemos cancelar está claro que no puedes reclamar.

Un contrato fuertemente desequilibrado en favor del empleador, que al no existir ya un contrato nacional cambia de una Fundación a otra, y que, de hecho, prevé una serie de cláusulas que debemos respetar y una, una sola, que obliga a las Fundaciones: el pago.

Después hemos comprobado en los hechos que el problema no éramos nosotros, o al menos no éramos sólo nosotros, dado que pese a nuestros esfuerzos económicos los presupuestos de las Fundaciones siguen encontrando dificultades para encontrar el equilibrio presupuestario y que, como he dicho  aquí, se ha vuelto uso común de muchas Fundaciones retrasar los pagos, en algunos casos trágicos incluso un año o más. 

Aparece el COVID-19: todos en casa, no tenemos aún una idea clara sobre cuándo y cómo se podrá retomar nuestra actividad, vivimos de rumores de pasillo que llegan desde Roma y que hablan de hipótesis caprichosas, fabulando sobre medidas de prevención del contagio claramente inaplicables en nuestro caso (sólo un ejemplo: a ver quién logra que la orquesta suene con los profesores a un metro y medio de distancia uno de otro), los contratos que hemos firmado y que no se han cumplido por la situación de emergencia corren el riesgo de quedar sin efecto invocando la causa de fuerza mayor sin que tengamos derecho a exigir nada.

En todo esto las Fundaciones, con la noble y compartible intención de seguir cerca del público, emiten cada día nuestro trabajo en las plataformas de ‘streaming’ puesto que han terminado por ser propietarias absolutas de nuestros derechos, y lo mismo hacen las redes televisivas. A nadie parece habérsele ocurrido, no sé, hacer pagar una cuota mínima para conectarse y  entregar la cantidad resultante a los artistas que se ha presentado en ‘streaming’, o, en el caso de la televisión, enviar una cantidad, aunque sea simbólica, de solidaridad a los protagonistas de sus transmisiones. Como si dijéramos: somos todos una gran familia, pero, con todas nuestras excusas, habéis firmado. Paciencia.

Creo, pues, que en este período de silencio impuesto los profesionales del espectáculo deberían, todos juntos y sin excepción, encontrar la fuerza de hacer entender algunos conceptos simples:

- El nuestro es un trabajo, y como tal hay que retribuirlo puntualmente 

- La explotación del derecho de imagen debe volver a ser negociable 

- La transferencia de nuestro trabajo a soportes como CD y DVD debe volver a ser objeto de tratamiento por separado 

- Es inaceptable seguir firmando contratos tan severamente desequilibrados a favor de la protección del empleador y tan poco inclinados a la del trabajador, y que no sigan unas líneas maestras comunes a todas las Fundaciones 

- Es preciso que el Ministerio subordine el suministro de fondos, o de una parte de los mismos, a la reprogramación en la cartelera de aquellos espectáculos que, a causa del COVID-19, se han visto suspendidos. En otras palabras es imperativo que el ministro diga claramente que "suspendidos" no significa "cancelados".

Cinco cosas, y aquí me detengo, que constituirían por sí solas un éxito. 

Si la crisis económica ha pulverizado progresivamente nuestros derechos, el riesgo de que esta emergencia nos aseste el golpe de gracia ante el silencio de las instituciones y que volvamos a trabajar en condiciones aun peores, y tal vez poniendo además en peligro la salud ‘con tal de salir a escena’ es de veras muy alto.

El pequeño obstáculo que hay que sacar del engranaje es muy simple: no obstante nuestro afecto por el público, no obstante nuestra alegría por hacer música, no obstante todo el aspecto ‘glamour’ del hecho que hace de nosotros, sin ninguna duda, personas privilegiadas porque llevamos el pan a la mesa haciendo algo que amamos, no obstante todo esto, hay que hacer entender el concepto de que somos trabajadores y que el nuestro es un trabajo.

Y necesitamos que sea el público, el mismo público que cada día en las redes sociales se dice impaciente por volver al teatro, quien haga oír su voz junto a la nuestra en defensa de los sacrosantos derechos de quien tiene el privilegio, con su trabajo, de regalar en cada oportunidad una emoción a quien se sienta en platea o delante de una pantalla. Si nuestras grabaciones os entretienen en este triste período, si el confinamiento os parece menos pesado gracias a nuestra compañía virtual, ha llegado el momento de dejar que no sean sólo los trabajadores del espectáculo quienes den batalla.

Poneos junto a nosotros. Ayudadnos. Hagamos entender, juntos, el concepto de que el nuestro es un trabajo. Por sí solo, esto sería un buen paso hacia adelante.

Gracias 

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