250 aniversario de Ludwig van Beethoven

La última bala de cañón de Waterloo (2)

Hugo Gómez-Chao Porta

viernes, 3 de julio de 2020
Ludwig van Beethoven ca 1824 © Ferdinand Waldmüller / Dominio público

En junio de 2018 fui por primera vez a Viena. Iba a unos ensayos en Konzerthaus a los que me habían invitado para escuchar una pieza nueva de Beat Furrer y la Tercera de Mahler. Ese día estuve puntualmente allí, me colé entre los músicos para poder entrar en Konzerthaus y me senté a escuchar. Después de dos horas de ensayo, justo cuando hicieron la pausa para comenzar con la Tercera, recogí mis partituras y me fui. Cogí un tranvía cerca de Ringstrasse para ir al cementerio de Zentralfriedhof porque quería presentarme ese día a Beethoven y Schubert. 

Uno tiene que viajar en ese tranvía cerca de cuarenta minutos atravesando el centro de Viena y salir a las afueras. Es un paisaje desolador, con edificios de factura comunista, desgastados, con tonos pastel descoloridos. Se atraviesan muchos barrios empobrecidos donde solo hay locales de comida rápida y tiendas de muebles pasados de moda hasta llegar a una especie de campo yermo, cultivos desocupados y llenos de maleza quemada por el sol. Es un camino hacia el cementerio, al fin y al cabo. Cuando se llega a Zentralfriedhof la cosa cambia: hay un inmenso parque, lleno de castaños y pinos donde cada dos pasos hay lápidas, nombres escritos sobre las piedras, apellidos de dios sabrá quién esparcidos por los senderos de hierba. No hay más sonido que los árboles y los pájaros. Después de caminar un rato muy largo me paré en seco y me di la vuelta, como si alguien me hubiese advertido de un error. Me giré y tenía delante de mí un círculo de abetos con dos obeliscos blancos. Sobre uno pendía una lira con el nombre de Schubert; en el otro sólo estaban escritas las letras de Beethoven.

Allí estaba yo, después de tanto tiempo, bajo el sol de junio, bajo el cielo azul y las cigarras, los pájaros y los árboles, delante de los dos. Me dije: “Estás con ellos”. Estuve callado todo el rato, sin poder quitar la vista ni de uno ni de otro, anclado al suelo, temblando pero no de frío, tranquilo y excitado a la vez, sonriendo de felicidad o de vergüenza, con la alegría de haber llegado a donde quería llegar después de veinte años. Los árboles verdes me protegían sin ser interrumpido y sentía la más pura intimidad. Estaba solo, pero no estaba solo del todo. Me quedé allí horas en silencio mirando al suelo y pensando que esto era lo más cerca que nunca podría estar de esos dos hombres. Di las gracias por la Quinta, por la Kreutzer y la Sonata en la bemol mayor; por Du bist die Ruh, el Viaje de invierno y la Muerte y la doncella. Lloré por esos dos hombres que tenía enfrente; por Beethoven y Schubert; por Mozart, Mahler y Brahms; por el cielo azul y las cigarras; por la música.

Las nubes pasaban rápido. Empezaba a atardecer y se hacía tarde. Me di la vuelta para coger de nuevo el tranvía y volver a los ensayos.

Es diciembre de 1813. Es el día más importante de la vida de Beethoven, de su vida pública, quiero decir. Él no lo sabe. Se arregla el lazo del cuello, se pone impecablemente la levita azul y coge la partitura, sale de su casa y va al teatro. Faltan diez minutos para el estreno de la Séptima. Están los cincuenta músicos: ríen y hacen chistes, comentan pasajes imposibles que no se pueden tocar y errores de armonía que hay en la obra. Beethoven, claro está, no los escucha: tan solo ve a esos cincuenta espectros, esos cincuenta trajes negros con pajaritas blancas revoloteando de arriba abajo, riéndose o haciendo muecas, como cuervos picoteando un trozo de carne. Se dice para sí que va a salir bien, que aunque no haya habido ensayos todo saldrá como debe salir puesto que la música pertenece al mundo del bien y no al mundo de los cuervos. Nadie, salvo Beethoven, sabe lo que va a sonar. Los músicos entran a escena. 

Se sientan los cincuenta músicos, esos de los que no sabemos el nombre: esos músicos profesionales o estudiantes de música que lograron sacar un par de horas para memorizar las doce notas; que consiguieron con mucho esfuerzo aprender la colocación de los dedos sobre las cuerdas o a soplar dentro de un tubo; que aprendieron a afinar las tripas de oveja y se alegraron al ver que su esfuerzo daba como resultado algo que sonaba, milagrosamente, y que esto se debía a su propia voluntad y por ello saltaron de alegría cuando comprobaron que sus propias manos podían hacer algo de provecho; esos que creyeron curar su mediocridad repitiendo incesantemente los mismos pasajes, de arriba a abajo, día tras día, mientras la vida los machacaba, los consumía o los agotaba escala tras escala. Y luego están Salieri, Hummel y Spohr, que han venido para reforzar las cuerdas y tocar los timbales; que no hacen muecas menos exageradas y chistes menos crueles que los otros. Salieri, Hummel y Spohr que, a pesar de pertenecer al territorio del bien, de la música, picotean como los cuervos y solamente han venido para reírse. Está Weber, que no toca en la orquesta, pero que ha venido desde Dresde para asistir al estreno por caridad, por admiración hacia Beethoven, y que por caridad y admiración ha pagado cincuenta coronas por una butaca en primera fila. Todos miran a esa enorme caricatura de director de orquesta que hay sobre el podio. Se dicen para sí que el milagro de la Quinta no ha sucedido. Hummel, Salieri y Spohr se miran, les brillan los ojos negros, no hablan entre sí pero cada uno sabe qué diría el otro. Al final del movimiento Beethoven hace una pausa. Los músicos afinan las tripas de oveja. Beethoven cierra los ojos y levanta las manos. Ocho hombres soplan dentro de ocho tubos de madera y metal. Suena el acorde de la menor. Aparece la Música en Persona. 

Y entonces Weber levanta la cabeza, escucha esas cinco repeticiones de la nota mi, siempre la misma y sonando siempre diferente. Salieri, Hummel y Spohr escuchan y poco poco dejan de tocar, apoyan sus instrumentos en las rodillas, se les tuerce un poco la comisura de los labios, se secan el sudor de la frente. Weber los mira y algo llama su atención, un escalofrío le recorre todo el cuerpo de punta a punta, un rayo lo parte en dos. Escuchan cómo todo el teatro, los nobles de Viena, las princesas rusas, los zapateros y los estudiantes de música empiezan a llorar. Salieri, Hummel y Spohr sienten el mismo nudo en el pecho, el mismo suspiro ahogado, se llevan las manos a la cara o cierran los ojos mientras suena esa voz de ultratumba, esa enunciación terrible que es la Música en Persona. Y entonces rompen a llorar. Lloran por algo que no había ocurrido desde que Jesús fuera crucificado por segunda vez en Leipzig setenta años atrás; lloran por sus madres que llevan calladas muchos años bajo tierra; por su juventud naufragada entre escalas y sonatas para piano; por esos amores que los encendieron un día de verano como cohetes de feria y luego los hicieron trizas; por haber consagrado sus cincuenta, sesenta o setenta años a crear gorgoritos debajo de la lengua y no haber merecido ni una sola lágrima; por no haber conseguido más que cortesía y compasión. Y es que la Música en Persona hace con ellos lo mismo que ellos habían hecho con las ovejas, es decir: los destripa, los ata a un mástil y luego los tensa al máximo, los afina en su gran instrumento y con un movimiento rápido los golpea, los hace vibrar o arranca de ellos un suspiro, una exaltación, los hace llorar o gritar de alegría. Todo el teatro se pone en pie. Escuchan los aplausos de esas mil personas que no esperan a que acabe el movimiento. Ven al hombre sordo, al salvaje indiferente, ausente de ese milagro que ocurre allí. El público le pone a Beethoven la corona de laurel delante de Weber, Salieri, Hummel y Spohr y ellos saben que nunca llegarán a eso, que no hay más repartos de laureles, que lo único que les queda es acabar el concierto, recoger sus violines e irse a casa a no poder dormir en toda la noche mientras lo que acaban de oír los consuela de todo esto, los abraza cariñosamente como una madre invisible y les seca las lágrimas al tiempo que les promete que nunca ni una de esas notas saldrá nunca de sus plumas. 

¿Qué es lo que suena aquí? ¿Quién ha escrito esto? ¿Dios? ¿Beethoven? ¿La Inspiración? ¿Cómo se puede ser tan ambiguo, tan impreciso y a la vez tan exacto, tan certero? ¿Desde dónde suena esta música? Oímos el ritmo que se acelera y cae. Oímos cómo Beethoven nos brinda un par de compases perfectos y luego se los carga, hace trizas esos compases y todo resulta más perfecto aún. Oímos esa melodía torpe que avanza y se transforma, sin que sepamos cómo, en algo que en esos años del XIX hubieran calificado de sublime. Cierto es que esta cosa de lo sublime nos da risa. Nos reímos y eso nos consuela de nuestra propia miseria, de nuestro poco sentido y nuestras penas personales. 

Sabemos, por lo demás, que quien llega a ese punto, a juntarse en esas altas esferas de la perfección, acaba saliendo mal parado, y es que en 1826 la Música en Persona acabó por liquidar a ese hombrecillo: se lo tragó, como la ballena a Jonás, o lo sepultó bajo su voz terrible, es lo mismo. No queda ya nada del salvaje de Goethe ni de la bala de cañón de Waterloo. Queda el alma destrozada por el café, la espalda dolorida, las velas encima de la mesa y esa tos seca y brutal que acompaña al humo del tabaco y que es preludio de la muerte. Beethoven ya no compone la Eroica, ni la Novena ni la Séptima. Habla de Saúl y David, de la Décima, de Los Elementos y de la Obertura sobre el nombre Bach. Compone el decimocuarto cuarteto para cuerda. Escribe la música que mata, como la última tos: breve y definitiva. Schubert, ese día, al salir del estreno, diría “¿Qué nos queda al resto por hacer?”. Resignarse, tal vez. Escribir, si a uno se le antoja, un par de lieder más, un par de sinfonías con coros, el Tristán o A Carlo Scarpa.

¿Qué nos queda a nosotros por hacer? Nada. Escuchar y morir. Cansarnos de escribir un día, cuando hayan pasado otros doscientos cincuenta años, cuando ya sólo quede el Capital sobre la faz de la tierra y el milagro de la Séptima sea tan sólo un cuento de viejas, cuando solamente existan flores en los cuadros y no se llore más que en las películas antiguas: cuando no haya nada más entre nosotros que amor propio e indiferencia. 

Un viernes a las tres de la tarde se despertará después de cuatro días con fiebre. Abrirá los ojos con mucho esfuerzo. Pedirá un papel para apuntar el dona nobis pacem. Escribirá los cuatro sostenidos que marcan el do sostenido menor. Sentirá el sabor a plomo debajo de la lengua y apoyará el lápiz sobre el papel al tiempo que escucha algo que llega desde muy lejos, una de esas cosas que solamente suenan por dentro y que nunca alcanzamos a entender del todo. Levantará la mano, según Schlinder, o, según Holz, oirá la lluvia y las campanas. Murmurará una frase en latín. Un suspiro rápido, una inspiración o la última agonía. Morirá en la belleza de su obra y nosotros, callados, inclinaremos la cabeza.

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