Discos

Poderosa Phèdre de Lemoyne

Raúl González Arévalo

martes, 22 de septiembre de 2020
Jean-Baptiste Lemoyne: Phèdre, tragedia lírica en tres actos con libreto de François-Benoît Hoffman (1786). Judith van Wanroij (Phèdre), Julien Behr (Hippolyte), Tassis Christoyannis (Thésée), Melody Louledjian (Œnone), Jérôme Boutillier (Un grand de l'État / Un Chasseur), Ludivine Gombert (La Grande Prêtresse de Vénus). Purcell Choir. Orfeo Orchestra. György Vashegyi, director. Dos CD (DDD) de 136 minutos de duración. Grabado en el Béla Bartók National Concert Hall, Müpa Budapest (Hungría) del 10 al 13 de septiembre de 2019. Bru Zane BZ1040. Distribuidor en España: Semele Proyectos Musicales.

Creo que no me equivoco si digo que, en general, los amantes de la ópera la única Fedra que conocen es la protagonista del declamado con el que la Adriana Lecouvreur de Cilea cierra el tercer acto, el poderoso “Giusto ciel! Che feci in tal giorno!”. Sin embargo, era raro que no contara con un título propio, habida cuenta el papel de la mitología griega como fuente de inspiración para los libretos barrocos. Sin duda, su historia era digna de las tragedias líricas de la reforma gluckiana. Y en sus aledaños la encontramos precisamente.

La etiqueta que rodea a los sucesores de Gluck, reduciéndolos a meros epígonos, es empobrecedora e injusta. La exhumación en los últimos años de óperas de Grétry o Méhul, por ejemplo, han confirmado que no solo Salieri supo ir más allá del modelo gluckista, como confirman la escucha de Les danaïdes, Les Horaces y Tarare. Precisamente el mismo argumento de la primera lo compartía la Hypermenestre de Gervais, título olvidado de un compositor olvidado cuya recuperación ha sido una sorpresa mayúscula.

El caso de la Phèdre de Lemoyne es muy parecido. Del autor se conoce muy poco. Musicalmente era un completo desconocido en nuestra época. La exhumación de su mayor éxito se justifica en cada compás de la partitura, con una protagonista cuya fuerza se sitúa por momentos al mismo nivel que el de la tragédie lyrique por antonomasia después de Gluck, la Médée de Cherubini. No en vano el libretista es el mismo: François-Benoît Hoffman.

La obra retoma la original de Racine (1677), ideada sobre la de Eurípides, pero con cambios: siguiendo una práctica habitual en la época, los cinco actos quedan en tres, se altera la trama y su desarrollo y se reducen los personajes a seis, eliminando alguno importante como el de Aricia, lo que permite concentrar todo el drama en Hipólito y Fedra. De esta manera la desgraciada princesa cretense, reina de Atenas por su matrimonio con Teseo, es la protagonista femenina absoluta de la tragedia, centrada en el amor incestuoso que siente por su hijastro.

Estrenada en 1786 en el palacio de Fontainebleau, en la corte de Luis XVI, tuvo como protagonista a Madame Saint-Huberty, estrella absoluta de la Ópera de París, en la cumbre de su poderío lírico y dramático. Voz híbrida, aparentemente más mezzo que soprano, había estrenado obras de Gossec (Théssée), Piccinni (Didon), Sacchini (Chimène), Salieri (Les Danaïdes, Les Horaces), y el propio Lemoyne (Elèctre), pero sin duda Phèdre fue recordada como una de sus grandes creaciones. El éxito de la obra fue importante, aunque se consideró superflua la primera parte del primer acto, de modo que Lemoyne se vio obligado a eliminarlo. Así, la ópera perdió media hora de música y entraba directamente en la trama principal. En esta versión reducida se reestrenó en París, en cuyo repertorio se mantuvo de manera estable hasta 1813. Ahí es nada.

La grabación del Palazzetto Bru Zane, primicia absoluta, recoge la versión original del autor. Para bien o para mal, fue lo que Lemoyne decidió presentar al público. Sin embargo, no es menos cierto que la obra coge fuerza y levanta el vuelo tras esos primeros treinta minutos, con la entrada de la protagonista, de modo que las consideraciones de la crítica ciertamente centraban el argumento y realzaban la fuerza de la trama, más concisa, pero no seca, al estilo de Médée de Cherubini. Se encarga de ello una instrumentación brillante y fantasiosa, como anuncia ya la magnífica obertura. La línea vocal no será memorable como la de Gluck, pero no cabe duda de que Lemoyne sabía escribir para las voces y tenía capacidad melódica. Sin embargo, lo que más llama la atención son los recitativos, que tienen una fuerza magnífica y convierten a Fedra en uno de los personajes femeninos más poderosos de todo el periodo post gluckiano. De hecho, solo se entiende el rechazo de Gluck a considerar a Lemoyne como discípulo, como se había declarado con el estreno de Elèctre, no tanto por el ‘ruido’ que achacó a esa partitura como por la amenaza que podía suponer el joven aspirante a su reinado indiscutido. Su Fedra se sitúa a medio camino entre la luminosidad de Ifigenia y la pasión no correspondida de Armida.

Para semejante protagonista hacía falta una intérprete a la altura. No se me ocurre mejor nombre hoy día que Judith van Wanroij. La holandesa se ha especializado en este repertorio y cada nuevo papel que incorpora solo la confirma como la mejor tragédienne de su generación, sin discusión posible. Con un francés impecable y una dicción magnífica, su voz de soprano corta es perfecta para estos papeles anfibios, con graves poderosos y agudos penetrantes. Además, la identificación con las creaciones de Madame Saint-Huberty es total, después de haber asumido Hypermnestra de Les Danaïdes y Camilla de Les Horaces. Como en esos papeles, particularmente la primera, se distingue por la capacidad infinita para matizar acentos y colores, con unas inflexiones que hacen los extensos recitativos auténticas joyas de teatro musical. A diferencia del modelo original, que sufrió un rápido deterioro vocal por forzar el agudo siendo una voz central, van Wanroij está en el apogeo de sus posibilidades y la pulcritud con la que afronta las melodías es digna de la mejor Ifigenia. Si quieren dos momentos, tienen para escoger entre la segunda mitad del segundo acto, cuando confiesa su amor a Hipólito, y el final del tercero, de la cólera al conocer que Enone ha hecho parecer culpable a su hijastro a la tristeza y la serenidad con la que fallece. Qué encarnación enorme y emocionante, me pregunto cuál será el próximo personaje que nos regale.

Con decir que el resto del reparto brilla a la misma altura ya lo he dicho todo. La calidad de intérprete de Julien Behr estaba clara desde su debut en solitario con el recital Confidence, y desde luego merece cometidos de más envergadura que su soberbio Laërte del Hamlet de Thomas. Hippolyte es un paso más que confirma su versatilidad, pasando de manera impecable del romanticismo decimonónico a la tragédie lyrique dieciochesca. La voz suena redonda en toda la extensión, brillante en el agudo y sólida en el centro. Además, el francés es capaz de insuflar calidez, dulzura y ternura a los momentos más líricos, de la plegaria a Diana a la proclamación de su inocencia, lo que dota de mayor credibilidad al personaje. Fantástico.

El contraste con la otra voz masculina no podía ser mayor. Tassis Christoyannis es un grandísimo Teseo. Como van Wanroij, había participado en las grabaciones de Les Danaïdes y Tarare, y como Behr, también ha demostrado su adecuación al repertorio romántico, grabando con Bru Zane óperas de Gounod (Cinq-Mars y Le tribut de Zamora) y Offenbach (Maître Péronilla). Su voz no es oscura ni rocosa, pero sí plena en toda la extensión del papel, y, sobre todo, es un intérprete concienzudo, de acentos nobles, desconcertado ante las evasivas de su mujer, iracundo en su invocación a Neptuno, su momento más interesante, en el tercer acto, cuando decide vengar la supuesta traición de su hijo. Con los trombones realzando la calidad del canto, el intérprete protagoniza otro momento emocionante.

No me suelo detener mucho en los secundarios –nadie en general– porque suelen estar correctos y poco más. No es el caso. Melody Louledjian llama firmemente la atención como Enone, con una voz brillante, perfectamente contrastada con la de van Wanroij, con la que dialoga sin complejos gracias a una expresividad inesperada en un papel de estas características, de modo que le auguro un gran porvenir. El cometido de Jérôme Boutillier es más breve, pero también asegura su cuota de atención anunciando la muerte de Hipólito a Teseo en el último acto.

Redondeando el círculo de una grabación perfecta están las fuerzas húngaras. El Purcell Choir está intachable en sus cometidos, que no pocas veces me hicieron desear escucharles como Furias del Orfeo gluckiano. Por su parte, la Orquesta Orfeo, de instrumentos originales, suena impecable de principio a fin, con un sonido redondo y cálido y una paleta de colores y matices que sin duda realzan la partitura original. Como promesa de todo lo que estaba por venir, la obertura. Artífice principal y espíritu de la operación es György Vashegyi. Tras Hypermnestre de Gervais, el húngaro confirma su especial afinidad con este repertorio, al que insufla fuerza y lirismo a partes iguales, con una dirección de fuerte componente teatral que te envuelve y te arrastra dentro del drama.

Si a todo añadimos la presentación lujosa, la información de primera mano y la toma de sonido magnífica, no cabe duda de que esta Phèdre está a la altura de la expectación que a estas alturas despierta cada nuevo lanzamiento del Palazzetto Bru Zane, con otro descubrimiento que merece absolutamente la pena. No veo la hora de tener entre mis manos Le timbre d’argent, primicia absoluta de la primera ópera de Saint-Saëns.

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