España - Euskadi

El sonido como virtud

Joseba Lopezortega

jueves, 24 de septiembre de 2020
San Sebastián, viernes, 21 de agosto de 2020. Auditorio Kursaal. Mozart: Concierto para piano número 20. Prokofiev: Sinfonía nº 1, “Clásica”. Mozart: Concierto para piano número 21. Javier Perianes, piano. Orquesta Sinfónica de Bilbao. Erik Nielsen, director. Aforo: reducido a 600 localidades por medidas anti covid-19. Ocupación: 80%. 81ª Quincena Musical.

Perianes regresaba a San Sebastián tras su integral de los conciertos de Beethoven en 2019, en aquella edición de Quincena con la LPO y Juanjo Mena. Este año Perianes se anunciaba con los conciertos 20 y 21 de Mozart, la Sinfónica de Bilbao y el maestro norteamericano Erik Nielsen. Perianes y Nielsen tiene en común algo muy importante, y es el valor que otorgan a la calidad y limpieza del sonido. Nielsen es además un excelente concertador, de forma que se pudieron escuchar unos conciertos en los que las intenciones de pianista y maestro eran claras y manifiestas. El número 21 fue lo que se puede esperar de Perianes, un catálogo de sus virtudes: un sonido redondo, muy matizado, que limpia los sentidos a su paso, con unos pianísimos de gran delicadeza. 

En el número 20, además de esas virtudes, exhibió un abordaje aventurado, pues parecía vincular a Mozart con un pianismo posterior a su tiempo, creando un concierto francamente interesante, con una consistencia formal superior impuesta sobre la intensidad dramática, con unas manos y unos pedales poderosos al servicio de una tragedia entendida en términos de profusa modernidad. La orquesta acompañó adecuadamente a Perianes, que tocaba como los grandes, a la búsqueda del sonido y de la partitura, desinhibido, y a su lado Nielsen participaba de ese viaje, de ese Mozart entendido como testimonio de madurez y experiencia vital. Así que de este lado del programa el resultado del concierto fue francamente interesante. 

No suelo prestar demasiada atención a las propinas, su viejo valor de agradecimiento al público por su rendición ante la calidad del solista se ha convertido en rutina, hasta ser una parte más perfectamente prevista de los conciertos, sólo que no anunciada; pero Perianes acertó al sentarse de nuevo al piano para interpretar la Serenata andaluza de Falla, una obra que domina hasta el magisterio, en la que exhibió una delicadeza y un conocimiento de la profundidad cautivadora del sonido de su instrumento absolutamente fascinante. El sonido fluía entre cristales.

La Sinfónica de Bilbao se ha abonado en estos tiempos, circunstancialmente, a obras que requieren de plantillas cortas. Me gustaría mucho que la BOS pudiera visitar Quincena Musical con todo su armamento de sólida orquesta postromántica, en formación grande y dentro de su repertorio natural, que en mi opinión es ese, pero la puerta de Quincena no siempre está tan abierta como merecería su orquesta vecina. La Clásica de Prokofiev es, empero, una pequeña gran sinfonía, y la BOS la traía a Quincena bien estudiada y trillada, tras hacerla en Bilbao dos veces en los tres días anteriores a su visita a Donostia. El contraste entre la versión escuchada en Kursaal y la escuchada en el auditorio de Bilbao fue muy grande. Igual que ponen al desnudo la calidad de las formaciones, obras como la Clásica delatan la calidad de las acústicas y debo decir, como bilbaíno, que la de Kursaal es envidiable. Nielsen dirige con una solvencia y una fiabilidad muy grandes, y se parece mucho a sí mismo cuando trabaja. Sus virtudes quedaron patentes en Kursaal, y sólo parcialmente en Euskalduna: sonido bien articulado, bien ordenado, matices y planos cuidadosamente elaborados, limpieza y consistencia y una lectura de la obra formal y compacta. Escuché a gusto a la BOS, que estaba cómoda sección a sección, pese a concurrir con una plantilla que era sólo en parte la formación titular, dicho con todo respeto para los participantes.

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