España - Galicia

La mascarilla global

Alfredo López-Vivié Palencia

viernes, 31 de julio de 2020
Santiago de Compostela, miércoles, 29 de julio de 2020. Plaza central de la Cidade da Cultura. NN (Nova Normalidade). La Fura dels Baus. Cantigas e Agarimos. Carlus Padrissa, dirección. Aforo completo.
La fura dels baus © 2020 by Xoán Crespo

Cuando hace un par de meses apareció escrita por primera vez en el Boletín Oficial del Estado la expresión “nueva normalidad”, se convirtió en eso que en Derecho se conoce como un concepto jurídico indeterminado. Ninguna de las normas que hablan de ella contiene su definición, de manera que debe uno remitirse a lo que por ella entienda la doctrina y la jurisprudencia. Cuando haya doctrina y jurisprudencia al respecto, naturalmente. Por el momento a mí sólo me suscita dudas, porque todavía no sé si la “nueva normalidad” es normal, aunque sí tengo claro que es nueva. Por ejemplo: ¿un ligero carraspeo ha pasado de una forma educada de llamar la atención, a ser causa de pánico?; ¿los oficinistas indolentes –públicos y privados- podrán seguir tele-holgazaneando impunemente?; ¿se han acabado para siempre las muertes por “balconing”?; ¿las autoridades intervendrán las redes sociales como herramienta para el rastreo de contagios? 

El asunto del cambio climático también me provoca un sano agnosticismo. Por una parte, creo que la emisión masiva a la atmósfera de gases nocivos de ciento cincuenta años a esta parte algún efecto indeseable ha de tener en un planeta más viejo que la tos. Por otra, puedo asegurar que si algo distingue los espectáculos veraniegos nocturnos al aire libre en Santiago de Compostela es el frío pelón; así lo vengo comprobando desde hace más de veinte años, y esta noche no fue la excepción. El caso es que la última propuesta de La Fura dels Baus –estrenada a principios de julio en Barcelona- versa sobre estas dos preocupaciones que afectan a todo el mundo por igual, con la intención –según leo en su página web- de homenajear al personal sanitario, comparando a los científicos que se afanan en la consecución de la vacuna con los intrépidos exploradores del pasado que demostraron que la Tierra es esférica.

De dramaturgia sé tanto como de ornitología. Pero me considero con criterio suficiente para apreciar un espectáculo bien trabajado cuando me lo ponen delante. Y eso es lo que suele suceder con las (pocas) presentaciones de La Fura dels Baus a las que he asistido, y de las que invariablemente he salido con un adjetivo en la cabeza: apabullante. Carlus Padrissa hace con el arte dramático lo que Maurice Béjart hizo con el ballet: planta un montón de gente en escena y, aprovechando con imaginación toda clase de artilugios (movidos a tracción sangre), cuenta una historia cuyo argumento se desarrolla con flexibilidad hasta que invade al público de manera inexorable. Ni uno ni otro padecen de “horror vacui”, sino que procuran –y consiguen- atrapar al espectador gracias a un uso inteligente del teatro, la música, el movimiento y el espacio.

No obstante, lo de esta noche fue mucho más modesto. No hubo grandes movimientos de masas ni ningún despliegue de medios descomunal. Es cierto que se vieron algunas pinceladas de lo más intrínseco de La Fura (alguien colgado de un arnés antes de ser rescatado por los sanitarios, dos enfermos dándose ánimos en sus respectivas burbujas, una mujer que salta de una bolsa de agua y seguidamente baila en una pecera –esto lo aprendieron haciendo el Rheingold valenciano-, un navío reducido a cuadernas navegando en un mar de gasas), pero nada que le dejase a uno boquiabierto. Las masas las pusieron los miembros de Cantigas e Agarimos –agrupación folclórica compostelana fundada en 1921-, en quienes recayó la penosa misión de hacer de costaleros de los artefactos “fureros” así como el arriesgado encargo de bailar un par de muiñeiras chapoteando en un estanque (de una y otro salieron airosos). Mientras tanto, se arengaba al público para vitorear a la sanidad pública, y se proclamaban objetivos de desarrollo sostenible –me quedo con el deseo del pensamiento crítico, porque me parece el más difícil de alcanzar a la vista del actual pensamiento borreguero-, al tiempo que se rememoraban los últimos minutos de vida de George Floyd.

Además de los bailes regionales me gustaron las músicas escogidas. Acompañando el mar bravío, el célebre –y manido- número “Capuletos y Montescos” del Romeo y Julieta de Prokofiev; para expresar la esperanza en el futuro –eso quiero entender- la “Verwandlungsmusik” de Parsifal (vaya mi felicitación emocionada a quien tuviera la idea); y como espejo de las relaciones humanas (antes y después del pecado original, respectivamente), el maravilloso dúo de Adán y Eva de La Creación, y el no menos famoso “Là ci darem la mano” de Don Giovanni. Estos dos últimos interpretados en directo –y muy bien, por cierto- por la soprano Alba Fernández Cano y el guitarrista Pep Mendoza. Lamento no poder mencionar al barítono, ya que su nombre no figura en ningún soporte físico ni digital: ¿por qué demonios se prohíben ahora los programas de mano y, sin embargo, se permite acceder al recinto con un vaso de cerveza servido por un tercero, máxime cuando todo el mundo sin excepción es rociado con gel desinfectante antes de entrar?

La Fura actuó de blanco hospitalario riguroso y con mascarilla (la prueba de que salió un espectáculo entretenido fue –al menos en mi caso, aunque juraría que también de manera generalizada- que me olvidé de que servidor también la llevaba puesta). Y la tecnología sirvió para que el público interactuase con ellos. Antes de empezar la función se anunció por megafonía la conveniencia de descargarse una aplicación en el teléfono móvil para un disfrute completo. Allí se podían ver vídeos y desde allí se activaban lucecitas para coadyuvar en la iluminación. Lo más curioso fue que a través de esa aplicación se sometieron a votación del respetable dos cuestiones. La primera preguntaba si estaba uno dispuesto a sacrificar parte de su libertad a cambio de seguridad sanitaria; la respuesta –algo más de ochocientos votos emitidos- fue abrumadoramente positiva. La segunda quería saber si de todo esto hemos salido mejores o peores personas; esta vez apenas se registraron trescientos votos, con empate técnico en el resultado; es lógico, porque faltaba una tercera opción –que no es ni de lejos un recurso al tópico-: depende.

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