Alemania

Una especie de estado original

Juan Carlos Tellechea

martes, 4 de agosto de 2020
Dortmund, jueves, 18 de junio de 2020. Sala auditorio de la Konzerthaus de Dortmund. Igor Levit (piano). Ludwig van Beethoven, Sonata número 30 en mi mayor opus 109, Sonata número 31 en la bemol mayor opus 110, Sonata número 32 en do menor opus 111. Aforo reducido al 25% por medidas de prevención contra el coronavirus. Klavier-Festival Ruhr 2020
Igor Levit © Robbie Lawrence / Heinersdorff Konzerte, 2018

Igor Levit es, digámoslo así, un hombre sin particularidades específicas, no tiene inclinación hacia lo expresivo, hacia lo perfumado, hacia lo marcial o hacia lo intelectual. Toca las obras tal como son, intuitivamente correctas, sin caprichos anticuados. Las devuelve a una especie de estado original para despertarlas suavemente de él. Esto, de ninguna manera debe confundirse con una supuesta ingenuidad; el toque de Levit ofrece la suma de todos nuestros conocimientos actuales sobre Ludwig van Beethoven. 

De las 32 sonatas de Beethoven que grabó el año pasado en un album de nueve CDs para el sello Sony, Levit nos ofrece esta tarde las tres últimas, para dar vida al mundo del genio de Bonn en un concierto del Klavier-Festival Ruhr 2020 en la Konzerthaus de Dortmund este jueves 18 de junio con aforo reducido por las medidas de prevención e higiene contra la pandemia del COVID-19. 

Con la Sonata nº 29 en si bemol mayor opus 106 (Hammerklavier), Beethoven ya había roto básicamente el género; las tres últimas, la Sonata nº 30 en mi mayor opus 109, la Sonata nº 31 en la bemol mayor opus 110 y la Sonata nº 32 en do menor opus 111, se mueven en un ámbito bastante libre, jugando con la fuga y la variación de las formas de expresión en lugar de la clásica forma de sonata. 

Ni que decir tiene que Levit no pretende reinventar la rueda. Hay varios momentos en los que le vienen a uno en mente, comparativamente, grabaciones de otros pianistas. Es de suponer que Levit las ha escuchado y estudiado todas ellas, que indistintamente las admira y las rechaza, que se deja inspirar por ellas o las repudia decepcionado. Para él, como pensador crítico, lo más elevado es el texto musical, por encima de todas las cosas. 

El Beethoven de Levit está libre de proclamaciones, no hay una meta a nivel ideológico que el pianista tenga que cumplir de sonata en sonata. Su manifiesto es atender el detalle con el máximo cuidado. Solo reacciona a la partitura, le da forma, pero sin levantar barricadas. La revolución no tiene lugar con vientos huracanados. Las aproximaciones emocionadas anuncian un asunto serio pero no histérico. Levit es mucho más rápido y más claro aquí que otros grandes pianistas.

En cualquier caso, el método de Levit es el de utilizar la inteligencia para buscar el potencial de grandes carreras en los espacios más pequeños; es un poeta de corazón que descubre lo sublime, pero también lo nervioso en el piano. El intérprete nos desvela incluso a un Beethoven con sentido del humor, lo cual es un poco sorprendente para este artista, al que le gusta sumergirse en su propia profundidad de pensamiento. Beethoven puso la broma justo al lado del demonio, la canción al lado del himno, la sequedad extrema al lado de la lágrima, la filosofía al lado de la coplilla callejera. Las sonatas de Beethoven son múltiples y a la vez mundos rotos, con toda la energía que revisten.

Levit sugiere que en realidad Beethoven rompe a menudo brechas. El notorio salvajismo también lo atrapa, pero no gana en poder sobre su cabeza y sus manos, puede dosificarlo y no se deja llevar por el brío. El compositor sabía lo que esperaban de él sus oyentes, de ahí que estuviera fuera de toda discusión una eventual experimentación musical, más aún frente a su dominio total de los medios radicales de que disponía y de la seguridad en sí mismo que detentaba. 

Precisamente, lo inconcebible, la ruptura de las convenciones de estas tres sonatas constituye el núcleo de la interpretación de Igor Levit; desde el primer compás de la opus 109, en la que el pianista se apropia de una pieza sin un comienzo claramente definido que se va densificando de forma gradual. 

Con una digitación increíblemente matizada, Levit desarrolla un espectro de timbres que se aparta en muchos pasajes de la música de piano convencional. Claro, un piano de concierto de nuestros días tiene más opciones que el fortepiano de Beethoven, mas sería erróneo plantear aquí la cuestión de la autenticidad del sonido original.

Levit sube incluso el volumen, algo que el compositor, con su sordera, pudo haber tenido como idea más allá de lo realizable, no solo en las cadenas de trinos de la opus 111, sino también en el cúmulo de sonidos insinuados reiteradamente; es decir, la estructura lineal en favor de incidencias sonoras aisladas. Este pianista nunca pierde la lógica con su extraordinario sentido del contexto. Logra hacer sonora la paradoja exigida por Beethoven para que la estructura musical y su disolución gradual se escuchen simultáneamente.

Una y otra vez hay lecturas notables en Levit para alcanzar soluciones a problemas particulares. En muchos sentidos, las tres sonatas siguen el camino inverso a los grandes y embriagantes estallidos de la Missa solemnis o del final de la Sinfonía nº 9; se retraen hacia adentro, hasta el punto de hacerse casi inaudibles. Uno contiene la respiración cuando Levit lleva el sonido al límite de lo acústicamente perceptible. 

Por supuesto, Beethoven extiende aquí también el espacio sonoro hasta el no va más del teclado, apuntando desde las raíces barrocas que se manifiestan en la fuga, hacia el non plus ultra del futuro, desde Franz Liszt a György Ligeti. El arte de Levit, desde el punto de vista técnico, descansa en la capacidad de domeñar los opuestos en el ámbito espacial más reducido, no solo como contraste, sino como forma orgánica de convivencia, en la que un marcado fortissimo se convierte en un piano cantabile en el marco de dos o tres tonalidades, como si nada hubiera ocurrido.

Hay pasajes contundentes, como el malévolo tema de la fuga en la Sonata nº 32 en do menor opus 111 que Levit toca con mordaz ingenio, mucha fuerza y total intensidad, pero también con un grado de control que hace que esta descarada melodía no sea meramente ruidosa.

Al final, el misterio del último movimiento, Adagio molto semplice e cantabile, que abre otro mundo. Hay mucho de metafísica en todo esto. Sin despedirse todavía de la vida, a Beethoven se le concederían todavía algunos años más y un par de obras maestras adicionales sobre la Tierra. No sería ni siquiera una despedida del piano, porque vendrían todavía las Variaciones sobre un vals de Diabelli, pero sí un adiós al universo de la sonata, que poco a poco se escapa de nuestros perplejos oídos (y cuya libertad formal de escritura, a menudo rayana en la improvisación, así como la tradición europea de los conciertos alcanzaría incluso hasta la arquitectura del jazz).

En síntesis, lo más importante de esta velada es el hecho de que Levit hizo audible la estupefacción. A esta altura de los acontecimientos ya se daba por descontado que un bis no tendría más lugar aquí, mientras las merecidas ovaciones de pie del público se prolongaban y prolongaban interminablemente durante varios minutos. 

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