Alemania

Olli Mustonen o cómo destrozar a Beethoven

Juan Carlos Tellechea

viernes, 10 de julio de 2020
Duisburg, jueves, 25 de junio de 2020. Landscape Park North, Blower Hall de Duisburgo. Olli Mustonen, piano. Ludwig van Beethoven, Nueve variaciones sobre el tema Quant'è più bello de la ópera La Molinara, de Giovanni Paisiello WoO 69; Seis variaciones sobre Rule Britannia WoO 79; Siete variaciones sobre God save the King WoO 78; Doce variaciones sobre el baile ruso del ballet Das Waldmädchen, de Paul Wranitzky WoO 71; Sonata número 21 en do mayor opus 53 Waldsteinsonate. Klavier-Festival Ruhr 2020. Aforo 25%, reducido por las medidas de prevención contra el coronavirus.
Olli Mustonen © 2020 by Sven Lorenz

En realidad la presente edición del Klavier-Festival Ruhr iba a estar dedicada a tocar todas las obras para piano de Ludwig van Beethoven, en la conmemoración del 250º aniversario de su natalicio. La anulación o postergación de casi todos los conciertos puso patas para arriba esos planes, y ahora solo es posible escuchar algunos recitales del programa original, entre ellos éste con una serie de las primeras variaciones de Beethoven, cuando su estrella ascendía sobre el firmamento de Viena, compuestas entre 1795 y 1803. 

Las variaciones se basaban en melodías agradables que brindaban al compositor la posibilidad de ejercitar todo tipo de escapadas, lo que también resultaba interesante para Beethoven desde el punto de vista económico. Estas variaciones, así como la Sonata número 21 conforman el programa de esta tarde con el pianista finlandés Olli Mustonen (Helsinki, 1967) en el auditorio de la Blower Hall del precioso Landscape Park North de Duisburgo.

Sin embargo, el pianista no tenía ninguna gana de ponerse al servicio de Beethoven y colocar sobre el escenario las variaciones tal como las había concebido el compositor. Más bien las notas, correctamente tocadas, servían para que Mustonen hiciera las más peregrinas reinterpretaciones que le venían en mente.

Ya en el primer tema, "Quant'è più bello", de la ópera La Molinara, de Giovanni Paisiello, el pianista descuartiza literalmente la pieza con tonalidades a todo volumen, acentuaciones incorrectas en el tempo, staccati nítidamente demolidos y golpes groseros sobre el teclado.  A un forte saturado le seguía repentinamente un pianissimo para continuar después con un mezzoforte.

El grotesco principio con violentos arrebatos se extendió durante toda la primera parte de la velada sin permitir que fluyera algo melódico a los oídos de los espectadores. La música sonaba permanentemente terca, belicosa, inadaptada, pero no en el sentido romántico de Beethoven, sino en la de la deconstrucción de los siglos XX y XXI.

Mientras Igor Levit una semana antes legitimaba en su concierto en este mismo Klavier-Festival Ruhr cada desarrollo musical con respecto al precedente, todo muy bien concatenado entre sí y siguiendo una lógica interna, con Mustonen rige el principio de las permanentes y abrumadoras sorpresas; mucho parece no encajar bien y no se advierte ninguna evolución en tal sentido. Puede ser un problema mental, de ansiedad escénica, tal vez de estrés, por la presión por adquirir un alto nivel técnico y de sobresalir de alguna manera, diría un psicólogo. O quizás alguna otra patología, pero aparentemente solo de agresividad contra el instrumento.

La lógica musical se da a una perspectiva más elevada, en un paisaje sonoro errático. El pianista tiene la profunda convicción de que cada ejecución debiera respirar el espíritu del estreno, de modo que el intérprete y el público puedan enfrentar al compositor como si fuera una figura contemporánea, explica el programa de mano acerca de la forma eruptiva de Mustonen de ejecutar las obras. ¡Ahhhh!, después de haber oído sus intepretaciones, les puedo garantizar que esta breve descripción no es para nada exagerada.

Tras las variaciones, incluyendo Rule Britannia y God save the King, nos llega la Sonata número 21 de Beethoven, la Waldstein, una de las tres más notables de su periodo medio -junto con la Appassionata, Op. 57 y Les adieux, Op. 81a- dedicada a su amigo y mecenas el conde Ferdinand von Waldstein, de Viena. 

Mustonen se decide por un ritmo extremadamente rápido en el primer movimiento (Allegro con brio), a ojos vistas apenas interpretable de este modo. Los fuertes acordes del principio no le van a la zaga a los del Sacre du Printemps de Ígor Stravinski. La sugerencia de Echo-Figur en el cuarto compás la acepta de forma tan breve que parece que hubiera sonado una nota equivocada. En la reiteración modulada del tema del acorde el pianista demora levemente la octava en la voz superior, provocando que el incorruptible ritmo se resbale.

La locura tiene un método, por supuesto, no hay ni descuido ni sobrecarga: Mustonen explota deliberadamente esos momentos de irritación (en la abundancia también se harta uno). Si el ritmo del primer movimiento se exagera exprofeso, el final del Rondo. Allegretto moderato se presenta provocativamente de forma estática, lo que le da al tema un toque de increíble ingenuidad. 

En los tresillos, el movimiento casi colapsa; en el prestissimo de la coda, en contraste con el ritmo lento, es un frenesí loco rayano en lo inejecutable. Mustonen ignora a propósito el dolce en las notas; el sonido está literalemente ahogado, tiene demasiado volumen y es áspero para oídos sensibles. En fin, que este no es ni Beethoven ni es hermoso, es un engendro. ¡Por favor, en el futuro toque el Beethoven de Beethoven y no el suyo! 

Claro, a juzgar por las ovaciones recibidas, que Mustonen agradeció con la Sinfonía número 2 en do menor BWV 788 de Johann Sebastian Bach, y con Lustig-Traurig WoO54 de Beethoven, tocadas a su manera, la enloquecida interpretación resultó más emocionante para el público que muchas otras variaciones comedidas, buenas y superficiales. 

El aniversario de Beethoven puede hacer frente a esta calculada irrespetuosidad de Mustonen. Esta sarta de disparates al piano es un episodio menor y sin importancia. Afortunadamente poco después asistíamos a una deslumbrante interpretación de Beethoven a cargo de un artista excepcional, el violinista Frank Peter Zimmermann, con la orquesta Essener Philharmoniker, en la cercana Philharmonie de Essen, ya reseñado en mundoclasico.com

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