Italia

Por primera vez en más de siglo y medio

Jorge Binaghi

martes, 29 de septiembre de 2020
Parma, viernes, 11 de septiembre de 2020. Parco Ducale. Macbeth ( París, Théâtre Lyrique, 21 de abril de 1865). Libreto de Ch. Nuitter y A. Beaumont (traducido del original de F. M. Piave y con fragmentos del original de Shakespeare), y música de G. Verdi. Intérpretes: Ludovic Tézier (Macbeth), Silvia Dalla Benetta (Lady Macbeth), Riccardo Zanellato (Banquo), Giorgio Berrugi (Macduff), David Astorga (Malcolm), Natalia Gavrilan (Comtesse), Francesco Leone (Médico) y otros. Versión de concierto. Orquesta Filarmónica Arturo Toscanini y coro del Teatro Regio (preparado por Martino Faggiani). Dirección de orquesta: Roberto Abbado
Tézier como Macbeth © 2020 by Roberto Ricci

Uno no sabe ni por dónde comenzar. El Festival Verdi tuvo, como en otros casos, que ser modificado, reducido, y además aquí cambió de sede por un escenario improvisado, con todas las garantías, en el Parque Ducal vecino al Teatro Regio (la amplificación o ‘espacialización’ apenas se notó). Se programaron más actividades en los alrededores y en la misma ciudad, por ejemplo un ‘Off’ que incluía la interpretación de algunas arias por artistas jóvenes desde lugares simbólicos (en mi caso, a las 2 de la madrugada desde la ventana del Ayuntamiento).

El título ‘raro’ era esta vez precisamente la función que nos ocupa (se dieron dos en concierto, como de las otras dos obras elegidas, el Requiem y Ernani). Será transmitido y recogido en cd y dvd por Dynamic y merece la pena. Desde el estreno de la versión reformada no se había vuelto a escuchar en francés, sí en la versión italiana sobre la que Verdi trabajó (pero luego controló los resultados -conocía bien el francés- y exigió cambios). La propia fonética y la sintaxis de la frase y su ‘ritmo’ hace que partes idénticas suenen a veces distintas. Aparte de modificaciones menores, debido en parte a ello, las dos mayores que se han impuesto en su versión italiana son el aria de la Lady en el segundo acto, el gran ballet y dúo final del acto tercero, y el final del acto cuarto con gran coro (exigido por París; yo lamento siempre que Verdi, hombre de teatro antes que nada, cortara sin piedad el solo final del protagonista agonizante, y sinceramente prefiero que se lo integre aunque detenga algo la acción y resulte una pequeña violencia musical). Pero, por ejemplo, el coro de asesinos que espera a Banquo en el segundo acto sorprende, y no para mal. Con todo, creo que se trata de una operación digna de un festival (bravo) y difícilmente entrará en el repertorio de los teatros incluso como rareza. Lo que sí vuelve a ponerse de manifiesto es la tozudez del compositor cuando creía tener algo importante al alcance de su mano, y aunque hay otros ejemplos contundentes, antes y después, lo que parece quedar claro es cómo creía Verdi en este título y en Simon Boccanegra, objeto de una atención si cabe más profunda y de un empecinamiento mayor ( y recuérdese que si no logró escribir su ‘Rey Lear’ algunos momentos pasaron modificados a este último título).

La orquesta Toscanini realizó un muy buen trabajo bajo la batuta alerta y exigente de Abbado (aunque en general prefirió tiempos rápidos, supo dar toda la carga trágica al gran coro del cuarto acto -estremecedor- y a las vacilaciones y alucinaciones de la pareja protagonista). El coro, muy bien preparado, fue otro pilar fuerte de esta versión, incluso cuando una corista cayó desmayada (supongo que por el calor) en medio precisamente del coro que acabo de mencionar. La labor de Faggiani fue, como siempre, notable.

Se eligieron bien los roles menores, y dentro de ellos cabe señalar el correcto trabajo de Leone y Astorga, y el buen aporte de aquellos que sólo tienen bocadillos, pero sobre todo me causó impresión el volumen, en particular en el agudo, de Gavrilan, que fue la encargada de las notas más expuestas en las escenas de conjunto que cierran primer y segundo acto.

Oía por primera vez en vivo a Berrugi y la verdad es que me decepcionó bastante. La voz tiene poco squillo y el canto es vigoroso pero todo se sacrifica a tal efecto (no sé si alguna vez la nota final de su conocida aria duró tanto). Zanellato hizo un buen trabajo sin llegar a sus mejores niveles, pero fue siempre digno y causó buena impresión con su gran aria del segundo acto. Todos tuvieron un correcto francés y adecuada expresividad (aunque a veces se dejaron llevar por lo estentóreo, como queda dicho).

Hubo un problema no menor cuando pocos días antes de la primera función la soprano contratada para la diabólica (en todos los sentidos) parte de la Lady se retiró (se habló de indisposición, pero personalmente no me queda muy claro). Dalla Benetta tuvo que aprender la parte en francés (ya la había cantado en italiano en la temporada pasada en el circuito lombardo) en poco tiempo. Salvo la lectura de la carta que fue grabada por otra artista (el efecto fue más bien desconcertante) salió airosa del francés y del compromiso de la parte. No se puede decir que posea una voz bella (que tampoco aquí se necesita aunque no moleste en absoluto -Nilsson, Jones, Shuard, Varnay abonan mi afirmación-), e incluso sus limitaciones (metálica, opaca) aquí estuvieron al servicio del personaje. La cantante es musical y entonces algún agudo problemático (aparte del dichoso re bemol final de su actuación, que hoy sólo Netrebko se atreve a dar) e hiriente pasan mejor. Por ejemplo en ‘La luce langue’ (’Que sur la terre' aquí) prefirió a la línea de canto un susurro casi ahogado y una declamación que le permitieron llegar a la ardua sección final sin problemas. Es cierto que no tiene un trino digno de ese nombre, pero ¿cuántas con más nombre y menos inteligencia lo poseen? El fraseo, queda claro, fue muy bueno.

Pero donde el Festival acertó -y además tuvo suerte- fue en pensar en Tézier para el protagonista. Es uno de los dos o tres Macbeth de veras notables de nuestra época, pero con el francés de su lado (¡qué placer escuchar así esa lengua!) su magnetismo y magisterio crecieron, si es que eso era posible (lo era). Aplaudido con delirio al final de la noche, y también tras su gran aria y la escena de las apariciones, no lo fue -la música, o sea Verdi, lo impide- en el monólogo del primer acto en el que el fraseo (y las medias voces) fueron dignas de Shakespeare. En realidad cada frase fue una lección de canto verdiano ( no entiendo cómo algunos dicen que la voz es muy bella, pero el artista convencional: en una función en concierto queda claro que si se canta como canta Tézier, respetando las indicaciones de la partitura, la expresividad aparece automáticamente). Y a las pruebas me remito: cerca de mí había un barítono de la joven generación. Para mi gran sorpresa y admiración aplaudió y gritó ‘bravo’ como uno más del público aunque no dejó de aplaudir a todos los demás. No hay crítica mejor ni mayor elogio que el reconocimiento de un colega (no de un competidor o un rival), tan raro de encontrar, y con entusiasmo tan real (he visto reacciones en todo caso circunspectas, pero también de las otras….todo muy humano, pero bastante mezquino, muy tipo personajes verdianos, criaturas que se equivocan y caen o que obran correctamente y no reciben premio alguno).

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.