Alemania

Beethoven por la gran dama de la escuela rusa de piano: serenidad y transparencia

Juan Carlos Tellechea

jueves, 16 de julio de 2020
Düsserldorf, lunes, 6 de julio de 2020. Robert-Schumann-Saal im Kunstpalast. Elisabeth Leonskaya. Ludwig van Beethoven, Sonata número 30 en mi mayor op 109,  Sonata número 31 la bemol mayor op 110,  Sonate número 32 en do menor op 111. Klavier-Festival Ruhr 2020 Aforo 25%, reducido por las medidas de prevención contra la pandemia de coronavirus. 
Elisabeth Leonskaja © 2020 by Sven Lorenz

Es una verdadera delicia escuchar a Elisabeth Leonskaya en el Klavier-Festival Ruhr 2020 con la interpretación de la última triada de sonatas espiritualizadas de Ludwig van Beethoven; un monumento a la literatura pianística universal. Leonskaya, nacida en Tiflis (Georgia) en 1945 -cumplirá 75 primaveras el próximo 23 de noviembre- y criada musicalmente en el conservatorio de Moscú, se acerca a ellas de forma muy romántica.

Concebidas casi simultáneamente, entre 1820 y 1822, las tres sonatas finales de Beethoven forman un todo. Existe una relación orgánica entre ellas y tienen muchos puntos en común que marcan el último período creativo del genio de Bonn: una libertad formal de escritura a menudo cercana a la improvisación; el abandono de los patrones habituales en la disposición de los movimientos y modos de desarrollo; la oposición dialéctica de los tempos; el recurso a la fuga en cuanto al proceso de variación; y finalmente indicaciones de movimientos que se refieren a la canción, como el Arioso dolente del opus 110 y la Arietta: Adagio molto, semplice e cantabile, segundo movimiento del opus 111.

Uno llegaría a pensar que las sonatas solo pueden entenderse cabalmente si se las compara entre sí. Así lo muestran, al menos, estas maravillosas interpretaciones de Leonskaya, extraídas de las profundidades del poder creativo de una artista animada por la pasión por esta música.

Ella conoce muy bien a Beethoven, tiene larga experiencia con sus obras y se toma ciertas licencias, incluso idiosincrásicas, que otros no se permitirían. La pianista que vive desde 1978 en Viena, tiene mucha rutina y muestra en estas páginas lo más puro, fino y acendrado de su arte: un toque estructurado y decidido, así como un fraseo de una fluidez extrema y de una expresividad carente de sentimentalismos.

Una y otra vez Leonskaya introduce pequeños retardos (como en el tema principal del primer movimiento, Moderato, de la Sonata en la bemol mayor, que debe tocarse con amabilità) y se siente libre con los tempos (elegidos con mesura). Tal como la interpreta, esta pieza tiene mucho de nocturnidad y de espiritualidad, es rica en contrastes y evocadora.

En otros pasajes, las figuras de acompañamiento lucen con muy buen talante. Es admirable la forma que tiene ella de gestionar transiciones y rupturas. A veces las obras suenan rapsódicamente libres. Por supuesto, Beethoven rompe en estas obras la forma de la sonata, pero no en el sentido del fraccionamiento que adopta la generación siguiente, en torno a Robert Schumann. Aquí el titán es domado por la belleza del gran momento romántico.

El sonido generoso y cálido del instrumento, con graves resplandecientes, levita en esta sala Robert Schumann de muy buena acústica. La forma de tocar de la pianista rusa es siempre fascinante; la claridad en la digitación, en el dibujo, particularmente en los trinos. El vigor del comienzo se ve sucedido de forma muy rápida por una sección Adagio espressivo, como segundo tema, que Leonskaya toma en forma de canto, con total transparencia.

Una energía casi furiosa anima al Prestissimo, dotado de una fluidez extrema. El último movimiento (Andante, molto cantabile ed espressivo), tan largo como los otros dos, utiliza un tema fluído como un aria en seis variaciones. Leonskaya se acerca, como reza la indicación, con un sentimiento profundo, muy interior. Entre las variaciones, la breve tercera se distingue por su rapidez, la quinta por una divergencia muy marcada del tema. Mientras que la última regresa con la vibración del trino en una especie de clímax, para concluir en la más absoluta serenidad.

La Sonata la bemol mayor parece, en un principio, perseguir la última idea de la anterior: el moderato cantabile molto espressivo ofrece mucha efusión lírica. La libertad de la forma es igualmente evidente, lo que sugiere una fantasía en sus grandes progresiones.

El Scherzo Allegro molto, lo toma Leonskaya de forma algo abrupta en el ataque. El segundo tema se resuelve por su lado nervioso y la recuperación será aún más viva antes de arribar a un final muy recoleto.

El final del Adagio y la Fuga se encuentra ante una grandeza trascendental, especialmente en la sección recitativa Arioso dolente, una especie de lamento hecho canción. La fuga se toca al principio con serenidad, luego suena más marcada en sus acordes, orondamente afirmados de manera progresiva. La complejidad inherente a este pasaje permanece aquí en extremo clara. Los poderosos contrastes no son ni más ni menos que una constante en la música beethoveniana.

Con la Sonata en do menor, el lenguaje alcanza la etapa del avance visionario y la composición lucha por el más allá. Son solo dos movimientos. El primero, un Maestoso atravesado por armonías disonantes de un Allegro con brio ed appassionato que Leonskaya lleva al límite en una carrera sin aliento y al imperioso tono de un huracán sonoro.

El respiro final parece más austero. Al implacable drama le sigue el segundo movimiento, Adagio molto semplice e cantabile, con la meditativa Arietta, diseñada por la pianista rusa con serena simplicidad, muy vinculada, animada por una aceleración imperceptible del tempo antes de abordar las variaciones y una intensificación de la dinámica.

Las variaciones describen una especie de itinerario casi cósmico donde el tema es tratado de manera diferenciada; primero de forma tranquila y luego activa en arpegios que discurren rápidamente a través del teclado bajo los ágiles dedos de Leonskaya. Todo suena cada vez más enérgico, pero se detiene repentinamente, para luego abordar una serie de trinos que parecen suspender el tiempo en el aire, un proceso de refinamiento de una rara fuerza expresiva.

La luminosidad trae aquí una idea de la eternidad celestial hasta que este final se hunde en el silencio y la gran dama de la escuela de piano rusa, por 19a vez en el Klavier-Festival Ruhr, se queda con esta sonata, entre merecidísimas ovaciones, en la preciosa Viena de su adopción. La elegancia, en el más genuino sentido del término, es la marca de esta artista, cuya modestia es legendaria.

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