España - Cataluña

…Y el Liceu estalló

Jorge Binaghi

jueves, 1 de octubre de 2020
Barcelona, domingo, 27 de septiembre de 2020. Gran Teatre del Liceu. Concierto lírico. Arias y dúos de Verdi, Puccini, Mascagni y Giordano, Dvorak. Bises: arias de Dvorak, Massenet, Cilèa y dúo de Lehár. Sondra Radvanovsky, soprano, y Piotr Beczala, tenor. Piano: Camillo Radicke.
Radvanovsky y Beczala © 2020 by A. Bofill

Para un teatro reducido a la mitad de su aforo el Liceu parecía rebosante. La febril espera denotaba la ansiedad del público liceísta por volver por fin a la ópera en vivo aunque fuera en un concierto. La ovación -merecida- que acogió la entrada de los artistas resumió bien ese estado de ánimo, que siguió creciendo en fuerza, entusiasmo y alegría a medida que se desarrollaba el programa (la bandera que algunos llevaron sin ningún sentido de la oportunidad se perdió ante el interés general por lo que sucedía en el escenario y no sé si alguna foto -seguramente sí- la rescató para que la posteridad vea el grado de insensatez y falta total de criterio al que algunos han llegado … aunque hoy tengan quienes a casi 700 km. compitan con ventaja en el campo del disparate y el esperpento …).

Indudablemente los dos cantantes se cuentan entre los favoritos (si no los más amados, que bien puede ser, pero yo no estoy con el cronómetro en mano ni contando bises) del público, y lo que es más importante (preferencias aparte) es que se lo han ganado en buena ley a base de dar lo mejor de sí en una profesión que aman. Hablaron al comenzar y al cerrar la función, la soprano visiblemente emocionada, Beczala siempre medido, para agradecer el honor de la inauguración, la presencia y el calor del público y tuvieron palabras -en la conferencia de prensa precedente- para los colegas que no están pasando por un buen momento económico y para la incertidumbre que se cierne sobre todos los artistas y hasta los teatros.

Los acompañaba desde el piano un excelente profesional, Radicke que, si no me equivoco (soy de los que no leen programas por internet), debutaba en la casa. No sé por qué -imagino que por el dichoso virus- no intervino la orquesta de la casa con su director que ya habían hecho intervenciones antes de esta ‘verdadera’ inauguración (los espectáculos sin público y con plantas, o el traslado a Montserrat desde mi punto de vista poco o nada tienen que ver con la ópera, los conciertos e incluso los recitales y el ballet a los que se dedica el Liceu)

El programa, alabado por todos, no daba tregua ni pausa (no hubo intervalo, pero tampoco el pianista tocó un par de piezas como se estila ahora). No sé si deliberadamente se escogieron fragmentos muy populares que a su vez fueron, en parte, un repaso de lo que ambos artistas han hecho -en concierto o en representación- en el teatro. No lo critico en absoluto, pero yo habría preferido un programa con más novedades en autores u obras. Si, en el marco del programa oficial, la única pieza más o menos ‘rara’ (no lo es en absoluto) fue el aria de Rodolfo de Luisa Miller (con recitativo, pero sin cabaletta); en los bises al menos tuvimos un Dvorak (el canto a la luna de Rusalka) y el aria del tenor de Halka de Moniuzsko. En mi opinión lo más interesantes fueron los dúos del programa; el final de Andrea Chénier (que Radvanovsky había cantado aquí con Kaufmann), y el gran dúo de amor de Un ballo in maschera (que Beczala había cantado prácticamente solo con una colega de poco calado). Ambos se llevan bien dentro y fuera del escenario y eso se nota, y es un elemento nada indiferente porque no hay rivalidad (ni siquiera de la ‘sana’, que en estos casos nunca lo es del todo) sino colaboración y nadie intenta lucir su agudo o su volumen más que el colega. No es nada frecuente, y es un ejemplo.

Por otra parte, si alguien lee alguna de mis reseñas, ya sabrá que mi valoración de ambos no es idéntica, y he vuelto a comprobarlo.

Radvanovsky tiene un volumen y extensión enorme (aunque el grave muchas veces es ingrato y no le permite dar el sentido a algunas frases. Eso se notó sobre todo en el aria final de Manon Lescaut de Puccini, a la que ni los abundantes sollozos finales -que personalmente encuentro superfluos y una muestra de lo que la soprano entiende por ‘espontaneidad dramática’, que funciona muy bien en Norteamérica … y también aquí; a mí me parece absolutamente superficial y ni siquiera producto de época o de escuela). La voz no es especialmente bella y a veces se observa un vibratello en las notas filadas, que domina muy bien. Asimismo el agudo es poderoso aunque metálico. Repitió sus caballos de batalla de ‘La mamma morta’ y ‘Vissi d’arte’ y agregó ‘Io son l’umile ancella’ y ‘Pace o pace mio Dio’: para mí, en esta última, su primera intervención (hay que tener agallas para salir a cantar ‘en frío’ semejante aria), estuvo lo mejor que nos ofrece. Y es en Verdi, y el de la última época. Para el ‘verismo’ el italiano, que no es malo, resulta insuficiente en los momentos hablados o recitados (y esas ‘t’ que suenan como ‘d’ o viceversa no ayudan a la comprensión), y los textos no le imponen la contención que Verdi sí reclama y que ella traduce con eficacia. Sigo diciendo que lo mejor que le he oído aquí ha sido su Aida. Pero hacer el gesto de soplar cada vez que Adriana Lecouvreur dice ‘soffio’, o mirar el agua de modo que nadie pueda ignorarlo en el caso de la ondina Rusalka no creo que ayuden a comprender mejor el fragmento; más bien lo contrario.

Beczala estuvo pletórico como suele; él también es generoso y la voz tiene su amplitud y su squillo de siempre (la campana acústica ayudó mucho). La consistencia de su centro es cada vez más perceptible en la evolución de su instrumento vocal, lo que justificaría ciertas elecciones últimas o venideras que a algunos les parecen algo pesadas. Se verá. En tanto, repitió su fantástico Werther, su apasionado Rodolfo (la segunda stanza del aria mencionada de la Miller bastaría para entender por qué se trata, no sólo a mi juicio, del tenor más completo de nuestros días), su Cavaradossi melancólico y sensual, su poético Chénier en el adiós al mundo, su apenado Turiddu en la despedida a la madre (hacia el final la memoria le jugó una mala pasada que resolvió con clase y pocos, pero bastantes, advirtieron), su magistral Riccardo del Ballo o el angustiado canto del protagonista de Halka (no conozco una palabra de polaco, pero me sonaba a italiano, tal era su música). Me pregunto, Werther y Carmen aparte, si seguirá frecuentando el repertorio francés en el que era/es inimitable e imprescindible.

No podía ser que el alemán faltase hoy por hoy en un concierto con Beczala, y el concierto concluyó con el público de pie y un clamor ensordecedor luego de la interpretación del dúo final de La viuda alegre, algo que cuando canta con una soprano es casi obligatorio. Pero aquí su colega, que resolvió con simpatía la necesidad del móvil para el texto, es extraña al mundo de la opereta aunque lo siguió con gran aplomo y seguridad vocal, y terminaron marcando como pudieron -en medio de este extraño mundo en que nadie se puede tocar y todos parecemos atracadores de bancos- unos pases de baile que enloquecieron al respetable. Debo decir que resultó muy superior a la última vez en que lo oí ( porque no quería escuchar) aquí en la voz de la estrella de estrellas y un excelente barítono que se dejó arrastrar por las tonterías de la diva de marras.

Mejor inicio imposible; no será fácil llegar al mismo nivel. Ignoro qué funciones podré comentar porque ya -vista la reducción de plazas y la demanda- se me ha negado la acreditación para el próximo Trovatore en concierto. Tengo una entrada, y si nada sucede iré, pero mi criterio -quebrado sólo una vez y por decisión personal en Viena- es que cuando voy como cualquier otro respetabilísimo espectador no tengo ni derecho (ni deber) de publicar mi por otra parte prescindible opinión.

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