Ópera y Teatro musical

Zarzuela en Conde Duque: del erotismo de reality a la lección naif

Germán García Tomás

miércoles, 9 de septiembre de 2020
Veranos de la Villa © 2020 by Veranos de la Villa

Los nostálgicos suelen decir que todo tiempo pasado fue mejor, una expresión que no tiene por qué sonar a una actitud retrógrada y trasnochada por parte del que la invoca. Se puede aplicar a múltiples aspectos de la vida cotidiana: costumbres, comportamientos…, y como en el caso que nos ocupa, a formas de hacer teatro musical. Sí, no les falta razón a quienes pronuncian este adagio, pues sentimos una nostalgia infinita cuando, concretamente, hablamos de zarzuela en Madrid en la temporada estival. No por la presencia cada vez más ínfima de la lírica española en la capital, que este año ha sido de por sí de un nivel exiguo debido a la pandemia mundial que nos asola, sino por la escasa o nula calidad del que acomete una propuesta que tiene que ver con este singular género musical.

Al margen de la actividad del Teatro de la Zarzuela, cuya temporada se ha visto cortada de raíz por la COVID 19, el año pasado, y aún muy lejanos de la debacle sanitaria, económica y cultural en la que estamos inmersos actualmente, un nada desdeñable grupo de soñadores y enamorados de la zarzuela, entre cantantes y actores, organizaron en el muy recogido Teatro Reina Victoria un proyecto que apuntaba maneras bajo el título de La Corrala del Reina Victoria, y donde los artistas jóvenes insuflaban aire fresco a cuatro de los títulos de género chico más taquilleros a la vez que conservaban las más puras esencias y la tradición de llevar a escena la zarzuela (la zarzuela chica, en este caso, mucho más fácil de montar en escena) para seguir dignificándola y mostrarla al público tal cual es, sin las experimentaciones modernizadoras, vacuas y absurdas, del también juvenil Proyecto Zarza que el director del coliseo de la Calle Jovellanos, Daniel Bianco, se empeña año tras año en hacer consolidar. Lamentablemente, tampoco el fiel compromiso anual de los empresarios Nieves Fernández de Sevilla y Lorenzo Moncloa ha podido llevar a cabo absolutamente nada en las tablas de un teatro madrileño, como solían y tenían pensado hacerlo en agosto en el EDP Gran Vía. Como vemos, 2020 ha sido y sigue siendo un año aciago a la hora de subir a escena una zarzuela, y las esperanzas de llevarlo a cabo han sido absolutamente abortadas.

La corte de Faraón*

Por su carácter más “alternativo” y underground, permítanme el vocablo, los Veranos de la Villa, el festival cultural por antonomasia en Madrid, orilló en cierta medida a la tradicional y doméstica zarzuela en las últimas ediciones. De forma insólita, y en este año del coronavirus, gracias a la iniciativa de su director artístico, Ángel Murcia, Veranos de la Villa han sido los que han vuelto a convocar a la zarzuela en su programación. Y lo han hecho en esa “nueva” ubicación que les ha servido como emplazamiento de uso polivante para el cajón de sastre que siempre suele ser este certamen veraniego. Estamos hablando del Centro Cultural Conde Duque, que ha sustituido a los otrora simbólicos Jardines de Sabatini en los que el espectador pudo disfrutar durante años de toda manifestación artística, y cuya última propuesta de género lírico español allí fue en 2013. La Villa y Corte no representaba zarzuela en verano desde aquella Luisa Fernanda de 2015 al aire libre en Puente del Rey (Madrid Río) que sustituyó a Sabatini, dirigida escénicamente por Francisco Matilla, todo un infatigable luchador en pro de la zarzuela, tristemente ya apartado de las tablas, pues hoy por hoy hacen falta muchos valedores de su talla y criterio artístico. Curiosamente, en 2013 subió a escena en los Jardines la misma obra que ha vuelto a presentar ahora en el Patio Central del Conde Duque, la siempre irreverente opereta bíblica La corte de Faraón.

Si en aquel año la iniciativa partía del cantante y actor Jesús Castejón, -otra personalidad en el mundo del teatro lírico que respeta y conoce a la perfección el género por su pertenencia a una saga de cantantes de zarzuela-, en esta ocasión la materialización escénica ha sido obra de El Negrito Producciones, una producción proveniente del Festival de Teatro Clásico de Mérida de 2019, con escenografía de Pablo Almeida y el vestuario de Maite Álvarez, ambos de tradicional y chillona estética egipcia. Si todo se redujera a esto, las cosas irían por buen camino, pero el caso es que se revisita toda la obra original de los libretistas Guillermo Perrín y Miguel de Palacios adaptándola a los cánones del musical de Broadway por un par de ideólogos de la modernización, Ricard Reguant y Juana Escabias. Llegados a este punto nos preguntamos y les preguntamos a ustedes que nos leen: ¿es necesario convertir en un musical la refinada y embriagadora música de Vicente Lleó por fragmentos dispersos y recortados de sus cuidados pentagramas en los que se cambia el ritmo haciéndolo jazzístico o caribeño, según conviene a sus gustos, además de verse modificada la acentuación del texto cantado y las bases armónicas en un torrente musical estridente grabado en play-back que produce un hastío infinito a la vez que resulta cegadora la iluminación colocada por Luis Perdiguero?

Que se utilice la música de una obra perfectamente escrita al antojo y libre albedrío de los directores de escena y que se compongan nuevos números musicales ex profeso (obra de Ferrán González con su letra asociada a cargo de Xenia Reguant) para ciertas escenas inventadas -como los orígenes del casto José o la imposible cópula de Lota con Putifar- porque la música original de Lleó no les vale por sí misma para sus novedosas ocurrencias es sencillamente execrable y un ultraje a la labor del compositor valenciano. O cuando se recurre a la música de otra obra de género ínfimo, como la que se utiliza de la revista, también del autor levantino, La alegre trompetería, concretamente su Vals de la Regadera, con todas esas connotaciones sexuales que posee, y que a pesar de su natural esparcimiento es un simple pegote añadido para el lucimiento del cuerpo de baile y la estrella principal de este montaje, la televisiva Belinda Washington con la coreografía de Cuca Pont, además de una excusa para, pese a las mascarillas y el mantenimiento de la distancia de seguridad, mostrar el desparpajo de la presentadora haciendo participar al público en cuestiones de cama como si de un show erótico de reality se tratase.

Sin contar la propuesta gamberra pero siempre digna de Emilio Sagi, que es toda una simpática pero excesiva concesión al lobby LGTBI, el que escribe no había presenciado hasta la fecha un atentado y un destrozo tales en la obra más paradigmática de la sicalipsis, a la que se maltrata sin pudor alguno desde el mismo comienzo, un prólogo estúpido y banal en el que se cuentan las batallas del general Putifar y cómo la famosa flecha le cae en sus partes nobles, o convirtiendo al Faraón (al que da vida Washington en una hombruna caracterización) en un personaje andrógino (mujer disfrazada de hombre, el Faraón que se desdobla en la Reina), por no hablar de las Tres Viudas reconvertidas absurdamente en Tres Druidas de vestimenta a lo Ku Klux Klan. Las continuas referencias a la actualidad, coronavirus y confinamiento aparte, como por ejemplo menciones a la presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso o a Mariano Rajoy (curiosamente políticos de derechas) no escasean, en ese maniático empeño de incrustar referentes actuales en una obra que, si no, ¡qué miedo!, nos resultaría muy lejana, pese a la rabiosa cotidianidad per se que posee esta opereta, que no zarzuela en sentido estricto como apunta en cierto momento la actriz que da vida a Lota, por desconocimiento absoluto de los guionistas de las palabras que pone en sus labios, y en otro instante hablan de forma informativa de este título aludiendo a él como La corte del Faraón, un error bastante extendido entre los neófitos.

Otro detalle es la aparición de un censor con soflamas franquistas (que luego se convertirá en drag queen en el colmo del ridículo) que interrumpe la función tachando a los artistas de indecentes y promiscuos por aparecer semidesnudos en escena. Lo cierto es que este guiño a la exitosa película de 1985, dirigida por José Luis García Sánchez y protagonizada por Ana Belén y Antonio Banderas que ayudó a popularizar en democracia La corte de Faraón tras décadas de prohibición y asedio nacional-católico, no le hace ningún favor a este espectáculo, pues aparte de notarse a la legua su previsible influencia, no convence el expreso mensaje que se desea transmitir por boca de los artistas en escena, que es el de dejarse llevar por propuestas teatrales de este cariz y el pretendido afán de la libertad en el mundo teatral. ¿Libertad? ¿Se erigen ustedes en garantes de la libertad pisoteando y rehaciendo con descaro y sin prejuicios la música y el libro de una obra maestra de la irreverencia teatral ya en 1910, a la que no le hace falta ningún añadido ni ideológico ni humorístico? Resulta sonrojante y vergonzoso presenciar cómo el descacharrante libreto en verso de Perrín y Palacios se aprovecha para ciertos momentos a conveniencia de los registas y en otros se degrada o se modifica con situaciones chabacanas o gags gratuitos que, si bien provocan la carcajada fácil, rompen la magia y el erotismo original ideado por ambos (que darían mil vueltas a un creador actual de sketches de sexualidad explícita) para la historia de José, Lota y Putifar. La indignación aflora además cuando se prescinde de la música unida indisolublemente al texto para declamar sólo el verso en el final de la primera escena, tras la llegada triunfal de Putifar que culmina en la reveladora frase de Faraón dirigida a él: “después de que te cases, te voy a coronar”.

En suma, evitemos enervarnos y soliviantarnos más, tanto servidor como ustedes los lectores, hablando de un espectáculo que dinamita la herencia y el buen hacer de Vicente Lleó y de Perrín y Palacios para convertir su excelsa obra en una caricatura deshonrosa y tremendamente bochornosa. Esto que ha presentado Veranos de la Villa no es lo que se anunciaba como La corte de Faraón, y como espectáculo basado en esta obra deberían haberlo denominado para no llamar a engaño a ningún espectador amante o no del género lírico. Sólo nos resta una pequeña reflexión en torno a la forma de hacer teatro por parte de algunos directores que parece llenárseles la boca erigiéndose en defensores de la libertad. Desde aquí les animamos a que, si son tan valientes, produzcan y creen una obra completamente nueva y se arriesguen por ellos mismos con su creatividad presentándola al respetable, sin necesidad de aprovecharse cual parásitos y víboras de las glorias de nuestro género lírico nacional.

El estudiante y la zarzuela*

Afortunadamente, no todo es apropiarse de una obra ajena para hacer negocio en el mundo del teatro lírico español, pues el otro espectáculo que se nos proponía en la edición 2020 de Veranos de la Villa, en su pequeño Teatro a puerta cerrada y con las consabidas distancias sociales, venía a ser una especie de antología de zarzuela en base a un hilo argumental que vehiculaba los memorables números musicales que se convocaban. Bajo el título El estudiante y la zarzuela, Raquel Acinas elabora una propuesta teatral de pequeño formato y gran sencillez escenográfica, algo muy extendido hoy en día. Recordemos por ejemplo ¿Y si nos enamoramos de Scarpia? de Albert Boadella, de temática a años luz de la idea de Acinas y que se ha vuelto a reponer últimamente en Teatros del Canal, y en la que, como la que nos ocupa, tres personajes son los protagonistas (dos sopranos y un pianista-tenor). Aquí, sin embargo, encontramos un barítono (“el rey de la zarzuela”), una soprano y un pianista mudo quien es a su vez el estudiante aludido que tiene que presentar un trabajo aparentemente universitario relacionado con el género de la zarzuela, del que los dos cantantes alternativamente le van aportando información histórica y a nivel de algunos títulos concretos. La labor totalizadora a la hora de abordar la historia de un género tan complejo como es la zarzuela resulta vana e imposible como no podía ser de otro modo en un espectáculo donde afloran, eso sí, momentos muy logrados teatralmente que vienen a resucitar la esencia de los argumentos de zarzuela a través del lenguaje utilizado así como con la historia de amor secreto y no verbalizado que propiamente se nos presenta entre el barítono y la soprano a la manera de Felipe y Mari Pepa en La revoltosa.

Lo cierto es que la idea de Acinas es buena, pero el espectáculo, aparte de quedarse corto en su propósito, auténtica misión imposible como apuntábamos, está pensado no precisamente para un aficionado a la lírica nacional, sino para todo aquel que no está familiarizado con el género. Por otro lado, la ingenuidad de la propuesta es tal que el propio pianista que tiene que acompañar a los dos cantantes líricos en sus romanzas y dúos de zarzuela es el que supuestamente no tiene ni idea de zarzuela, con lo que las convenciones del teatro no casan mucho con esta trama que se nos quiere contar. Aun así, la digna prestación de los tres artistas que han participado ayuda a llevar adelante una hora y cuarto de sobresalientes momentos líricos.

El barítono Manuel Lanza es un sensacional artista en escena, como ha demostrado en más de una ocasión en las tablas del Teatro Real y la Zarzuela, y eso se nota en su presencia, sus maneras y su aplomo a la hora de cantar unas páginas que sin embargo han revelado unas carencias vocales que el paso de los años hace muy difícil ocultar. Su proyección es amplia y el centro sigue siendo generoso y varonil, pero su esforzado ascenso al agudo le depara más de un problema de afinación que tiende a solventar con las argucias de su sólida técnica bien en solitario o junto a su compañera. Aun así, con las salvedades apuntadas, Lanza salva bien, con expresión y elegancia, las romanzas de La canción del olvido de Serrano, El guitarrico de Pérez Soriano o La del soto del parral de Soutullo y Vert. Gallardo fue asimismo su Vidal en el dúo con Luisa Fernanda de la obra homónima de Moreno Torroba.

Ruth Terán es una soprano que ha exhibido una asombrosa e intachable participación a nivel actoral y canoro, y las buenísimas impresiones que ha causado (al que escribe y a los espectadores de esta calurosa tarde veraniega en Conde Duque) nos hace preguntarnos por qué razón no se encuentra su nombre en los carteles de alguna de las producciones del Teatro de la Zarzuela, siendo su valía artística mucho más elevada que ciertos cantantes con los que cuenta en ocasiones el coliseo de Jovellanos. Su gracia y desparpajo natural en el escenario hablando o cantando en compañía de Lanza (La revoltosa, La del manojo de rosas) conviven con una voz fresca de jugosos agudos exenta del molesto vibrato que sí poseen algunas sopranos de su misma juventud, y que hizo una auténtica delicia la escucha de la Canción Española de El niño judío de Luna, “Un tiempo fue que en dulce calma” de Jugar con fuego de Barbieri o “Lágrimas mías” de El anillo de hierro de Marqués, piezas estas dos últimas nada fáciles a nivel de tesitura, unidas al dramatismo del dúo “Somos dos barcas” de Pedro Stakof y Katiuska de la obra de Sorozábal con que emocionaron al público, además de con el dúo de Sagrario y Juan Pedro de La rosa del azafrán de Guerrero. No es por dar ideas a los responsables artísticos, pero Ruth Terán podría haber dado vida precisamente a Katiuska en una reciente producción de la Zarzuela. Tiene la voz y los medios vocales para afrontar ese papel sin ambages.

Miguel Huertas redondea la función metiéndose en la piel de ese estudiante que, mientras no hace de convidado de piedra durante los parlamentos de los cantantes, los acompaña pulcra y diligentemente o bien toca en solitario dos hermosas partituras: el intermedio de La leyenda del beso de Soutullo y Vert con que se inicia el montaje o el interludio de la ópera Las golondrinas de Usandizaga que sirve de reposo a la trama en un clima de gran intimismo al que contribuye la leve iluminación de Ruth Alonso. En definitiva, los responsables de Veranos de la Villa han acertado a medias al volver a reparar en la zarzuela, y, si lo quieren seguir haciendo de cara al futuro incierto que nos sobrevuela, algo que sería de agradecer por este humilde cronista y por una numerosa parte del público, les animamos a que opten más por ideas respetuosas como la de Raquel Acinas que por los desvaríos sinsentido y la pretenciosa jocosidad de El Negrito Producciones.

 

Notas

Madrid, sábado 22 de agosto de 2020. Veranos de la Villa. Patio Central del Conde Duque. "La corte de Faraón". Opereta bíblica en un acto. Música: Vicente Lleó. Libreto: Guillermo Perrín y Miguel de Palacios. Adaptación: Ricard Reguant y Juana Escabias. Dirección: Ricard Reguant. Composición y dirección musical: Ferrán González. Reparto: Belinda Washington, Marta Arteta, Paco Arrojo, Joan Carles Bestard, Javier Enguix, Gloria Albalate, Basem Nahnouh, Guillermo Pareja, Marta Castell, Pascual Ortí, Patricia Arizmendi, Rocío Martín, Sara Maqueda, Cristina Esteban y Antonio Maña. Letras adicionales: Xenia Reguant. Coreografías: Cuca Pont. Diseño de iluminación: Luis Perdiguero. Diseño de escenografía: Pablo Almeida. Diseño de vestuario: Maite Álvarez. Ocupación: 90%.

Madrid, domingo 23 de agosto de 2020. Teatro del Centro Cultural Conde Duque. El estudiante y la zarzuela. Idea original, dramaturgia y dirección: Raquel Acinas. Reparto: Manuel Lanza (barítono), Ruth Terán (soprano), Miguel Huertas (piano). Diseño de iluminación y dirección técnica: Ruth Alonso. Romanzas y dúos de zarzuelas de Francisco Asenjo Barbieri, Pedro Miguel Marqués, Agustín Pérez Soriano, Ruperto Chapí, José Serrano, Pablo Luna, Reveriano Soutullo y Juan Vert, José María Usandizaga, Federico Moreno Torroba, Jacinto Guerrero y Pablo Sorozábal. Ocupación: 90%.

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