Alemania

Sir András Schiff en el Klavier-Festival Ruhr

Juan Carlos Tellechea

martes, 14 de julio de 2020
Essen, miércoles, 1 de julio de 2020. Gran sala auditorio Alfried Krupp de la Philharmonie Essen. Sir András Schiff. Johann Sebastian Bach, Fantasía cromática y fuga en re menor BWV 903; Capriccio en si mayor BWV 992 Über die Abreise eines geliebten Bruders. Ludwig van Beethoven, Sonata para piano número 17 en re menor opus 31/2 Der Sturm; Sonata para piano número 26 en mi bemol mayor opus 81a Les Adieux. Klavier-Festival Ruhr 2020, con el patrocinio del consorcio Thyssen-Krupp. Aforo reducido al 25% por las medidas preventivas contra la propagación de la pandemia del coroonavirus.
Sir András Schiff © 2020 by Sven Lorenz

Presenciar un concierto de Sir András Schiff es como asistir a un oficio solemne. Quienes acuden a sus recitales dejan el mundo en el guardarropa durante el tiempo que sea para entrar en un espacio de concentración y recogimiento íntimo. Siempre trae música rica y compleja para los oyentes. El pianista, asumiendo el papel de un sacerdote se adentra en su tesoro casi inagotable y toca sin pausas la primera, la segunda, la tercera y la cuarta pieza, antes de recibir prolongadas ovaciones de pie del público y ofrecer dos o tres bises más.

La Fantasía cromática y fuga en re menor BWV 903 debe de haber sonado más o menos así cuando Johann Sebastian Bach se sentó ante el clavecín y la improvisó, allá por 1717 en Köthen (hoy Sajonia-Anhalt). Debió haber sido tan fluída, tan burbujeante, con tal brillante ataque y tanta alegría de tocar, como la interpretación al piano que nos dejó esta tarde Sir András en el Klavier-Festival Ruhr 2020.

Es una fantasía única, nunca igualada. Un aire de improvisación, de libertad y de espontaneidad que se perpetúa mezclado con la severidad de la fuga en esta ejecución elegante, de gran virtuosismo y estilo galante de una obra que, pese a los siglos transcurridos, sigue siendo tan hermosa como al momento de haber sido creada. Este es un Bach inteligente e imaginativo en cada nota ejecutada.

Sir András Schiff, con su piano Bösendorfer y esa gran sensibilidad que lo caracteriza, nos lleva de la mano para penetrar musicalmente en todas las sutilezas de la formación de tonalidades, de líneas estilísticas espirituales y el mágico sonido peculiar del compositor. Su popularidad no es un fenómeno de nuestro tiempo, sino que comenzó ya en vida de Bach y mucho antes de su renacimiento en el siglo XIX. El aprecio brindado desde entonces es de augurar que continúe inalterado por varias centurias más.

La Sonata número 17 en re menor ""La Tempestad, escrita por Beethoven entre 1801 y 1802, suena con un apasionamiento y un dramatismo únicos de las manos de Sir András. La inmensa sala temblaba con sus pulsaciones. Desde el Largo – Allegro, al Adagio y al Allegretto final la pieza no denota otra cosa más que perfección. El recinto estaba colmado al máximo permitido por las medidas de prevención e higiene contra la pandemia de coronavirus. Lo mejor y más positivo de estos difíciles tiempos es que se guarda el más absoluto silencio en la platea y nadie se atreve a perturbar la maravillosa audición con toses, carraspeos o estornudos.

Desde el primer momento hay una intimidad que solo Sir András puede crear: estamos entre nosotros aquí. Más aún, nos da la sensación de estar en una convención, en un examen para determinar cuán aguda es la memoria del intérprete. Por supuesto, el hombre tiene una memoria fenomenal: toca a través de las piezas sin interrupción y sin descanso, como en una maratón. Pareciera como que ya no buscara aplausos y solo quisiera entregarse a la música durante horas y más horas.

Los grandes maestros también fueron jóvenes. El Capriccio en si bemol mayor, BWV 992, fue escrito por Johann Sebastian Bach en la adolescencia (antes de 1703); aquí utiliza medios musicales inspirados en la partida de un ser querido, no se sabe exactamente si la de su hermano Johann Jacob, rumbo a Suecia para tocar como oboísta en el ejército de ese reino, o la de su amigo el diplomático Georg Erdmann, al servicio de la corte de Rusia a quien consideraba también como un hermano. Sir András cuenta esto e inmediatamente demuestra los motivos, que, a pesar del triste tema, son bastante alegres, la trompa del postillón, el caballo, que Bach integra parcialmente en una fuga.

Quien aguza los oídos sabe de que va el tema. Tres tonos son suficientes para aclarar la cuestión. Aquí se despide a alguien. En principio no sabemos si se trata de una despedida para siempre o simplemente por un largo tiempo. Escuchamos que el asunto es serio. ¿De quien se trata? Esta es una de las interrrogantes. La otra es si hay esperanzas en un reencuentro, en un hasta la vista. Todo parece abierto y sin respuesta.

Beethoven procesó impresiones muy personales en la Sonata en mi bemol mayor creada entre 1809 y 1810, dedicada a su más importante mecenas, talentoso alumno y amigo, el archiduque Rodolfo de Austria (más tarde cardenal Rodolfo de Austria), cuando éste huyó de Viena junto con la familia imperial ante la proximidad de las temibles tropas napoleónicas, titulando respectivamente sus tres movimientos como Das Lebewohl (Les Adieux) El Adiós. Adagio – Allegro; Die Abwesenheit (L'Absence) La ausencia. Andante espressivo; y Das Wiedersehn (Le Retour) El hasta la vista. Vivacissimamente.

Beethoven calificaría a su opus 81a de sonata característica, que no debe entenderse en el sentido de música programática, sino en el término de sus sentimientos llevados a la musica. El compositor estaba molesto por las traducciones al francés de los títulos y nombres de los movimientos puestos por la editorial, pero no pudo evitar que la Sonata número 26 fuera ampliamente conocida como Les Adieux.

Una nueva edición crítica del texto original, al cuidado del destacado musicólogo y director de orquesta británico Jonathan Del Mar, fue publicada recientemente por la editorial Bärenreiter, de Kassel. El primer movimiento, Das Lebewohl, fue terminado el 4 de mayo de 1809 en Viena durante la partida de Su Alteza Imperial el reverenciado Archiduque Rodolfo; el segundo, Die Abwesenheit, y el tercero, Das Wiedersehen, fueron escritos en Viena el 30 de enero de 1810, al arribo de Su Alteza Imperial el reverenciado Archiduque Rodolfo, reza en el encabezamiento de cada una de las partituras.

Schiff cruza brevemente en este concierto a Bach con Bela Bartók -el segundo de sus bises fue (Klänge der Nacht) Sonidos de la noche, el 4º movimiento de Al aire libre (1926)- el gran maestro barroco con la vanguardia del siglo XX, pasando por Ludwig van Beethoven.

Si bien revela las evidentes diferencias en la evolución, ilumina empero algunas preciosas similitudes y referencias entre ellos. Al final, el momento en que termina el último movimiento de su primer bis, la Sonata número 12 en la bemol mayor de Beethoven, y comienza el de Bartók se percibe un salto, pero no de la forma tan impactante como uno pudiera imaginar. Schiff toca con gran virtuosismo y con una obstinación casi inexplicable, como si creyera que le quedan pocos minutos de vida. La entrega es total y hasta el último segundo del concierto.

Lo que al principio (especialmente con Bach) todavía suena iluminado y transparente, se convierte paulatinamente en una estructura cincelada. Sir András rompe las notas, golpea las teclas como si quisiera desmoronarlas, como si quisiera filosofar con los martillos. Su toque diferenciado, su delicado roce de notas líricas tiene momentos poéticos en los que la mano derecha se destaca con voz brillante frente a la mano izquierda. Sobre todo, empuja hacia la lucidez monumental, esclarecedora, casi científica y, como es sabido, ahuyenta, ventila todos los secretos. El estado de ánimo alegre del principio, con su matizada y variada interpretación de Bach, va desenvolviéndose en un toque líricamente sensible.

Con Sir András Schiff el acto de escuchar se convierte en una aventura cautivadora, captura a los espectadores más y más profundamente en las inagotables ramificaciones y en la maravillosa red de líneas de esta música. Schiff es uno de esos raros intérpretes que deja infinitamente enriquecido y para nada exhausto a su público. Con él el silencio y la concentración en los pasillos son ejemplares hasta el final.

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