Ópera y Teatro musical

Qué es actuar con la voz

Enrique Sacau

viernes, 21 de agosto de 2020
Monserrat Caballé como Liù © 1965 by Teatro Colón de BBAA

Cuando Lear sabe de la muerte de Cordelia, su hija predilecta, Shakespeare nos regala uno de sus mejores momentos. Acaba sus líneas con un pentámetro que, ante la inapelable verdad de la muerte, ante el conocimiento de que nunca más verá ni hablará con su hija, reza: “Never, never, never, never, never!” Cinco veces la misma palabra. Ahí esta escrita, sin marcas ni indicaciones. El actor puede poner las caras que desee pero desde la butaca del teatro no se verá bien, así es que su mayor arma es la voz. 

Antes aun de abrir la boca, el actor tiene que pensar que emoción transmitir. ¿Está Lear furioso, triste, frustrado, resignado, indiferente? Teniendo cinco veces la misma palabra Shakespeare presenta en bandeja de plata a un buen actor la posibilidad de pasar por todos los estadios del dolor: la primera puede expresar sorpresa, la segunda incredulidad, la tercera furia... Lo decide el actor. Pienso, igualmente, en el monologo final de Macbeth ("Tomorrow, and tomorrow, and tomorrow"), que sucede también en el momento en el que el protagonista pierde a su ser más querido, su mujer. A mí me gusta Orson Welles, que suena a un tiempo resignado y atemorizado, y no tanto Ian McKellen, pero ahí cada uno con su gusto y su dialogo con la obra.

La ópera no es diferente. Está el escenógrafo por el medio, el director de orquesta y hay dificultades físicas para producir el sonido que el cantante tiene que superar. Pero lo que a mi me gusta de la ópera, lo que más me interesa es como los cantantes actúan con la voz. Me interesan las decisiones que toman (a veces inconscientemente o simplemente porque no son capaces de cantar de otra manera) y el sonido de esas decisiones. Me interesa sobre todo el efecto que tienen sobre mi.  

Uno escucha el monólogo (parece que hoy va de monólogos) del acto III de Lohengrin con la mayor parte de los tenores que lo han grabado y se encuentra a un caballero orgulloso, que canta al menos en mezzo forte y parece restregar su nobleza por la cara de sus hasta ahora amigos. Y luego llega Jonas Kaufmann y empieza "Im fernem Land" susurrando: el Lohengrin de Kaufmann no quiere volver a Monsalvat y revela su secreto con pena y frustración. Nos deja así pensando en sus motivos para no querer irse. Kaufmann es un habitual de actuar con la voz, para bien y para mal. 

Uno escucha el torpe final de Turandot que escribió Alfano y se encuentra con el mismo estilo musical de los actos I y II. Alfano escribió la misma música para una Turandot enamorada que Puccini había escrito para una Turandot que no amaba. Y todas las sopranos cantan las palabras de amor del libreto con sonidos que hacen temer que Turandot le arranque la cabeza a Calaf de un bocado. Llega Montserrat Caballé, que se inventa todo y, ella sí suena enamorada: en “sò il tuo nome”, el momento en el que, habiendo conocido su secreto, tiene que decidir si decapita al príncipe o no, hace una messa di voce inverosímil. Con Caballé, Liù posee a Turandot desde el mas allá: su Turandot del acto III, y solo en el acto III, suena como Liù. A mí, como feminista, que el espíritu sumiso y bobo de Liù gane la partida me parece una mala noticia, pero como amante de la opera me interesa y deslumbra que la interprete enmiende la plana al compositor y me abre la puerta a pensar en el argumento y los personajes. 

Los ejemplos abundan porque esto de actuar con la voz es lo que busco cuando voy al teatro noche tras noche, y en mis discos y en mis largas sesiones de Youtube. Hay cantantes que no me interesan porque, en mi opinión, no actúan con la voz, por muy bien que canten. Pienso, sacrílego, en algunos excelentes, algunos de los mejores: casi nunca me interesan Birgit Nilsson ni Anna Netrebko, que pase lo que pase me suenan siempre igual. 

Entre los que actúan con la voz hay veces que estoy de acuerdo y hay veces que no. Pienso en estos casos: “no, el personaje no piensa o siente o quiere decir lo que tú estas cantando”. Las decisiones que Kaufmann toma con Lohengrin me fascinan, pero otras que no me van. Pero lo mejor de esto último es que mi opinión cambia: quién dice que el año que viene, por cualquier circunstancia, no vaya a preferir un Lohengrin menos melanconlico.

Como dije en un articulo reciente sobre las escenografías, yo no voy al teatro a descifrar al escenógrafo, ni en este caso al cantante, si no a descifrarme a mí mismo a través del diálogo con la obra, a través de lo que aprendo de los personajes. Lo que más me interesa de la ficción, sea ópera, novela o cine, sin duda ninguna, es cómo me cuentan la historia con los sonidos, y cómo me enseñan a vivir. 

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