Novedades bibliográficas

Cuando el bolívar era convertible

Alfredo López-Vivié Palencia

miércoles, 17 de junio de 2020
Deshabitando el alma © 2020 by Kálathos

A pesar de ser un gran músico venezolano, Manuel Hernández Silva (Caracas, 1962) no es hijo de El Sistema. Hizo allí una pequeña incursión en sus tiempos de estudiante, pero no le convenció (“un proyecto que hubiese sido realmente maravilloso si él (José Antonio Abreu) no hubiese sido tan tenebroso y maquiavélico”); aunque tiempo después, con su diploma de director bajo el brazo y tras la trágica muerte de Eduardo Mata, sí trabajó durante cinco años con la Orquesta Simón Bolívar. Al contrario, el joven Manuel Vicente estudió música en la academia Emil Friedman, para quien no escatima elogios ni agradecimientos. Desde 1999 el maestro Silva tiene nacionalidad española (“Somos parte esencial de esa España plus ultra; de esa España de ida y vuelta de la que, queramos o no, formamos parte. Yo a muchísima honra.”), y Venezuela es el recuerdo de “aquel país, hoy tan lejano para mí.”

Sin embargo, dos terceras partes de esta autobiografía* volcada en la vista atrás (de ahí el título del libro) están dedicadas a los primeros veinte años de la vida del autor, trascurridos a orillas del Caribe. Y, a juzgar por lo que se lee, muy felizmente vividos en tres compañías esenciales: su familia (un padre un tanto tarambana con el que se divertía mucho, una madre seria y “culona” –entiéndase como piropo, pues no debe olvidarse que el trasero latino es una de las siete maravillas de la biología-, y un sinfín de parientes todos ellos de grato recuerdo); sus amigos (otra lista interminable), con algunos de los cuales mantiene relación a día de hoy; y la música, eje de su vida: en la teoría (“Merengue, joropo y Mozart, así ha sido siempre, pues en casa tenía lo popular, que es la madre del cordero, y en el colegio a Mozart, casi monográfico, que era la música del maestro Friedman”); en la práctica (“Cuatro, maracas, violín y viola, esos fueron mis instrumentos”); y en la fiesta (“La música solía comenzar tarde, cuando se había comido y bebido un poco, música a palo seco no suena, al menos la venezolana.”)

En 1982 Silva se fue a estudiar viola (con Hato Bayerle, del Cuarteto Alban Berg) y dirección (con Reinhard Schwarz, por quien profesa devoción) en la Hochschule de Viena, con el dinero que le enviaban de casa –su madre tenía un buen puesto en la Administración pública-, hasta que pocos meses después “cayó sobre la economía venezolana el fatídico viernes negro: 18 de febrero de 1983” (devaluación vertiginosa del bolívar frente al dólar, derivada de las políticas de control de cambios y de restricción a la salida de divisas). Tras ello, los fondos de la beca que consiguió llegaban cuando llegaban, si es que llegaban; de manera que el estudiante Silva tuvo que buscarse la vida tocando la mandolina en locales de ocio nocturno. Pero en absoluto Silva relata esas estrecheces con dramatismo, porque a pesar de todo disfrutaba de sus estudios –apenas un par de años después de la viola ya fue admitido en las clases de dirección, que era su objetivo- y de los espectáculos de la ciudad: “¡Qué hermosa era la ópera en aquellos años! Sobre todo las puestas en escena: Zeffirelli, Wood, Herz y el gran Otto Schenk, un genio del teatro.”

“De mis amores contaré poco, pues el amor es siempre cosa de dos y… o hablan los dos o no habla ninguno.” Por eso Silva –que demuestra así ser un caballero- apenas refiere sus intimidades venezolanas, y menciona telegráficamente que en Viena conoció a su primera esposa –con quien tuvo una hija-, que más tarde obtuvo la disolución canónica de ese matrimonio, y que se volvió a casar con una española. En cambio, sí se detiene para explicar minuciosamente el examen final de sus estudios en 1989: orquestar una parte de las Variaciones Diabelli; tocar al piano y cantar una escena de Madama Butterfly; dirigir (con dos pianos) el Vals del Emperador, una escena de La Flauta Mágica, y la Cuarta Sinfonía de Brahms; y finalmente la prueba con orquesta, dirigiendo el Concierto para piano de Schumann. Con legítimo orgullo Silva recuerda que le confirieron el diploma “con la máxima calificación.”

Hubiera deseado que Silva se extendiese sobre sus temporadas de empleo en la Simón Bolívar, sus “quince largos años” rodando por el mundo con la Wiener Mozart Orchester, o su breve estancia al mando de la Orquesta de la Región de Murcia. Del mismo modo que comprendo que no es todavía el momento de que cuente cómo le va en Málaga y en Pamplona (modestia aparte, un servidor ha tenido el placer de contarles a ustedes que sus visitas a Compostela se saldan invariablemente con éxito rotundo). Pero reconozco que esa misma concisión le basta a Silva para dejar claras las cosas que verdaderamente importan: la música, “Clasicismo vienés puro que, por cierto, vale para todas y cada una de las sinfonías de Schubert, aunque se empeñen en encerrarlo dentro del romanticismo”; y la libertad, “La peor enfermedad que puede sufrir la sociedad es el pensamiento único instalado en los extremos.”

El libro está editado espartanamente (como espartano es su precio), pero como sospecho que se va a leer más en España que en Venezuela, sugiero que para próximas ediciones se incluya en él un breve apéndice terminológico (la enorme riqueza de nuestra lengua compartida hace que de este lado del charco no conozcamos algunas palabras: bojote, joropo, tongonear, chinchorro, mecates, cazabe…). Minucia que resulta ampliamente compensada con el estilo fresco que demuestra don Manuel para escribir en seis por ocho –con elegante rubato vienés en forma de comas-, de modo que todos los párrafos –alguno de varias páginas- se leen con el mismo agrado con el que se escucha el merengue.

Notas

Manuel Hernández-Silva, "Deshabitando el alma", Madrid: Kálathos ediciones, 2020, 104 páginas. ISBN 9788494950964

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