Portugal

Fascinante

Maruxa Baliñas

viernes, 25 de septiembre de 2020
Oporto, viernes, 18 de septiembre de 2020. Casa da Música de Porto. Sala Suggia. David Fray, piano y dirección musical. Orquestra Sinfónica do Porto Casa da Música. Wolfgang Amadè Mozart, Concierto para piano y orquesta n.º 20 en re menor, K. 466. Ludwig van Beethoven, Concierto para piano y orquesta n.º 3 en do menor op. 37.
David Fray (2009) © 2020 by CC

Siempre es un placer visitar la Casa da Música de Porto: programación interesante, precios asequibles, comodidad y buena acústica en la sala (algo que en la antigua sede de la Orquesta Sinfónica de Galicia, el Palacio de la Ópera de A Coruña, brillaba por su ausencia), además de una marcada tendencia a concentrar los conciertos en fin de semana, lo cual simplifica mucho los viajes. En esta ocasión, el principal atractivo era Denis Kozhukhin, quien daba un recital el sábado, pero la posibilidad de escuchar al pianista francés David Fray el viernes y a la pianista finesa Anna Kuvaja el domingo nos hizo prolongar el viaje. 

Sinceramente, no conocía apenas a David Fray y aunque había oído hablar de él, nunca lo había escuchado en directo, por lo que asistí a este concierto con pocas expectativas. Quizá por ello se convirtió en una sorpresa doblemente agradable. No podría decir si el concierto me gustó mucho o poco, pero sí que me interesó enormemente y que me han quedado muchas ganas de volver a escuchar a Fray.  

El problema básico y la fuente de mis dudas es que Fray pertenece a ese tipo de pianistas que crean las obras en su propia interpretación: de hecho, la publicidad lo compara a veces con Glenn Gould, aunque sus planteamientos son netamente distintos. Fray es más convencional en sus interpretaciones y conoce y respeta mucho la tradición pianística. Eso hace que su mérito sea aún mayor: no es fácil abordar dos conciertos tan trillados para piano como el Tercero de Beethoven y el nº 20 de Mozart desde una perspectiva personal respetando al tiempo las tradiciones, pero Fray es capaz de hacerlo. 

Lo que más me desconcertó fue su estilo como director. O mejor dicho, su falta de estilo. Es totalmente desconcertante. La mayor parte del tiempo dirige con los puños cerrados y no queda claro si está boxeando con los músicos más cercanos o dándole las entradas. Pero es que además a menudo 'boxea' con los dedos hacia arriba, o sea, precisamente lo que no se puede hacer. Se mueve muchísimo por el escenario y casi invade el espacio de los músicos, especialmente el del concertino. A los violonchelos les marca los movimientos de arco, en vez de darles indicaciones expresivas. En fin, es un completo caos que especialmente en el Concierto nº 20 de Mozart me distraía mucho.

Pero el caso es que el resultado musical, si uno se abstrae del estilo, es sumamente interesante. Y el 'nervio' de Fray, constantemente sentándose y levantándose del piano, moviéndose agitado, con una posición al piano a menudo forzada -que no parece influir en su sonido cuidadoso y muy matizado- acaba resultando muy atrayente. A eso se añade el uso del pedal, no siempre de acuerdo con las convenciones mozartianas, pero que contribuye mucho y muy positivamente a la calidad de su sonido, así como una envidiable independencia de las manos que le permite sonar orquestalmente también cuando toca a solo. 

Sin embargo, lo que más destacaría de la velada fue el concepto. Si bien no hay relación directa entre el Concierto nº 20 de Mozart y el Tercero de Beethoven (sí la hay entre el Concierto nº 24, K. 491 y el Tercero, entre otras cosas la tonalidad común, do menor), Fray fue capaz de mostrar la evidente influencia de los conciertos mozartianos sobre los primeros de Beethoven, no como similitud, sino como concepto, como una línea histórica en la tradición. Ni Mozart sonó exactamente a Mozart, ni Beethoven a Beethoven, sin embargo de algún modo ambas obras fueron totalmente coherentes y fieles a sí mismas. 

En esta ocasión no viajé por Fray, pero en la próxima ocasión que pueda, sí que lo haré, porque pasados ya varios días, sigo sintiéndome fascinada por un pianista que claramente tiene algo que decir y lo cuenta en sus propias palabras. 

Por cierto, la Casa da Música cuida bien el protocolo COVID-19, la separación de las butacas, los caminos de entrada y salida, el gel obligatorio antes de enseñar la entrada, los ascensores con sólo dos personas, etc. Los empleados no resultan opresivos, pero con su sonrisa y amabilidad hacen cumplir las normas a rajatabla y sin excepciones. 

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