Memoria viva

Abbey Road y sus vecinos

Agustín Blanco Bazán

jueves, 23 de julio de 2020
Agustín Blanco Bazán © 2020 by Agustín Blanco Bazán

Me mudé a la vuelta de los estudios de grabaciones discográficas de Abbey Road en 1985. Allí entrevisté una vez a Angela Gheorgiu y también asistí, en el enorme y subterráneo estudio 2, a unas inolvidables sesiones de grabación de canciones de Richard Strauss, con Heather Harper y la Sinfónica de Londres dirigida por Richard Hickoxs.

Por el famoso paso de cebra cruzo varias veces al día, pero solo después de treinta y cinco años me hice sacar la foto en una calle casi vacía de vehículos y turistas, por causa del coronavirus. Lo hice más o menos a la misma hora en que, el 8 de octubre de 1969, hubo que parar el tránsito para dejar pasar a los Beatles. The End se llamaba la última canción grabada para Abbey Road, su undécimo y último álbum. Acababan de terminarlo cuando cruzaron la calle para ser fotografiados juntos mientras caminaban al otro final, el de su separación definitiva.

Cuando llegué al barrio, los grafitis escritos sobre el cemento blanco de la pared baja que separa los estudios de la calle eran pocos y tímidos, y al grupo lo recordábamos más bien quienes habíamos vivido el furor de una revolución cultural contemporánea a la guerra de Vietnam y las dictaduras latinoamericanas. Pero en el 85 esto ya era historia frente a Sting, Freddy Mercury o David Bowie, y las rebeliones que culminarían cuatro años después con la caída del muro de Berlín. Por lo demás, y aún sin los Beatles, no faltaban en el vecindario emociones como, por ejemplo, la de ver desde una de mis ventanas a un Boy George drogado y gritón arrastrado por la policía.

También tropecé en algunos restaurantes locales con Bob Geldorf, George Michael y Paul McCartney, que creo vive cerca. El restaurante donde iba este último no existe más y sobre los otros dos no digo nada. No vaya a ser que los invadan esos turistas que tanto molestan a los vecinos en cualquier lugar del mundo. Y claro que ni pedí autógrafos ni traté de charlar con estas celebridades, bien de acuerdo a un protocolo inviolable entre vecinos británicos que manda dejarlas tranquilas, haciendo como si no existieran. Solo a Bob Geldorf le bromeé una vez que sentía haberme olvidado su autobiografía, porque habíamos estado sentados codo a codo durante horas en dos mesitas juntas. Me contestó riéndose: “Oh man! Come on! Why bother to carry that book with you around London?”

La noche después de la detención de Boy George, algunos seguidores prendieron velas junto a su puerta mientras cantaban sus hits. Y algo similar ocurre de vez en cuando frente a los estudios de Abbey Road en los aniversarios de la muerte de John Lennon y George Harrison. Para ayudar en estas emergencias los Estudios facilitan la transmisión por alto parlante de esas canciones conocidas por todos. Solo que, desde que existen los selfies, la atmósfera relativamente íntima y cultista de los ochenta se ha esfumado en medio de la multitud que acude cotidianamente a sacarse fotos cruzando el paso de cebra. Y los grafitis son tan numerosos que ahora se extienden desde la pared que separa la calle del patio delantero de los estudios a las casas adyacentes. Frente a este nostálgico vandalismo, la tolerancia inglesa responde sin prohibir, sino simplemente pintando la pared de blanco cada dos meses. También se ha colocado el cartel señalador del nombre de la calle en una pared alta, para impedir que sigan robándolo. Más problemática es la prevención de accidentes debido al hecho que los visitantes se detienen abruptamente al cruzar para sacarse una foto, y con ello crean un riesgo adicional de ser atropellados por algún automovilista desprevenido.

Este entusiasmo masivo ha transformado el paso de cebra en un lugar de peregrinación universal, que en Londres sólo rivaliza con la tumba de Karl Marx: no hay país o idioma que no pase por estos grafitis. Es un fenómeno que me intriga, porque me hace pensar que los llamados mileniales no tienen una música capaz de vibrar con un aire de protesta similar al que los Beatles o David Bowie supieron inspirar en su momento. Muchos de los que hoy cruzan lo hacen como robots vacíos de mensajes generacionales de cambio y esperanza de un mundo mejor. Sólo el narcisismo del selfie los atrapa en una desesperación fugaz de ver y transmitir su propia imagen  ¿Llegarán estos parvulones a sentir alguna vez como propio un espíritu de protesta similar al que animó a la generación de los cuatro de Liverpool? ¡Poco tiempo les queda antes de comenzar a envejecer mientras su vida corre toda por pantalla, sea ésta Smartphone o Ipad!

De cualquier manera, algunos grafitis son ocurrentes, y otros conmovedores. Hace poco, y después de cruzar el paso de cebra cargado con las bolsas del supermercado descubrí uno que decía: “Lost in seventy nine” tal vez en alusión a un pasado en el cual el escritor trata de perderse: en 1979 subieron al gobierno la Thatcher y su equipo de demolición de algo perdido para siempre, como lo es esa curiosa mezcla de comunidad barrial y universalidad de criterio que caracterizaba la Inglaterra de los Beatles. Y todavía seguía allí este grafiti, ayer por la tarde, porque los peregrinos han desaparecido con la pandemia y no hay necesidad urgente de blanquear la pared para dar paso a nuevas inscripciones. Pero éstas siguen agregándose, y el espíritu de protesta que animaba a los Beatles reapareció hace unos días con el nombre de George Floyd entre una línea de corazones al rojo vivo que creo realzan el verdadero significado de la coda de The End: “And in the end…The love you take…Is equal to the love you make…”

En cuanto a las fotos, no sé si muchos saben que no hay necesidad de hacerlas con sus telefonitos. Basta con cruzar la cebra y buscarse después online, en el sitio web que reproduce las tomas de la cámara permanente colocada en un poste de luz: uno calcula la hora, cruza la cebra, saluda a la cámara y después se busca en el sitio web. Cuando se reconoce, detiene la moción fílmica, baja la foto a la computadora y…¡listo! (o hey presto! como decimos aquí): ¡inmortalidad asegurada, junto a los Beatles en el paso de cebra de Abbey Road! Por mi parte, a veces me distraigo poniéndolo en pantalla a la noche tarde, cuando alguno que otro zorro urbano cruza con mucho cuidado y soltura sin saber que lo están observando. Porque en este barrio hay muchos zorros paseándose por la noche.

Después de mi foto, solo me falta escribir un grafiti, pero ya tengo el texto: I love you Elgar! Al frente de la Sinfónica de Londres Edward Elgar inauguró el estudio de Abbey Road el 12 de noviembre de 1931 con dos de sus composiciones más célebres y remanidas, Pomp and Circumstance nr.1 y Land of Hope and Glory.

“Buenos días caballeros” saludó a su tropa este arquetípico compositor británico después de subirse al podio. “Encantado de verlos a todos. Esta mañana tenemos un programa realmente liviano, pero por favor tóquenlo como si nunca hubieran escuchado esta música antes de hoy.”

Después de Elgar grabaron muchos famosos, desde Serguei Prokofiev hasta Glenn Miller, Sting y Pink Floyd. Y también pasaron María Callas, Herbert von Karajan, José Carreras y Plácido Domingo. Pero sólo a los Beatles se les ocurrió sacarse una foto cruzando la calle.

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