España - Castilla y León

De la adecuación y el riesgo

Samuel González Casado

jueves, 15 de octubre de 2020
Valladolid, viernes, 9 de octubre de 2020. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Eugenia Boix, soprano. Fernando Tejero, actor. Carlos Martín Sañudo, dramaturgo. Andrés Salado, director. Beethoven: Egmont, op. 84 (obertura y música incidental). Ocupación: 80 % de 370.
Eugenia Boix © 2012 by F. J. P.

Como ocurrió la temporada pasada, una obra poco interpretada de Beethoven se acompaña de dramaturgia en uno de los conciertos del ciclo de temporada de la Sinfónica de Castilla y León. Pese a ello, las diferencias entre aquel Prometeo y este Egmont son más que evidentes, porque en la adaptación de la obra de Goethe no ha habido prácticamente puesta en escena: el actor leyó su texto desde el lado derecho y la soprano, que colabora con sus dos lieder y un par de frases habladas, se ubicó en el izquierdo. En el suelo, entre ambos, había un casco militar.

El texto fue una especie de resumen narrativo de la obra, que no despuntó emocionalmente hasta su última parte (encarcelamiento, visión y muerte de Egmont), cuando empezó a jugarse con gradaciones de volumen, acompañadas de percusión en los laterales de la sala, que fueron efectivas. Hasta entonces, las historia careció de alicientes o sorpresas, quizá también porque ni el texto de Carlos Martín Sañudo ni Fernando Tejero parecieron haber explotado todas las posibilidades de la premisa. La nula utilización del color por parte del actor y una actitud algo rutinaria hicieron que cierta desgana se fuera apoderando del asunto. Tampoco ayudó que en su declamación rompiera las oraciones con pausas justo antes del verbo principal, algo que a mí me horripila particularmente, y que el director tuviera que darle las entradas de forma tan evidente en el melólogo, lo que añadió visos de inseguridad que no ayudaban precisamente a captar la magia del momento. La labor de Fernando Tejero, por tanto, fue funcional, profesional, pero en ningún momento transmitió ningún tipo de convencimiento o entrega respecto a lo que estaba haciendo.

La versión de Egmont de Andrés Salado tuvo sus altibajos, ya desde un concepto carente de nervio, algo plácido, de la obertura, y con ciertas carencias a la hora de planificar los puntos álgidos: puede hacerse bastante más con el final, no tanto en cuanto a dinámicas como con esos pequeños detalles que sirven para ir dando interés y tensionar el discurso: juegos agógicos, variedad en graves, resalte de maderas, calibración de fortes... Hubo cierta intencionalidad en el fraseo (plasticidad, fluidez) que benefició a otros puntos de Egmont más que a la obertura, sobre todo a los más líricos, aunque en general eché en falta un discurso más personal, más desarrollado sobre lo que esta música es para el director madrileño. La OSCyL, bastante más amplia que en el concierto anterior, estuvo a buen nivel gracias a un sonido homogéneo cada vez más definido, pese algunos problemas mínimos en las entradas.

Lo mejor de la velada fue la soprano, Eugenia Boix, cuyos seis minutos de intervención resultaron dolorosamente escasos. Los cantantes que, ya desde el comienzo de su formación superior, han tenido la fortuna de que se les transmitiera verdadero amor por el lied —y el desarrollo de los complejos conocimientos necesarios para abordarlo con garantías— son después artistas interesantes en cualquier género. Saber cantar lied proporciona unas herramientas muy poderosas para poder extraer todas las posibilidades a un texto, y Eugenia Boix añade además un crisol de matices intensos y personales. Caracterizó excelentemente su personaje por ejemplo remarcando ciertos sonidos por imitación (las R en El redoble de tambor), dentro de un discurso que siempre tendía hacia algún fin concreto, sin puntos muertos, desde un exhaustivo trabajo que parte de la palabra pero añade esa especie de sinceridad expresiva tan característica que hace que elaboración y sentimiento se unan sin costuras. Convirtió en perfectamente creíbles los deseos de Klärchen de convertirse en soldado, y se lució de manera especial en Gozosa y triste, donde pudo explayarse de una forma más lírica. Además, se benefició de un acompañamiento de director y orquesta conceptualmente afín.

En conclusión, esta interpretación de Egmont tuvo puntos de interés que merecieron que público acudiera y llenara el aforo permitido, pero faltó mayor definición en la idea, un desarrollo creativo más sopesado y enriquecido, adecuación discursiva, convencimiento y personalidad. Las criaturas de Prometeo fue un proyecto mucho más estimulante, que contó con una completa interpretación protagonista de Alfredo Noval y una puesta en escena que cuando menos dio que hablar. Pienso que ese tipo de empaque, de contextualización personal y arriesgada, debe ser el camino para estos conciertos teatrales, que podrían convertirse en una costumbre muy interesante para cada temporada.

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