España - Castilla y León

Útiles imposiciones

Samuel González Casado

jueves, 1 de octubre de 2020
Valladolid, viernes, 25 de septiembre de 2020. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Iván Martín, piano. Víctor Pablo Pérez, director. Haydn: Concierto para teclado y orquesta n.º 11 en re mayor, Hob. XVIII: 11. Mahler: Sinfonía n.º 1 en re mayor, "Titán" (versión para conjunto de cámara de Iain Farrington). Ocupación: 80 % de 370

Después de todos los vaivenes provocados por la pandemia, al final ha llegado la nueva temporada de la OSCyL, que parece ser se va a dividir en ciclos que coincidirán con las estaciones del año, evidentemente para poder ir modificando los criterios de aforo según vaya variando la normativa. Recordemos, además, que el gerente de la orquesta, Jordi Gimeno Mariné, dimitió de su cargo, por lo cual está claro que el proceso de reajuste está resultando complejo. Además, las restricciones parciales de la Comunidad Autónoma de Castilla y León solo se levantaron solo un día antes de la primera sesión del programa 1, que no hubiera podido celebrarse con público si se hubieran mantenido. Por ello, es de admirar los resultados organizativos del primer concierto, tras los sucesivos encajes de bolillos que el personal del auditorio y los miembros de la orquesta han tenido que ir realizando al albur de las circunstancias; así como el comportamiento del público desde el primer momento, que —salvo alguna excepción— respetó con civismo encomiable todas las reglas preceptivas.

Los conciertos de otoño, con orquesta reducida y algo más breves de lo habitual, pueden traer sorpresas y, paradójicamente, suplir en cierta medida una de las carencias que últimamente presentaba la programación del auditorio: la de la música de cámara. Claro está que ninguna de las obras programadas fue escrita para las formaciones clásicas de cámara, pero ahora por lo menos algo de la magia de los pequeños conjuntos puede transmitirse y disfrutarse, a la par que se combina con efectos sorprendentes, palpables ante todo en la segunda obra del concierto que se comenta.

Aunque las circunstancias favorezcan la interpretación de obras adaptables al pequeño formato, comenzar una temporada con Haydn es hacer justicia, siquiera simbólica, a Haydn. Su magnífico Concierto para piano n.º 11 tuvo una lectura del pianista Iván Martín algo atropellada en su final, donde la velocidad y el empuje sustituyeron a la sutileza. El segundo fue el más logrado, gracias a que el pianista consiguió cierto equilibrio entre su tendencia al efecto y la línea en el fraseo, mientras que en el primero momentos encomiables alternaron con un discurso poco fluido y un trazo que no fue epítome del refinamiento estilístico precisamente. Pese a ello, Haydn siempre agradece cierta movilidad en el discurso, y la capacidad de Martín para sorprender y sobre todo interpretar con entusiasmo hicieron que el tono general del concierto permitiera disfrutarlo como un divertimento apreciable; un pequeño rayo de sol.

Si la reducida orquesta ya había sorprendido en Haydn, gracias a una cuerda excelente y en general una labor atentísima a la ultraclásica batuta, en la Sinfonía n.º 1 de Mahler demostró una vez más que con esta calidad y con este director en una versión reducida cabe tanta música como en la habitual. En la versión de Víctor Pablo Pérez, muy elaborada, destacó sobre todo el cuidado en la planificación y conclusión de frases, el absoluto equilibrio entre familias y la inteligentísima gradación de recursos para añadir tensión con la dinámica que esta orquesta era capaz de proporcionar. No creo haberme aburrido ni un solo momento en esta interpretación, rigurosa, transparente, tímbricamente variada; ni siquiera en el primer movimiento, de nuevo con una cuerda excelente que era capaz de satisfacer las exigentes indicaciones del director respecto a los pianos.

Cuando hace muchos años escuché el segundo movimiento de la mejor versión grabada que he escuchado de esta obra (Barbirolli y Nueva York en directo, 1959), mi concepto del segundo movimiento cambió, y ya solo me satisface que su rusticidad se intente llevar hasta sus últimas consecuencias. Comprendo que no se llegue a los extremos de Barbirolli (que exacerba la intención paródica de Mahler hasta el punto de parodiar al propio Mahler), pero me alegro de que Víctor Pablo siguiera esta línea de rugientes chelos y tambaleante énfasis, que llegó a mis oídos transformada en algo absolutamente delicioso por la transparencia inmaculada del grupo.

En el tercer movimiento se cambió lógicamente de tono, y se combinó con gran elegancia la ironía queda con ese expresionismo que con tanta habilidad tomaría prestado Shostakóvich. En el último, tan potente como igualmente diáfano, no siempre se consiguió que el interés permaneciera (me esperaba algunas sorpresas), pero en su gran mayoría el director mostró una fantástica capacidad para tensar la cuerda con recursos tímbricos por ejemplo en la zona grave y en los vientos. Todo el comienzo fue sobrecogedor, con el timbalero Juan Antonio Martín entregado a la causa; el tema lírico paladeó los portamenti sin demasiado empalago; y el resto cumplió con unas expectativas que ya se habían sobrepasado.

Sé que todo el mundo prefiere a las orquestas nutridas por su espectacularidad, pero grupos como el Natalia Ensemble o este eventual de la OSCyL hacen que comprendamos las obras desde una perspectiva enriquecida si las "reducciones", como esta de Iain Farrington, se hacen con ingenio y respeto. No son norma en el repertorio, pero sí útiles y satisfactorias. En cualquier caso, bienvenida sea la novedad, aunque sea impuesta.

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