Opinión

De 'Ecce Homo' a 'Se questo e un uomo'

Agustín Blanco Bazán

viernes, 5 de junio de 2020
Ecce Homo (c. 1435) © by Fra Angelico

De los asesinatos en los campos de concentración nazi nos cuentan los sobrevivientes y las filmaciones de cadáveres descompuestos. Pero no hemos visto el momento en que las víctimas expiran entre ahogos y contorsiones. El martirio de George Floyd es algo diferente porque lo vemos completo en un vídeo de más de nueve minutos, no solo con un antes y después, sino también durante una asfixia y estertores provocados sin necesidad de cámaras de gas o armas de fuego. ¡Qué fácil es asesinar a un indefenso, simplemente con una rodilla aplicada a su cuello! El asesino actúa con la calma y profesionalidad de un torturador de oficio. Y la víctima implora con desesperación decreciente, hasta entregarse en una exhalación postrera y una mirada perdida para siempre. Ecce Homo! 

También podemos exclamar Se questo e un uomo, porque como en el relato de Primo Levi, la causa de este martirio en Minneapolis es el racismo obsesivo predicado por el mandamás  político de una nación hegemónica. No necesitamos que nadie nos cuente lo que ocurrió con la víctima y por ello no podemos dudar de su martirio sin dudar de nuestros ojos. Sólo que ésta reflexión no vale para la hipocresía de los supremacistas blancos. Tan convencidos están de ser superiores a Floyd como lo estaban de serlo a las víctimas de sus Napalm en Vietnam. Y tan diferentes se sienten de los civiles que sus soldados mataron desde un helicóptero en Iraq, para luego condenar por traición a la patria a quién filtró la filmación top secret de este crimen. 

En el caso de Floyd, los intentos de relativizar el exhibicionismo fílmico de una crueldad extrema fueron torpemente perceptibles en algunas evasivas excusas iniciales: la víctima hablaba y por ello sus victimarios descontaron que podía respirar y se llamó una ambulancia que lo llevó en agonía al hospital. Pero la pericia independiente no hizo sino corroborar lo que muestra el vídeo: es torpemente inexacto de acuerdo a la ciencia forense pretender que alguien que puede hablar también puede respirar. Y la ambulancia que llegó cinco minutos después partió al hospital con un cuerpo muerto, no como “ambulancia” sino como carroza fúnebre. 

En Londres, la ciudad desde donde escribo, la reacción fue una espontánea quiebra del confinamiento pandémico con una manifestación cuyo mérito fundamental fue el acercamiento de hombres y mujeres sedientos de aglomerarse por encima de cualquier riesgo de contagio. Tal vez esta reacción explosiva ante una muerte tan bien televisada esté ligada a las muertes que no vieron, pero presintieron, como consecuencia de una política de estado consumada a escondidas: de los casi cuarenta mil muertos por el coronavirus, mas del cincuenta por ciento fueron ancianos clausurados en establecimientos sin atención médica apropiada y sin posibilidades de ser trasladados a los hospitales siempre vacíos promocionados por el gobierno como maravillas construidas en pocos días. También estas víctimas se enrolan en la discriminación de otra sociedad dominada por un sistema cruelmente elitista. Sólo que no las vimos morir y sus victimarios pueden escudarse en una negligencia que no alcanza el salvajismo del homicidio premeditado. Lo mismo ocurre con el desproporcionado número de víctimas del virus en las minorías étnicas documentado en un informe oficial. 

Pero gracias a Floyd ahora podemos honrar mejor los últimos suspiros de quienes no vemos. Podemos hacerlo con una consciencia implacablemente curtida para conocer con nitidez cinematográfica la hoja de ruta de quienes se sienten lo suficientemente fuertes para imponerse a quienes desprecian como débiles. El antisemitismo de Richard Wagner repugna porque el compositor desprecia a los judíos no tanto como “raza” sino como una diáspora de débiles naturalmente subyugable por los fuertes. El retruque de San Pablo es que “cuando soy débil soy fuerte” y es en esta paradoja que las imprecaciones de Ecce Homo y Se questo e un uomo adquieren una fuerza suficiente para protestar en desafío a cualquier virus o toque de queda. No sé si habrá líderes políticos capaces de manifestar paseando juntos por la calle, como ocurrió después de la masacre de Charlie Hebdo: después de todo, es del mas poderoso entre ellos que sale la narrativa inspiradora del salvajismo de este asesinato a rodillazos. Sea como sea: o todos somos George Floyd, o no somos nada que valga la pena.

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