Suiza

Los archivos cantores del Kremlin

Agustín Blanco Bazán

martes, 13 de octubre de 2020
Zúrich, domingo, 27 de septiembre de 2020. Ópera de Zürich. Boris Godunov, ópera en cinco actos con libreto y música de Modesto Mussorgski. Versión de 1869 con el acto polaco y la escena revolucionaria en la selva de Cromin (1872). Regie: Barrie Kosky. Escenografía: Rufus Didwiszus. Vestuario: Klaus Bruns. Dramaturgia: Kathrin Brunner. Boris Godunov: Michael Volle. Pimen: Brindley Sherrat. Grigori, el falso Dimitri: Edgaras Montvidas. Shuiski: John Daszac. Marina Mnischek: Oksana Volkova. Rangoniun, jesuita: Johannes Martin Kränzle. Varlam: Alexei Botnarciuc. El idiota: Spencer Lang. Coro de la Ópera de Zürich y Filarmónica de Zurich bajo la dirección de Kirill Karabits. Retransmisión telemática
Kosky, Boris Godunov © 2020 by Monika Rittershaus

Nuevo refrito de Boris Godunov, esta vez con la versión original de 1869, pero … sin la escena frente a San Basilio, porque se decidió agregar el final en la selva de Cromin compuesto en 1872. Y también se agregó el acto polaco que, coincido con el regisseur Barrie Kosky, mejora como contraste argumental y con buena música esa aburridísima y seca versión original hoy obsesivamente proclamada como dogma por la corrección política del revisionismo. Hasta me atrevo a decir que para hacer del defecto original una ópera hecha y derecha, hubiera sido conveniente incluir la canción de la posadera, la de la niñera, y sobre todo la maravillosa melodía que acompaña a esa “mano implacable de Dios” bajo la cual el protagonista se siente aplastado en el segundo acto, antes de la aparición de Shuiski. Y por supuesto que prefiero la orquestación de Rimsky. 

El refrito 1869-72 estrenado en Zürich hace unos días abre con la canción del Idiota, la misma que luego cerrará la obra en el desolador final de la selva de Cromin. Sólo que al comienzo, la canta un libro. Sí, un libro, porque Kosky ha decidido enmarcar su propuesta en “el archivo de la historia”, un concepto cósmico parecido a lo que dos ilustres colegas suyos hicieron con el Anillo del Nibelungo: Götz Friedrich presentó el Anillo como “el túnel del tiempo” y Harry Kupfer lo hizo como “la senda de la historia.” Y Kosky hace deambular a Boris y Pimen en medio de un archivo histórico presentado como un imponente laberinto de bibliotecas con estantes polvorientos y cargados de cajas, libros y expedientes. Son bibliotecas que se mueven sobre sí mismas, y también se desplazan para diferenciar cada escena. Y el libro cantor, como otros libros que se abren y cierran en perfecta sincronización con los corales, es una ocurrencia de Kosky para combatir las adversidades del coronavirus: los coristas cantan detrás de la orquesta en la sala de ensayos a un kilómetro de la ópera y los libros se abren como si fueran sus bocas. El efecto es formidable por su credibilidad surrealista: es como estar dentro de una creación de Gogol o Bulgakov. 

Y también es como estar dentro de El idiota de Dostoievsky, porque después de cantar a través de un libro el lamento que volverá a oírse al cierre de la obra, el Idiota aparece frente al público para permanecer en escena constantemente, observándolo todo y haciendo que los personajes reflejen en él sus ambiciones, culpas, remordimientos e inseguridades. Frente a los monjes y a los burócratas de saco y corbata, este Idiota es un chico joven de pelo largo y sacón de lana tejido, como los que vemos todos los días mirando, observándolo todo con aire de semi-perdido en medio de burócratas que corren para fichar la hora de entrada a la oficina.

Lo interpreta Spencer Lang, el tenor que elogié como la figura más destacada en la producción de la Ópera de Zürich para La Princesa de las Czardas, y también aquí vuelve a brillar con excelente voz y una mímica de suprema efectividad: no hay acorde que deje de iluminar su rostro con una expresión de asombro, dolor, sonrisa o compasión. Y sus gestos no son nunca exagerados, sino tan espontáneos como los que suponemos detrás de las máscaras del público. Porque de eso se trata: el público debe sentirlo todo como el Idiota. Al comienzo de la escena de Cromin, y en ausencia de la acostumbrada comparsa coral, este bobín maravilloso interpreta la agitación popular con una histérica danza alrededor de una enorme campana. No es más que un niño jubiloso representativo de una turba empeñada en un rito mortuorio autodestructivo. Mortuorio porque la campana ha comenzado a descender durante la escena anterior mientras todos los personajes van arrojándose sobre el abismo de una fosa circular bajo ella a medida que desaparecen de la escena. Sólo Boris reaparece para gritar su postrero “¡Todavía soy el Zar!” Y para ese momento quedan en escena muy pocos archivos. 

En una entrevista transmitida durante uno de los intervalos de esta nueva producción, Barrie Kosky nota que una de las características que más le impresiona en Boris Godunov es la soledad de personajes encerrados en sus propias maquinaciones que raramente interactúan como para aprender algo el uno del otro y así evolucionar existencialmente. En opinión de este regisseur, Boris es un personaje shakespeareano, una mezcla de Macbeth y Ricardo III. Y así lo interpreta Michael Volle, un bajo poco eslavo por la claridad de su timbre, pero que por ello mismo impresiona por la nitidez con que diferencia las tortuosas inflexiones de las vocales y la abrupta determinación de las consonantes rusas.

Su antítesis es en esta producción el genialmente tragicómico Rangoni de Johannes Martin Kränzle, un jesuita de pelo y sotana desalineados empeñado en “deslizarse” con paso amanerado, y manita izquierda pegada al muslo y ligeramente torcida hacia atrás. ¡Hasta se toma tiempo para espiar qué es lo que tiene Marina en la pantalla de su computadora! En suma: un verdadero Don Basilio de Mussorgski que se aterroriza él mismo cuando trata de aterrorizar a Marina, una chica de dorado que Oksana Volkova canta, esta vez sí con timbre bien ruso: denso y brillante. Edgaras Montvidas fue un obseso y expresivo Grigori en contraste con el reflexivo y doliente Pimen de Brindley Sherrat. Y junto al Idiota, otro cameo que alcanza las alturas de un personaje principal es el Shuiski que John Daszac canta con implacable expresividad. 

Tanto me consume la curiosidad de ver cómo funciona eso de la orquesta con sonido recorriendo un kilómetro a la velocidad de la luz para terminar en un foso vacío, que casi pensé ir a Zürich para la función del 9 de octubre. Pero ocurre que el Boris de Londres, también shakespeareano pero más bufón que Falstaff, ha impuesto una cuarentena para los que vuelvan de Suiza, y yo tengo una cita con el dentista que no me puedo perder. Así que por el momento me limito a confirmar que la orquesta sonó muy bien en mi computadora bajo la dirección sensible y tersa de Kirill Karabits, el ucraniano director de la Bournemouth Symphony Orchestra. “¡Si los libros hablaran como hablaron en este Boris!”, me quedé pensando. La transmisión hasta logró reproducir el polvo del escritorio de Pimen, seguramente cargado de virus históricos más dañinos que nuestro persistente Coronita.  

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