Austria

Elektra pasó por casa

Agustín Blanco Bazán

lunes, 3 de agosto de 2020
Londres, sábado, 1 de agosto de 2020. Felsenreitschule. Elektra, tragedia en un acto con libreto de Hugo von Hofmannsthal y música de Richard Strauss. Regisseur: Krzyztof Warlikowski. Escenografía y vestuario: Małgorzata Szczęśniak. Iluminación: Felice Ross. Video: Kamil Polak. Coreografía: Claude Bardouil. Dramaturgia: Christian Longchamp. Klytämnestra: Tanjia Ariane Baumgartner. Elektra: Ausrine Stundyte. Chrysothemis: Asmik Grigorian. Aegisth: Michael Laurenz. Orest: Derek Welton. Coro de la Ópera de Viena y Orquesta Filarmónica de Viena dirigida por Franz Welsel-Most. Transmisión televisiva (ARTE). Festival de Salzburgo, 2020
Warlikowski: Elektra © 2020 by sf / Bernd Uhlig

Cortesías de la pandemia: tampoco yo voy a Salzburgo este año porque las entradas de prensa son pocas y demasiadas las excusas para no darlas. Pero gracias a ARTE.TV Elektra y su familia pasaron por mi casa. Y aquí van unos comentarios sobre la visita. 

En una rueda de prensa, el regisseur Warlikowski advirtió que el libreto de Hugo von Hofmannsthal no hacía sino enfatizar los aspectos psicológicos de un mito que no todo el mundo conoce hoy día. Es por ello que él, Warlikowski, había decidido introducir un prólogo hablado de casi diez minutos, durante el cual una Klytämnestra en combinación negra aúlla al espectador una justificación de por qué mató a marido. Pero de explicación tuvo poco, porque el texto salió tan pretencioso como confuso. Suerte que, satisfecho su ego con esta pueril digresión inicial, Warlikowski abandonó su ilusión de co-creador para aceptar su condición de asistente de Strauss y von Hofmannsthal. El resultado fue una Elektra inolvidable por su coherencia e intensidad dramática.  

Y por su contemporaneidad, porque como en ninguna otra puesta recuerdo haber apreciado la adaptabilidad del texto y la música a una familia presentada como de nuestra época, al límite de una disfuncionalidad que inevitablemente culminará en el crimen. La escena es una angular mansión moderna, de esas que hoy promocionan para hacer feliz a cualquiera, con un interior representado por un gigantesco contenedor transparente que deja ver un salón de decoración minimalista iluminado en forma cambiante y espectral. El salón abre a una piscina angosta y rectangular, con duchas al fondo y algunas toallitas para secarse. Todos los personajes buscan en algún momento lavarse las manos o meterse en el agua en patético intento de purificación. Elektra está mas bien de entrecasa mientras que Chrysothemis parece vestida como para salir y ligar. Y después de habernos gritado su prólogo en paños menores Klytämnestra se nos presenta con consumada elegancia de vestuario. ¡He aquí la reina de Strauss y von Hofmannsthal, no la loca de Warlikowski! 

Una característica fundamental de esta regie es la humanidad de estas tres mujeres y la naturalidad de su movimiento. Gente como ellas vemos todos los días en todos lados. Y sus desesperaciones son domésticas, y nunca realzadas con gestos histriónicos. Es así que esta Elektra hace recordar a Arthur Miller o Tennessee Williams. Y es a partir de esta cotidianeidad que progresa un drama doméstico, solo realzado a alturas de significación mítica por algunos abruptos y efectivos cambios de luz y un video que cubre las paredes con sangre y moscas a partir del asesinato de la madre. Las moscas, al principio pocas y enormes, progresan al paroxismo final transformándose en un enjambre de pequeños insectos. Y la atmosfera se hace tan irrespirable que, como en el caso de la regie de Chereau, Orestes termina huyendo de este infierno familiar. Sólo que en este caso lo hace saltando del escenario para desaparecer a un costado de la platea. Derek Welton, un bajo barítono de voz clara y fraseo incisivo, compuso un Orestes a la altura de las mujeres en su progresiva asertividad, desde la mezcla de dolor y perplejidad inicial hasta la huida final que convenció  como la única alternativa posible a la sangre y las moscas que había invadido el escenario.  

A Ausrine Stundyte la reseñé para Mundo Clásico como una cantante-artista extraordinaria en mis críticas de su Lady Macbeth del distrito de Mtsensk y la Venus de Tannhäuser, ambas producidas por Calixto Bieito para la Ópera de Flandes. El timbre y el color de Stundyte son líricos, pero su fuerza de apoyo y proyección es la de una soprano dramática hecha y derecha. Su actuación brilló por la naturalidad del odio a su madre y su capacidad de acecho y manipulación: imposible sacarle los ojos de encima, aún en los momentos en que, sin cantar, se dedicaba a observar a sus víctimas antes de saltar sobre ellas. Sobre el final esta Elektra conmueve en su intento de recuperar algo de una feminidad irremediablemente perdida, mientras que la Chrysothemis de Asmik Grigorian (la Salomé del año pasado) pareciera comenzar a seguir el camino inverso después de degollar ella misma a un Aegisth que, sospechamos, ha tratado de abusar también de ella. Michael Lorenz lo interpretó con la soltura de un hombre de negocios en elegantísimo traje y corbata y risueñamente incapaz para darse nunca cuenta de lo que está pasando y lo que le espera.  Similarmente efectiva fue la Klytämnestra de Tanjia Ariane Baumgartner, no una mezzo al final de su carrera, como ocurre en tantas puestas de esta ópera, sino una mujer capaz de protestar su desolación con voz cálida y vibrante.  

Como en ninguna versión de la obra me conmovió la escena de Orestes sollozando con la cabeza entre sus manos en un rincón al comprobar la alienación de su hermana, para después aproximarse tentativa y pacientemente hacia un conmovedor abrazo. A diferencia de la reciente La Traviata del Teatro Real esta no fue una versión con distanciamiento de coronavirus sino una Elektra plena de inmediatez física, un verdadero desafío del arte a los contextos a veces adversos en los que le toca florecer. Tampoco entre los atriles de la orquesta pareció existir un distanciamiento que sí afectó a toda la audiencia, que debió sentarse con dos asientos vacíos entre cada espectador.  

Finalmente: aún con las limitaciones acústicas de una versión televisiva fue posible admirar la expansiva sonoridad y expresión de detalle de la Filarmónica de Viena. Y con Franz Welsel-Most está pasando algo parecido a lo que ocurrió con Karl Böhm: empezó como un director más cerebral que inspirado, pero ahora puede exhibir una gloriosa y conmovedora madurez en sus interpretaciones straussianas.

 

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