Ópera y Teatro musical

Plácido Domingo y el derecho a cantar

Vicente Carreres

viernes, 22 de mayo de 2020
Plácido Domingo © 2019 by Catherine Ashmore

Para mí la ópera nació en el 84, en un cine de Valencia, cuando mi madre se empeñó en que viera la Carmen de Francesco Rosi. Entré sin expectativas, pero salí en shock, sobrecogido por la pasión de aquel hombre locamente enamorado, que se precipitaba al abismo cantando como un ángel y como un demonio. Ese hombre se llamaba Plácido Domingo y aquella interpretación me abrió un mundo maravilloso que se llama ópera.

Hoy resulta intempestivo recordar al cantante en estos términos, pero creo que es también necesario. Desde luego que estaba justificado investigar algunas de sus conductas del pasado como director general de la Ópera de los Ángeles, porque son graves las acusaciones que se han hecho contra él y no se trata de una mera difamación. Pero eso no implica negar lo que este hombre ha hecho como cantante. Quien de verdad ama la ópera, quien realmente la necesita para tener una vida más plena y más intensa no puede prescindir de este artista, aunque haya hecho cosas que se deban condenar. Mi experiencia con la Carmen de Rosi no es más que un ejemplo de los cientos de miles de experiencias de personas anónimas a quienes Domingo les ha dado sensaciones que no van a olvidar. Sensaciones que justifican un viaje, colas interminables y todo lo que haga falta. Porque luego el cantante te lo compensaba con creces, dándolo absolutamente todo, jugándose el tipo en cada compás, como si su voz no tuviera límites físicos ni expresivos. Cada noche parecía la última. Cada papel era un asunto de vida o muerte, ya fuera encarnando a Don José, Otello, Canio, Cavaradossi o Lohengrin. ¿Por qué si no ese récord Guinness de ochenta minutos de aplausos en el 91? ¿O el famoso ranking de la revista BBC Music, donde un selecto grupo de críticos lo declaró el mejor tenor de la historia, por delante del mítico Caruso?

De ningún modo quiero decir con esto que su indiscutible grandeza como artista exima a Domingo de sus responsabilidades fuera del escenario frente a las mujeres que aseguran haber sido acosadas por él. Al contrario: aunque no se haya instruido un proceso judicial, aunque técnicamente no estemos hablando de un delito, aunque sea difícil aducir pruebas concluyentes casi treinta años después, es de justicia reconocer que sí hay indicios de acoso. Se desprende de las propias declaraciones del tenor argumentando que no creía que estas mujeres se sintieran acosadas y que de ningún modo obstaculizó sus carreras profesionales. Lo cual viene a coincidir con los recientes resultados de la famosa investigación realizada por la propia Ópera de los Ángeles, que sí encuentra indicios de acoso, aunque no de abuso, ni ninguna prueba de que el cantante perjudicara profesionalmente a sus colegas.

En cualquier caso, los hechos, no del todo esclarecidos pero sí verosímiles, hieren muchas sensibilidades, y entiendo que se desposea al tenor de sus cargos de gestión, e incluso que se plantee retirar su nombre de algunas calles o instituciones, puesto que en teoría estos lugares llevan el nombre de ciudadanos ejemplares y la ejemplaridad de Domingo está en tela de juicio. Pero me parece injusto impedirle cantar. ¿Por qué no puede el aficionado decidir según su propia conciencia si lo escucha o le da la espalda? Repito que penalmente no hay ninguna causa abierta. ¿Es entonces tan necesaria la tutela moral de las autoridades públicas y los gestores de los teatros? ¿Hasta qué punto puede negarse el derecho a cantar? Estoy de acuerdo en que hay importantes conexiones entre la ética y la estética, pero no son lo mismo. Es preciso que el arte y la música tengan un mínimo de autonomía. Si no la hubiera, tendría que retirarse de la circulación la obra de otros muchos artistas y músicos, como el genio renacentista Carlo Gesualdo, asesino de su propia esposa, o el gran Johannes Brahms, por ser cliente de prostíbulos, o el promiscuo Puccini, cuya infidelidad compulsiva condenó a su mujer a una crisis nerviosa permanente*. ¿Cuántas obras, cuántos artistas tendrían que ser sacrificados de aplicarse este rigor moral?

Por otra parte, tampoco creo que Domingo sea ningún monstruo. Por inaceptable que fuera aquella conducta, su personalidad tiene más dimensiones. Es la misma persona que vimos profundamente afectada por el terremoto de Méjico del 85, apartando escombros con sus propias manos y donando una suma astronómica para las labores de reconstrucción; la misma que ha impulsado el ascenso de muchos cantantes jóvenes, hombres y mujeres; la misma a quien le brillan los ojos cada vez que habla de sus padres o su familia; y en definitiva, la misma persona que ha puesto en el mapa la Ópera de los Ángeles, de donde proceden las acusaciones. Está claro que ha saltado por los aires la imagen de patriarca venerable, eternamente fiel a su esposa e inmune a todas las tentaciones, pero ¿quién podía creerse eso? No hacía falta pertenecer a su círculo más íntimo para saber que la leyenda blanca era un cuento de hadas, tal vez útil para los medios de comunicación, pero poco verosímil. Sin embargo, tan ingenuo y tan equivocado como eso es irse al polo opuesto, convirtiendo a este hombre en un gánster sin escrúpulos. ¿Por qué seguimos necesitando mitos de una pieza, por qué la superestrella ha de ser a la fuerza ángel o demonio? ¿Es que no hay un término medio entre la glorificación y el linchamiento?

A finales de abril El Periódico se hacía cruces al anunciar que la Ópera de Viena no había cancelado las representaciones del tenor. Su director quería darle la posibilidad de despedirse de un público que lo adora, desde que debutara en la Staatsoper hace más de 50 años. Y no es la única excepción. Hay más países, auditorios y teatros que mantienen en sus calendarios las actuaciones del tenor. ¿Quiere eso decir que sus públicos son más insensibles que el español, menos cultos, más machistas? ¿Significa eso que España y Estados Unidos, por cancelar las actuaciones de Domingo, son moralmente superiores a los aficionados vieneses? Para mí, no. Tampoco inferiores, por supuesto, pero sí pienso que su punto de vista es más equilibrado que el nuestro. Claro que les indignan los acosos, claro que están de acuerdo en investigarlos y perseguirlos. Pero no prohíben cantar.

Que se condene entonces todo lo condenable, todo, absolutamente todo, pero nada más. Que no se caiga en el resentimiento ni en la demonización, ni se nieguen los otros aspectos de la persona y del artista, y sobre todo que no se censure su voz. Porque perdemos todos. Y porque este artista nos ha dado momentos de auténtica gloria. Momentos que quedarán para siempre, y que yo, al menos, pase lo que pase, le agradezco con toda mi alma.

Notas

Hoy día ya no parece justo imputar también a Puccini el famoso suicidio de una empleada del hogar. Si hay que buscar un responsable, todo apunta a su esposa, que, devorada por unos celos infundados en este caso, aireó sus sospechas de adulterio creando un escándalo que la joven no pudo soportar. La autopsia demostraría que era virgen.

Comentarios

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22/05/2020 13:15:21

el tema es complicado, pero aquí va alguna reflexión más... Yo he admirado tanto como el autor (no sé si más, no creo) al artista sin haber apreciado nunca demasiado a la persona, justamente por lo que el autor menciona de la 'leyenda blanca'. El problema es que de un tiempo a esta parte yo procuro NO ir a ver al Domingo que parece inmune a cualquier crítica musical y parece/parecía destinado a morir sobre un escenario (o, a lo peor, en el foso de una orquesta donde nunca tuvo mucho que hacer). Hay teatros que prefieren llenar fácilmente una noche (y en según qué sitios con Plácido los llenan a ojos cerrados independientemente de qué haga; en alguno incluso cuando dirige - y los que tenemos oídos además de ojos pasamos  sofocos- y no estoy señalando a Viena, que es obvio) o que tienen afecto al cantante, o comparten con él esos gustos que últimamente le han acarreado problemas, y no van a tirar piedras contra su propio tejado por la cuenta que les trae. Y sí, hay públicos y países a los que parece no importarle absolutamente nada lo que Domingo haga, no sólo fuera de la escena sino, últimamente, en ella. Pues cada uno elige. No veo que nadie se mese las barbas porque lo mismo, exactamene, le haya ocurrido a un tenor importante -que a mí no me interese no es óbice para que reconozca su 'gancho'- como Grigolo al que se le han cerrado las puertas del mundo anglosajón, pero sigue cantando en Italia, Suiza, creo que Alemania, en países exóticos, en Austria... y en España me parece que no porque el propio artista no debe de estar muy interesado (recordemos su cancelación del protagonista de Los cuentos de Hoffmann en el Liceu de la que hasta ahora carecemos de explicación). Domingo es un cantante histórico sin ninguna duda (después si es mejor que Caruso, Gigli, Martinelli, Pertile, Bergonzi es opinable, como lo es su afán de coleccionar papeles, muchos de los cuales no profundiza ni ha profundizado en la segunda mitad de su carrera). Yo personalmente preferiría verlo retirado por propia voluntad: el famoso Indian Summer al que se referían, él y sus adoratrices neoyorquinas (conozco algunas inconsolables) al parecer ha acabado, pero algunos no se dan cuenta, lo que puede ser lógico y entendible, pero Verdi, por ejemplo, no tiene la culpa. Y a propósito, la diferencia con Puccini, Gesualdo, Brahms y podríamos seguir y ampliar la lista con, por ejemplo, los que murieron de sífilis, es que ellos fueron compositores, no intérpretes, y todos sabemos que las personas más ilustres tienen pies de barro, pero aunque  nos den grima de sus obras no podemos prescindir. Del gran Plácido quedan sus grabaciones en distintos soportes, y lo nuevo o último francamente no está a la altura de lo anterior y sí, desde un punto de vista estrictamente artístico resulta prescindible; como fenómeno sociológico no, `pero para el análisis ya hay abundante material...



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