Alemania

Cuando el virtuosismo se transforma en un ruido difuso

Juan Carlos Tellechea

jueves, 15 de octubre de 2020
Essen, jueves, 1 de octubre de 2020. Gran sala auditorio Alfried Krupp de la Philharmonie de Essen. Ivo Pogorelich, piano. Johann Sebastian Bach, Englische Suite número 3 en sol menor BWV 808. Frédéric Chopin, Barcarolle en fa sostenido mayor opus 60, Prélude en do sostenido menor opus 45. Maurice Ravel, Gaspard de la nuit. Klavier-Festival Ruhr 2020. Klavier-Festival Ruhr 2020. Aforo reducido al 25% por las forzosas medidas sanitarias de prevención e higiene por la pandemia del coronavirus.
Ivo Pogorelich © 2020 by Sven Lorenz

Esta es la décima vez que Ivo Pogorelich toca en el célebre Klavier-Festival Ruhr, pero hacía ocho años que no lo hacía y se lo aguardaba con gran expectación en este evento. Durante todo este tiempo Pogorelich era algo así como una figura inalcanzable para los organizadores del festival. Ahora, y en medio de las dificultades que tienen todos los artistas por la pandemia del coronavirus, el pianista ha accedido por fin a interpretar el programa de su más reciente gira europea en la gran sala auditorio Alfried Krupp de la Philharmonie de Essen, con una de las mejores acústicas de Alemania.

Lo vemos de aspecto un poco más desgastado que hace algo más de ocho años, cuando tuvimos oportunidad de presenciar también un concierto suyo con obras de Frédéric Chopin en el Megaro Mousikis de Atenas a comienzo de 2012, pero conservando sus costumbres. Cuando ingresamos a la sala Krupp todavía estaba sentado al piano, preparándose para el recital. Por supuesto, y como lo hace habitualmente, vestido tan informalmente (y con la cabeza cubierta por una gorra de jogging) que el público no se percataba de inmediato de que era Pogorelich en persona quien ensayaba en esos momentos.

Tras regresar al camerino y cambiar su atuendo por un traje más elegante de tonalidades oscuras, vuelve al escenario, acompañado por una joven de origen asiático, encargada de darle la vuelta a las páginas de las partituras que tiene delante, reacomoda dos veces la banqueta hasta quedar satisfecho con su posición, y se decide a comenzar con la versión para piano de la magnífica Suite inglesa número 3 en sol menor BWV 808 de Johann Sebastian Bach, en la que el compositor demuestra un constante sentido de invención y arquitectura, acumulando ideas y un refinamiento extremo.

La obra forma parte de un conjunto de seis suites para clavecín numeradas desde la BWV 806 a la BWV 811 que preceden a las seis suites francesas para el mismo instrumento (BWV 812 a 817). El Prélude de esta Englische Suite fue ejecutado de forma concisa, puntillosa y enérgica por Pogorelich, quien tiene sus fanáticos admiradores, pero también sus detractores.

Aquí busca él las tonalidades grandilocuentes, los momentos impresionantes, hace sonar acordes como en Piotr Chaikovski o en Serguéi Rachmaninov. En esta introducción no toca las diferentes voces por igual, sino que enfatiza ciertos procesos con exagerada claridad. Con este asunto de la gradación (que por supuesto socava la estructura contrapuntística de Bach), y cuyo significado no salta a la vista, estamos ante la primera disyuntiva: ¿se trata de un principio constructivo de interpretación o simplemente de manierismo?

Pogorelich hace que los tonos se fundan. La austeridad del Barroco se abandona en cierta medida en favor de un estallido sonoro radical. Sin embargo, donde permanece incorruptible es en la métrica. La idea musical que formula aquí el pianista se corresponde directamente con el comienzo arpegiado de la Sonata para piano número 17 (Sturm-Sonate) de Ludwig van Beethoven, en el que la estructura lineal se disuelve en una especie de nube sonora. Las referencias cruzadas también aparecrán más adelante en las cadenas de trinos con la Sonata número 26 en mi bemol mayor (Les Adieux).

El solista croata domina las exigencias técnicas con facilidad y presteza y, tal como las trata aquí, las notas rápidas y los trinos se convierten en elementos estructurales de sonido que crean nuevos espacios. En la Allemande el toque es más calmo y exhaustivo. En la Courante vuelve al dinamismo del comienzo y resulta más divertido, aunque ya no empuja el piano como al principio. Pogorelich toca su final (interpretado de manera más rutinaria que inspirada) con gran patetismo, solo después viene la repetición, que rápidamente convierte este gesto afirmativo en algo ridículo.

La Sarabande suena fuerte, apocalíptica, algo que Bach hace audible como un compositor alejado del tiempo, lo cual no está tan mal, porque esta música efectivamente se salta todos los marcos, pasa todo por alto. Pero aquí también las repeticiones devalúan el efecto. Básicamente, Pogorelich no sabe qué hacer con ellas, parece indeciso, simplemente las repite; pero como se demora en el momento hermoso, trágico y metafísico, no lo necesitaría (y en realidad nadie lo obliga a tocarlas a todas y cada una de ellas).

Así que la angustiosa experiencia básica existencial y el aburrimiento van de la mano. Hay pasajes en los que uno pudiera optar más bien por bostezar. Pero inmediatamente después, en la Gavotte I y II, habría que ponerse de rodillas, embargado por tanta alegría. Son estos, realmente, momentos brillantes e inefables. Lástima que en el Guige, tocado sin mucho cuidado, no pueda mantener el mismo nivel.

Este fenómeno se reitera con casi todas las obras de la velada, hasta el cierre. Los finales suenan apresurados y mal pensados, como si Pogorelich se sorprendiera de tenerlos ante sí repentinamente. Le salen, inexplicablemente, no muy profesionales y con cambios de tempo que parecen sin suficiente preparación.

El segundo trabajo fue una inmersión en la esencia del piano romántico con la Barcarolle opus 60 de Chopin. Es esta una pieza para piano inspirada en una canción de gondolero veneciano, compuesta el mismo año que otra rara obra maestra del compositor, su Sonata para violonchelo y piano, también compuesta en 1846.

Comienza con tanta libertad en el tempo que, definitivamente, en los primeros compases ya no puede encontrar la métrica, la música se tambalea, hasta el punto de parecer muy poco clara. No. No resulta ser el Chopin al que estamos acostumbrados a escuchar. Sin embargo, siempre hay un par de compases -cuando la interpretración de Pogorelich cambia de un momento a otro, pasando de un estilo más bien sonambulesco a otro más confiado y seguro- en los que reaparece el compositor nacional polaco al más alto nivel, antes de volver a caer en la superficialidad. Aquí también la música carece de impulso con el solista, le falta un plan maestro, una meta bien definida.

Pogorelich se queda adormecido en este momento y esto puede llevarle mucho tiempo. La segunda mitad de la Barcarolle se desintegró ampliamente en la insignificancia y en el patetismo vacío. Sin embargo, retoma a Chopin con el Prélude opus 45, compuesto cinco años antes, en 1841, en un lugar querido por el compositor (Nohant). Esta pieza para piano de Chopin , en tonos delicados y momentos maravillosos, sorprende por su fuerza y elocuencia, acercándose así a ciertas composiciones de Franz Liszt.

La última parte del concierto nos ofreció una especie de inmersión en el universo fantástico, amado por Maurice Ravel. Ciertamente, éste siempre mostró cierta inclinación por lo onírico, la magia y lo maravilloso. Esto se puede ver en obras como Ma Mère L'Oye y L'Enfant et les spellilèges. Gaspard de la nuit, un virtuoso fuego de artificio de Ravel, mezcla dos ingredientes de lo fantástico: lo mágico con Ondine (Lent), un tema también preferido por Antonín Dvořák, y la pesadilla, capaz de crear figuras monstruosas y aterradoras, Le Gibet (Très lent); y Scarbo (Moderé).

En la primera parte del concierto, Bach y Chopin encontraron en Pogorelich un intérprete convencido, esforzándose por traducir toda la complejidad y profundidad de sus obras. En el caso de Ravel, Ivo Pogorelich se halla en terreno conocido, ya que grabó Gaspard de la nuit a principios de la década de 1980.

De vez en cuando Pogorelich sugiere esa pirotecnia mencionada antes, aunque permanece bastante borroso; toca la mayoría de las notas, algunas como al pasar, y el virtuosismo se transforma en un ruido difuso. No es del todo correcto que el virtuosismo es de secundaria importancia en la estructura compositiva. Ravel quería hacer precisamente audibles las exigencias que demanda en este caso al pianista.

Pero, Pogorelich no le lleva el apunte. Su versión ofrecida esta tarde en el Klavier-Festival Ruhr no solo debía rendir homenaje a los poemas del representante francés del romanticismo oscuro, Aloysius Bertrand, al que hacen referencia los tres movimientos mencionados, sino también quizás a los escalofriantes grabados de Odilon Redon y a Francisco de Goya.

Se queda a medio camino. El agua, en el primer movimiento, hubiera podido murmurar con mucha más fuerza y esplendor; en el segundo, La horca, la interpretación le sale con gran delicadeza sonora, logrando imágenes de una belleza seductora, algo que no puede evitar Pogorelich en lo inmediato. Al final, el duende enfrecido resulta completamente cautivador, y de nuevo sorprende en el sentido que señalábamos más arriba. En fin, estos experimentos bien los podría hacer Pogorelich en la sala de estar de su casa, pero no en la Filarmonía de Essen, colmada de público, pese a la pandemia (y hasta el límite superior admitido por las autoridades sanitarias).

Así, con este fantástico relato sonoro imaginado por Ravel, concluyó entre prolongadas y sonoras ovaciones este concierto excepcional para saludar al talento de Ivo Pogorelich, sea uno o no adepto a su forma de tocar. No hubo bises. ¿Como podía haberlos, tras hora y media de ejecución tan concentrada e intensa? Al pianista lo hemos visto esta vez muy cansado, paseándose parsimoniosamente por el escenario alrededor del piano para disfrutar de los aplausos. Los espectadores insistían, esperanzados en que seguiría tocando. Pero, en un momento dado, él se acercó al piano para correr la banqueta hasta colocarla debajo del teclado en una inequívoca señal de que ya no quería más y así abandonó muy lentamente el escenario.

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